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  Abril del 2001: Libro 

Íntima e Intensa Declaración de Amor al Libro

José M. Fernández Pequeño

Enviar Voto   Articulo no. L1025

De niño me negué a leer. No recuerdo los detalles ni las causas, sólo una difusa obstinación. Recuerdo también los ojos frenéticos con que la maestra agitaba delante de mí una cartilla olorosa a tinta vieja. Inútil. En medio de la consternación familiar, fue el tío Manolo quien intuyó, también difusamente, los hilos de mi rebeldía ante el nuevo modo de razonar el mundo al que intentaban obligarme, y tomó una decisión radical: dio en enseñarme a leer usando malas palabras. Durante las noches suaves de mi pueblo, se le escuchaba deletrear aquellas obscenidades con una convicción que aún me producen envidia.

Desde entonces y hasta hoy he vivido en un mundo donde los parámetros del prestigio, la legalidad y lo correcto pasan por la letra impresa. No he dejado de leer libros, siempre cinco o seis al mismo tiempo. Y he tenido incluso la osadía de editarlos y escribirlos. Por eso me sentí estremecido hace unas semanas cuando, al finalizar cierta conferencia, una joven me preguntó con suspicaz tono de ingenuidad si el curso de mis reflexiones no apuntaba hacia la futura desaparición del libro. En posteriores e incómodos debates conmigo mismo, terminé por admitir que esta era una reflexión a la que me estaba negando desde hacía mucho con terquedad semejante a la que de niño opuse al acto de leer. No sé qué haría en este caso mi tío Manolo. Yo, siguiendo su ejemplo, intentaré meter la mano en lo más caliente del asunto.

A partir de 1895, con la agresiva irrupción del cinematógrafo, el libro comenzó un proceso de reacomodo en cierta medida comparable, aunque infinitamente más vertiginoso, al experimentado por las manifestaciones orales luego de la escritura y sobre todo con la invención y generalización en Occidente de la imprenta de tipos móviles, durante el siglo XV. Han bastado cien años para que el desarrollo de los medios electrónicos amenace con hacer cambiar drásticamente el espacio del libro.

Es cierto que en casi todas partes los niveles de lectura descienden, inquietudes que hasta hace muy poco sólo los libros satisfacían han encontrado respuestas más rápidas y completas en otros destinos, la concentración y paciencia que exige toda buena lectura entran en crisis ante la velocidad y tensión crecientes con que se vive. Mal pueden competir hoy las polvorientas y pesadas enciclopedias con los sistemas multimedia de las computadoras y las autopistas de la información que, además de facilitar el acceso a fuentes múltiples, unen texto, imagen y sonido.

Ya no en el terreno informativo, sino incluso en el de la literatura, el libro sufre un asedio notable. El cine trajo la imagen en movimiento y, gracias al montaje, se apropió de lo narrativo, que antes la letra escrita había tomado de la oralidad. La televisión heredó el hallazgo, lo metió dentro de nuestras vidas privadas y le dio una estructura reiterativa que ya la radio había madurado suficientemente y que garantiza recepción cómoda y esfuerzo mínimo, dos divisas de nuestra postmodernidad. Los sistemas de video domesticaron aún más la adquisición. Incluso, desde hace un tiempo se ha intentado con éxito relativo en el mundo desarrollado la generalización de obras literarias grabadas en cassettes de audio, que pueden ser escuchados mientras se cumple cualquier tarea. A la vista de todo esto, la pregunta sería: ¿podrá el libro soportar la competencia que en el siglo XXI le impondrá el perfeccionamiento de esos medios o el surgimiento de otros por el estilo?

Vayamos con cuidado. La palabra oral nació con el hombre, es una condición ineludible de su humanidad, de su acción como ente social. Sin voz no hay hombre y así lo certifican todas las mitologías. La palabra dicha conserva entre nosotros ahora mismo el carácter fundacional de los inicios. Todavía los niños, cuando juegan, describen con palabras las acciones al mismo tiempo que las realizan. No basta con el acto, es necesario nombrarlo para que exista.

Al contrario de lo que muchos creen, las manifestaciones orales no están en vías de desaparecer. Sólo se reformulan continuamente para ocupar los nuevos espacios que les abre la comunicación moderna entre los hombres. Somos nosotros los que a veces las buscamos donde no debemos: en el pasado. La razón de tanta persistencia es bien concreta: esas manifestaciones llenan apetencias y comportamientos que ningún otro tipo de intercambio entrega. Yendo aún más lejos, creo con toda firmeza que los medios masivos, debido a las características de sus enlaces comunicacionales, terminan por estimular la búsqueda de ese contacto humano más directo, democrático y libre, que hoy sigue estando cerca de la oralidad primaria.

El caso de la escritura es distinto. Ella fue un hallazgo posterior del hombre en su desarrollo como especie pensante, una tecnología que le permitió almacenar y trasmitir conocimientos a grandes distancias, que en suma extendió varios de sus sentidos más allá de las posibilidades naturales. Los medios de impresión vinieron luego a perfeccionar esa tecnología e hicieron del libro el más prestigioso agente de comunicación entre los hombres, al tiempo que generaron una cultura, digamos, librocentrista.

No creo ni mucho menos que la palabra escrita esté amenazada de colapsar. Al contrario, se le ve por todas partes: desde las señalizaciones públicas, pasando por la prensa gráfica, hasta llegar al reino de las computadoras. Lo que sí comienza a ceder terreno es el libro como hecho cultural masivo. Ahora, si en algún momento el libro se viera sustituido en su función de almacenador y transmisor de conocimientos por el desarrollo de medios que serían, tal vez, los bisnietos de estos que conocemos, no me parecería justo hablar de desaparición o de muerte. Se trataría más bien de un perfeccionamiento tecnológico de los mismos principios que un día encarnó el libro. Y eso ocurriría en el momento en que cualquiera de los medios, o la suma de ellos, pueda hacer suyas completamente las cualidades del libro como forma de comunicación social y cumpla con mayor eficacia sus funciones. ¿Sería eso posible?

Hipotéticamente sí, aunque desde nuestro hoy parezca improbable. Requeriría de un perfeccionamiento capaz de aliviar la masificación comunicativa que distingue a los actuales medios masivos, inhabilitados para ofrecer la opción de disfrute individualizado que el libro sí garantiza. Precisaría de un desarrollo económico a nivel mundial que abaratara esas tecnologías y las pusiera al alcance de todos, lo que (visto desde aquí) no pasa de un sueño mal soñado. Conllevaría una adaptación (por otra parte ya en proceso) a una cultura del intercambio distinta de la que hasta ahora determinó el libro.

Quizás si las obras literarias del futuro, las que participarán de la cultura de nuestros bisnietos, mezclen imágenes, sonidos, y consecuentes combinaciones de esos lenguajes con el texto. Quizás si será posible asistir al instante prístino en que el artista creaba su obra, gracias a la electrónica y a esos discursos híbridos. Quizás si ese descendiente del libro actual consiga hacer del ejercicio literario un acto realmente colectivo, que integre a un mismo nivel autoral los esfuerzos de músicos, artistas plásticos, especialistas en sistemas computarizados, etc., como de una manera aún tímida hace el cine hoy.

No sé. Es un mundo que puedo imaginar pero no sentir. Porque a lo largo de siglos el libro ha ganado calidad de transacción cultural única para millones de hombres como yo. Al separar el mensaje de su emisor, al distinguir el tiempo y el espacio de la emisión del tiempo y el espacio de la recepción, el libro también independizó el texto, lo convirtió en algo tan autónomo como para que cada lector lo haga suyo de las maneras que desee. Quien ha escrito un libro sabe el grado de independencia que este alcanza una vez publicado.

Porque en la realidad del libro, el lector no intercambia tanto con un supuesto autor cuyo rastro comenzó a perderse cuando dio inicio el proceso de impresión, sino directamente con el texto, lo que en el fondo hace de cada lectura un diálogo solitario que sostenemos con nosotros mismos, un mirarnos por dentro a que de otra forma no nos atrevemos. Nada sabemos del futuro, salvo que será distinto al presente, dijo más o menos Jorge Luis Borges. Dejo pues al futuro la verificación de si ese encuentro con uno mismo puede producirse de una manera distinta al libro y si los hombres de entonces alcanzarán a prescindir de él. Yo, que alguna vez me negué con todas las energías a la lectura, francamente no puedo.

 

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