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Lenguaje, Lectura y Libertad

Juan Guerrero (1)

“Acepta ofrendas puras del habla de un alma y un corazón elevados hacia ti, Tú, que ninguna palabra puede hablar, a quien sólo el silencio puede declarar.”
Hermes Trismegisto. Corpus Hermeticum.

[Bibliografía]

De los muchos lenguajes que existen uno hay donde podemos expresar a plenitud nuestra existencia. Con él podemos nombrar el mundo y manifestar los sentimientos más íntimos. Este es el sitio, el lugar de todos, la común manifestación humana para expresar, entre otros sentimientos, las pasiones de nuestras vidas: amor, dolor, dulzura.

Siendo el lenguaje humano el sitio del encuentro obligado para perpetuarnos como especie, cada uno de nosotros se manifiesta en particularidades un tanto más específicas: la lengua y el habla... hasta las maneras idiomáticas y dialectales que nos marcan en tanto usuarios de una parcela de la realidad cultural de un pueblo.

El habla, dice Heidegger (1958) no es sólo un instrumento que el hombre posee entre otros muchos, sino que es lo primero en garantizar la posibilidad de estar en medio de la publicidad de los entes. Sólo hay mundo donde hay habla, es decir, el círculo siempre cambiante de decisión y obra, de acción y responsabilidad, pero también de capricho y alboroto, de caída y extravío. Sólo donde rige el mundo hay historia. El habla es un bien en un sentido más original. Esto quiere decir que es bueno para garantizar que el hombre pueda ser histórico. El habla no es un instrumento disponible, sino aquel acontecimiento que dispone la más alta posibilidad de ser hombre.

Así las cosas, cada uno de nosotros al utilizar en su cotidianidad las manifestaciones del lenguaje, está posesionado de una realidad simbólica con la que continúa creando sobre un discurso infinito.

Hablamos porque tenemos necesidad de nombrarnos, de afirmar nuestra libertad y declarar al mundo nuestro absoluto derecho a existir. Entendemos entonces que somos seres que existimos por el lenguaje en tanto seres comunitarios. Individuos que nacemos y nos relacionamos a partir de una vida en comunidad. Comunidad y comunicación son no sólo términos similares (del latín communitas=comunidad; comunicatio=comunicación) más bien esencias que caracterizan a los seres humanos que existen en el lenguaje. Por ello el lenguaje posee una condición ontológica en el devenir del hombre histórico. Hombre que inaugura su acción en la existencia de potencialidades de realización en un conglomerado social que por esencia natural lo determina como individuo hecho para vivir en libertad.

Sin embargo, y así lo consideramos, la libertad no es un fenómeno social, es condición inherente a la naturaleza humana. Su manifestación, su certeza está en la capacidad de todo ser humano para apropiarse de un lenguaje que exprese esa libertad. Así, el tamaño del mundo será proporcional a la capacidad idiomática que un hombre tenga para expresarlo. De igual manera, el tamaño y características de la libertad que posea un hombre, estarán directamente vinculadas con la capacidad para ennoblecer su lenguaje.

Lenguaje y libertad están indisolublemente unidos por la lectura que del mundo y de la vida tenga un hombre.

Acá no nos estamos refiriendo a la lectura de un libro específico, más bien a la lectura del mundo, del entorno donde un hombre se manifieste. Saber leer implica descifrar la simbología del mundo: percibir la palabra reveladora en lo que está siempre más allá (meta-féro) metáforas que la vida misma nos entrega. Por ello los libros son registros que alguien, después de haber experimentado la vida, deja constancia de ella en eso que siempre desea poseer y que está en metáforas.

No queremos entrar a analizar de manera técnica los procesos por los cuales se asume que una determinada persona sea considerada un lector independiente o fluente. Baste decir, en todo caso, que existen dos procesos en los análisis de lectura, que se deben atender. El eferente, por medio del cual se aborda de manera lógica, coherente y discursiva la obra de arte: el libro. Es un proceso de acercamiento analítico, por secuencias inferenciales y de hipótesis que reafirman o cambian nuestros pre-juicios (juicios previos) sobre el libro. El otro es el estético; la plenitud que colma la lectura de un texto que ya no nos permitirá ser iguales. Esa intensidad de la lectura que nos despoja de toda atadura cotidiana y nos devuelve a la libertad. Libertad ontológica manifiesta por el lenguaje y por nuestra capacidad para trascendernos como individuos socialmente inmersos dentro de la complejidad de la vida.

Sin lenguaje quedamos en el extravío, relegados al silencio de la duda existencial. Toda forma de conferir sentido, dice Echeverría (1996), toda forma de comprensión o entendimiento pertenece al dominio del lenguaje. Por lo tanto, continúa indicando Echeverría, el lenguaje no es una capacidad individual, sino un rasgo evolutivo que, basándose en condiciones biológicas específicas, surge de la interacción social.

El primer texto que todo hombre lee está referido al inmenso libro que es la vida. De esa manera cuando nos acercamos al discurso escrito que subyace en un libro, lo decodificamos a partir de nuestras experiencias de lecturas anteriores. Por ello hacemos constantemente, mientras estamos leyendo, sucesivos acercamientos al libro, a la concepción que tenemos del mundo y de la lectura misma, hasta alcanzar una múltiple significación. De allí que el libro es una realidad Única, en tanto ha sido la experiencia señalada por un alguien que denominamos escritor. Pero también es una realidad Múltiple, en tanto es internalizado en sus experiencias por un alguien que denominamos lector. De ello resulta la re-escritura permanente del libro.

La comprensión, interés y concepción de la lectura son términos que tienen profundas implicaciones en el proceso de la lectura y escritura, ya que deben apoyarse en experiencias que se relacionan entre sí y hacen referencia a determinadas capacidades intelectuales del ser humano. Igualmente los aspectos involucrados en la compleja capacidad humana de la lectura son abordados, de una u otra manera, según sea el enfoque que se adopte para realizar su estudio.

En lo que se refiere a la comprensión lectora, algunos autores centran su definición en los aportes del neo-lector en el proceso de construcción del significado. Afirman que el ser humano desempeña un rol activo y selectivo (*) en el acto lector, por cuanto:

    1. Realiza anticipaciones de significado y utiliza estrategias para verificar sus hipótesis a partir de la información visual proporcionada por el texto.
    2. Selecciona la información a partir de:

a.     sus conocimientos previos,

b.     sus intereses, y

c.      el grado de compromiso previamente asumido, con respecto de la temática del texto.
( Smith, 1983).

La forma en que cada individuo lea y comprenda un texto determinado dependerá entonces de:

*   La etapa en que se encuentre en su proceso de construcción del conocimiento.

*   El conocimiento previo que el sujeto tenga sobre el tema tratado en el texto.

*   La competencia lingüística del sujeto. (**)

..................................

(*) Sobre este punto debemos manifestar que el hombre es por naturaleza un ser selectivo, esta actitud lo conduce o genera en él una tendencia hacia la individualización de determinados actos, entre ellos y por lo hasta ahora expuesto, el acto de leer, que pareciera ser por principio, un proceso individual en todo ser humano que luego de comprenderse e internalizarse, se comparte con otros, para reafirmar o modificar lo que la lectura ha comunicado.

(**) La competencia lingüística está referida a las ideas que conforman la estructura mental del individuo, su concepción del mundo. Esta competencia se expresará en actos verbales o de hablas, donde el individuo demostrará o pondrá en ejecución su "competencia lingüística".

La comprensión del proceso de lectura exige el conocimiento previo de la forma como el lector, el escritor y el texto contribuyen a dicho proceso, ya que esto implica una serie de transacciones entre el lector y el texto.

En estas transacciones el texto, que ha sido escrito por un autor específico y donde se presenta un tema particular, es asumido por el lector de una manera individual, otorgándole valores singulares que traen como consecuencia una reelaboración del discurso escritural y por tanto, la existencia de la obra en la vida del lector de forma individual y única. Por ello, la obra literaria, sea esta un cuento, novela o poesía es Una y Múltiple. Esto es, ha sido creada por un artista con un tema particular, pero el lector la continúa incorporándola a sus vivencias (*).

En este sentido el texto de lectura debe verse como una obra literaria con existencia propia: ella existe por sí sola y a partir de nuestra relación con lo que ella expresa. Por ello, cuando se establece la relación comunicativa entre lector-escritor, el texto es el medio que posibilita el acto del diálogo, que no es más que dos monólogos (silencios) que se funden.

En un sentido más amplio debemos indicar que el hombre procede de un monólogo, un hablarse a sí mismo y quien se dirige inevitablemente al Otro (Lacan, 1966) para iniciar un diálogo. El diálogo es un monólogo que se intercambia y es precisamente en esa proximidad, ese rozarse las puntas de los dedos, donde se instaura lo dialógico, eso nombrado comunicable: bordes de un acontecer monológico.

Heidegger (1958), menciona que el diálogo y su unidad es portador de nuestra existencia (Dasein). Unidad esta aquí referida a lo Uno y Primigenio del habla: el ser que monologa en y con nosotros.

El tiempo que soporta el diálogo acumula la temporalidad (gramaticalidad) del hombre histórico reducido a un pasado, presente y futuro que lo transforma en prisionero de su mundo. Lo monológico carece de tiempo, si lo hay es ese illo tempore (Había una vez...) donde el eterno presente es un devenir de acontecimientos que se suceden unos a otros en una ahistoricidad (mítico-simbólica) que deslumbra y desarraiga, nos atrapa en su silente abismo.

El yo del sujeto que dialogiza está encadenado al círculo tempo-espacial, la verbalidad detrás de la cual palpita amordazado el ser monológico.

.....................

(*) Al decir de Foucault, (1977) y en referencia al enunciado en un juego discursivo: Dos personas pueden decir a la vez la misma cosa y como son dos habrá dos enunciados distintos. Un único sujeto puede repetir varias veces la misma frase, y habrá otras tantas enunciaciones distintas en el tiempo. La enunciación es un acontecimiento que no se repite; posee una singularidad situada y fechada que no se puede reducir.

Convencional por definición, ajena a nuestras exigencias imperiosas, la palabra está vacía, extenuada, sin contacto con nuestras profundidades no hay ninguna que emane o descienda de ella. (Cioran, 1977).

Por ello la palabra escrita (la literatura dirigida a niños) tendrá que transcurrir en un nombrar lo esencial. La palabra, toda palabra se asume entonces como una revelación, un compromiso con la existencia: asombro y lucidez.

El acto comunicativo monológico es una relación profunda de amor en libertad del individuo con su ser. Merced a esto el hombre se reconoce naturaleza integrada, identidad consciente de y para sí y quien busca expresar su reflejo para con los otros.

Cierta vez, mientras dictaba un curso sobre Literatura Latinoamericana, una de mis alumnas, una señora de cerca de setenta años y maestra de escuela, después de haber estado analizando el libro Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez, me confesó que ella hacía cerca de quince años que lo había leído y ahora, mientras de nuevo lo releía, de repente se acordó que la primera vez que lo leyó fue mientras su madre estaba hospitalizada. Rápidamente recordó la parte que leía para ese entonces: era el pueblo y las matas de plátanos. Intentó volver a leer ese pasaje y encontrar esas matas pero cuando llegó a la lectura... las matas de plátano habían cambiado. Eran otras. También su madre había muerto.

La lectura de un texto es un acontecimiento único e irrepetible: sucede una vez. Por eso aunque leamos muchas veces un mismo texto, siempre lo haremos por primera vez. Son las circunstancias internas del lector y su vinculación con el entorno quienes establecerán el acto dialógico que permitirá energizar la apertura a una lectura posible.

Siempre nuestra lectura de un libro cambia como cambia nuestra lectura del mundo y de la vida. Por eso resulta tan necesario la vuelta constante al silencio reflexivo que tanto el libro como la vida nos proporcionan.

En su aparte sobre la Historia del Silencio, de su libro La Metáfora y lo Sagrado, Murena (1973) afirma que la palabra portadora de misterio demanda una lectura lenta, que se interrumpe para meditar, tratar de absorber lo inconmensurable: pide relectura. Arquetipo son las escrituras de las religiones, que invocan el fin de sí mismas, la restitución del secreto fundamental. Arquetipo, también, las grandes obras de la literatura, aquellas cuya esencia es poética, pues la metáfora, con su multivocidad, pluralidad de sentidos, dice que está procurando decir lo indecible, el silencio.

Por ello, en la enseñanza-aprendizaje de la obra literaria y específicamente en lo que respecta a la literatura venezolana, los espacios de silencio son importantes y necesarios para permitirle al neolector un acercamiento individual al libro. No basta con el acercamiento analítico a nuestra literatura nacional. Para garantizar la permanencia de nuestra literatura en la población: su conocimiento y trascendencia como valor cultural, es urgente formar un lector autónomo, capaz de apreciar la obra literaria venezolana a través de un proceso de lectura que constantemente le permita contrastarse con el texto e interiorizar aquellas experiencias significativas que muestra la obra literaria nacional.

Reducir la literatura venezolana al análisis literario aséptico para encontrar rasgos estéticos que la vinculen con la literatura universal, apartando la promoción de la literatura venezolana como fuente de placer estético y estudio integral de la cultura venezolana, es mantener criterios mecanicistas que van en detrimento del lector, restándole importancia a su condición de promotor natural de la literatura venezolana.

Sobre lo anterior se afirmará que en el proceso lector el lenguaje es tratado dentro de un contexto funcional y relevante, donde el lector realiza una contribución activa y significativa al texto literario, existiendo un enriquecimiento mutuo entre texto y lector. La única manera de entender el lenguaje y comprender lo impreso, es extrayendo su significado que es predicho por el lector en la medida que va avanzando en su proceso lector.

Lo objetivable en el proceso lector es aparente certeza discursiva que se soporta en lo analítico de seres que intercambian mundos semánticos. Por eso Witgenstein (1972) reduce la certeza a un juego del lenguaje. La realidad viene interpretada a través de un mediador, el lenguaje.

Para nosotros el mundo existe a través del lenguaje y por el mundo en cuanto tal. Intuimos e interpretamos significativamente los reflejos de los objetos, sus sombras. Modelamos mundos de lectura y escritura a través de sus reflejos.

En síntesis, la propuesta que se maneja actualmente es que los individuos aprendan a leer leyendo, (Smith, 1983).

Por lo tanto el objetivo de todo lector frente al texto escrito es lograr su cabal comprensión. En la medida que pueda darse ese proceso interactivo de comprensión, se afirmará que la persona pueda leer con autonomía o sea considerada un lector independiente o fluente.

La lectura es renovación constante de nuestras experiencias como seres humanos. En su proceso existe una acción permanente del pensamiento y los sentidos en procura de la comprensión lógica de los acontecimientos que se suceden.

Esa comprensión lógica, esa manera de actuar reflexivamente a través del acto silencioso que implica la lectura de un texto literario, es condición indispensable para acceder al sentimiento y la acción de la libertad. Por ello no es ninguna garantía saber que una constitución, leyes orgánicas, leyes, normativos, reglamentos y disposiciones y procedimientos nos señalen hasta dónde un Estado nos fija los límites de nuestra libertad, mientras desconocemos el mundo y estamos relegados a un lenguaje nuclear (apofántico) de sobrevivencia.

En este sentido y como podemos apreciar en la sociedad actual y en la educación nacional, nuestra literatura y con ello el referente obligado que perpetúa su permanencia en el tiempo, el lector, no se considera importante ni se le da valor como lector intelectualmente independiente, razón por lo que el Estado venezolano otorga poco o ninguna importancia a la formación de lectores reflexivos y conscientes que valoren la literatura nacional. Esto debería llevarnos a considerar el cómo se está tratando y difundiendo en los centros de enseñanza, nuestra literatura. Cuando se sabe que gran cantidad de maestros y docentes del área de castellano y literatura presentan agudos síntomas de desinterés, no sólo hacia la enseñanza-aprendizaje de la literatura venezolana sino sobre todo aquello que esté relacionado con los procesos de promoción de la lectura y escritura.

Finalmente quisiéramos indicar que se es libre porque se accede a un lenguaje que nombra el mundo y determina en nosotros la condición humana de existir. La sociedad donde nos desarrollemos, sus maneras de expresión institucionales, como la Iglesia, la Educación y las pautas que regulan, a través de un contrato social nuestras relaciones, sistematizan la conciencia objetiva en todo hombre para considerarse ciudadano que existe por el lenguaje y que a través de la lectura de la Obra literaria asume una conciencia para vivir y expresar su libertad.

 

1) [Juan Guerrero] Docente-investigador de La Universidad de Guayana, Venezuela. Candidato a doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo-España.

Bibliografía

CIORAN, E. (1977). Breviario de Podredumbre. Barcelona: Taurus.
ECHEVERRÍA, R. (1996). Ontología del lenguaje. Santiago de Chile:Dolmen.
FOUCAULT, M. (1977). La arqueología del saber. México: Siglo XXI.
HEIDEGGER, M. (1958). Arte y poesía. México: FCE.
LACAN, J. (1966). Ecrits. París: Seuil.
MURENA, H. (1973). La metáfora y lo sagrado. Buenos Aires: Tiempo
Nuevo.
SMITH, F. (1983). Comprensión de la lectura. México: Trillas.
WITGENSTEIN, L. (1981). Observaciones. México: Siglo XXI.

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Noviembre 30, 2002