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Vivir la Literatura  

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Carlos Yusti

Hay una frase capital que moldeó, de alguna manera, mi condición de lector. Pertenece a Marguarite Youcenar y se encuentra en la exquisita novela “Memorias de Adriano”: “La vida me enseñó los libros”.

         Leer  libros sin vivir es sin duda un acto en extremo vacío y carente, como es lógico, de alguna significación. A medida que se vive se percata uno de las diferencias notables que se establecen en la realidad literaria y en la realidad cotidiana. Quizá buena porción de aquello a lo que denominamos literatura fantástica surge a raíz de experiencias vivenciales  sumidas en la noche del alma. Allí están los cuentos de Poe, Horacio Quiroga, Cortázar, que son material ilustrativo de primera mano, donde un hecho real pone en marcha todo el engranaje fantástico camuflajeado en la cotidianidad. El realismo mágico, instaurado en la literatura por Gabriel García Marquez, con discípulas más  o menos falaces como Laura Esquivel  e Isabel Allende, no es más que la constatación metafórica de una realidad que esta en el ambiente cotidiano. Un ejemplo clásico es ese cuento del ángel que viene a buscar al niño enfermo. Hasta ahí lo real. Luego viene García Marquez y patentiza a ese ángel, que es una superstición religiosa en boca de nuestros abuelos, y lo convierte en un anciano con alas al que encierran en un gallinero.

         Nuestra vida esta conectada con “algo” que sobrepasa los razonamientos lógicos.  A ese “algo” lo llamamos magia, azar y otros conjunto de nombres que designan lo innombrable.  Si muchos autores utilizan la materia prima de esa realidad ( que se escapa a las miradas atentas, que ablanda los objetos, que materializa ángeles y demonios, que metaforiza el amor y los sueños ) para escribir sus novelas, es necesario como lector vivir las vicisitudes propias de esa realidad fantasmagórica, para comprender muchos personajes como el Quijote, Enma Bovary,  los tres mosqueteros, el monstruo creado por Frankenstein.

         Este juego de espejos entre lo real y lo fantástico tiene muchas variantes y forma parte tanto de la literatura como de nuestra vida diaria. Por esa razón Borges se pregunta y se responde: “¿En Qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? Reside, creo, en el hecho de que no son invenciones arbitrarias, porque si fueran invenciones arbitrarias su número sería infinito; reside en el hecho de que, siendo fantástico, son símbolos de nosotros, de nuestra vida, del universo, de lo inevitable y misterioso de nuestra vida y todo esto nos lleva de la literatura  a la filosofía.  Pensemos en las hipótesis de la filosofía, harto más extrañas que la literatura fantástica; en  la idea platónica, por ejemplo, de cada uno de nosotros existe porque es un hombre arquetípico que esta en los cielos. Pensemos en la doctrina de Berkeley, según la cual toda nuestra vida es un sueño y lo único que existe son apariencias“.

         La literatura, en sus más variados géneros, intenta darle cuerpo a todo ese conjunto de dudas que desde hace bastante tiempo carcome el universo reflexivo del hombre. Trata, si se quiere, en darle una significación más honda y trascendentes a todo eso que parece deslizarse sobre la superficie de nuestra piel y que nos hiere sutilmente. El hombre más que hecho de piel, alma y huesos esta confeccionado de  memoria, palabras e imaginación y es a través de ese inagotable invento, conocido como libro, es que ha podido desdoblarse para leerse y escribirse. Paulo Freire ha escrito: “La lectura del universo antecede a la lectura de la palabra y por eso la anterior lectura de ésta no puede `prescindir de la continua lectura de aquel. Lenguaje y realidad están unidos dinámicamente. La compresión del texto que se obtiene por la lectura crítica implica la percepción de las relaciones entre el texto y el contexto”. Todo esto nos lleva a pensar que la escritura no es un acto fortuito, muchos menos es una actividad para domesticar el ocio de fin de semana. Ningún texto es inocente debido a que implícito tiene una lectura del mundo, una observación escrita de esos momentos cruciales (o insignificantes) que a cualquiera le toca vivir.

         El peregrinaje personal que se realiza, para leer una buena porción de libros, responde a motivaciones muy particulares de cada cual; no obstante el acto de leer posee un rasgo característico: leer es un acto solitario, sin pautas ni parámetros preestablecidos.

         La lectura de libros más que empujarte hacia la vileza te empuja hacia la alegría, dicha alegría se comparte con otros lectores de la especie. La comunidad lectora constituye una especie de gremio abierto, democrático, crítico, ilustrado y humanista. Entre las distintas comunidades lectoras se intercambian títulos, impresiones sobre determinados libros,  críticas a  escritores concretos. Es un trueque sustancioso que tiene como eje común la lectura de libros a conciencia y en libertad. 

         Se vive para comprender lo leído, para sentir en carne propia lo que sintió Don Quijote cuando armado de caballero, se dispuso cristalizar en la realidad el mundo virtual de caballeros, damas en peligro, magia y gigantes de las novelas de caballería. El gesto de Alonso Quijano desechaba por completo esa idea idílica de la literatura como ornamento intelectual, para devenir en actividad desgarrada que se traspapela con los sueños y la vida de los lectores.

Mayo 13, 2001

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