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La ideología social del coche
Las ciudades diseñadas en función del auto

[Prócoro Hernández Oropez]
Director de Tribuna de la Bahía

Puerto Vallarta, Jalisco


D
icen que en cada invento, el hombre no sólo sorprende y reafirma su supremacía sobre la naturaleza y el mundo, sino también ese afán por igualarse a Dios.

Cuando el francés Forest inventó el motor de explosión, en 1884 y luego aplicado por Daimler en 1887 dio inicio a la industria del automóvil, en pleno auge de la revolución industrial. Luego, en Estados Unidos Henry Ford, con innovadoras ideas perfeccionó su producción y permitió su masificación, sustituyendo a la carreta y al ferrocarril.

Más tarde, en Europa, los alemanes con su Volks Wagen, (el carro del pueblo) el automóvil dejó de ser un producto exclusivo de acaudalados; el pueblo tuvo acceso a él y hoy se ha convertido en uno de los principales medios de transporte humano con cientos de versiones, modelos y  marcas.

Hoy, el auto es o se ha transformado en un artículo imprescindible para viajar. Se ha convertido como ha dicho el canadiense, Marshal McLuhan, en una extensión de los pies del hombre.

Pero no sólo eso. Su masificación obligó a los urbanistas y diseñadores a estructurar la ciudad en función del automóvil, pensando en esta unidad mecánica, más que en el hombre, en su creador. Entonces se construyeron carreteras, autopistas que de pronto dividieron comunidades, pueblos, barrios, colonias. Ejes viales, supercarreteras, freeways, avenidas, fueron pensadas en las necesidades de los carros y sus conductores y sólo hasta muy tarde se dieron cuenta que el peatón fue ignorado en sus proyectos.

En un principio los pueblos se edificaban en torno a una iglesia y un parque y alrededor la escuela, la cárcel municipal, luego las casas de los principales y después las vecinales. Hoy todo se construye en función del auto. Se da prioridad a su vialidad, al desahogo y a sus cajones de estacionamiento.

Para muchos conductores el peatón o en su defecto el ciclista es un estorbo. Si uno va a cruzar una calle y viene un auto, es preferible pararse antes de que el chofer lo atropelle; ponen más atención en observar si viene un carro en los cruceros, que en un peatón.

En otros países existe una cultura vial y se han construido ciclopistas para quienes prefieren este medio, en otros, como en Europa, han conservado y mejorado al ferrocarril como un transporte seguro, cómodo y barato para viajar de uno al otro extremo del continente. Ello ha permitido que los ciudadanos prescindan del auto para trasladarse a diferentes partes y con ello, se evitan la contaminación, embotellamientos, estrés y mortandad por accidentes viales.

En Estados Unidos pasó lo contrario. Todo parece indicar que las grandes industrias automotrices impusieron sus criterios e influyeron para que el auto se convirtiera en el eje del transporte moderno, en detrimento del ferrocarril. Este fenómeno se reprodujo en los demás países del continente americano, provocando con ello un sin fin de problemas como polución, aumento de la temperatura y de la mortandad por accidentes viales, embotellamientos, además de otra red de significaciones. En esta porción del planeta, el ferrocarril ha entrado en desuso y poco a poco se han silenciado sus sirenas y campanadas, mismas que anunciaban su arribo a una estación.

Y la mayor parte de las ciudades medias o grandes del país reproducen los mismos esquemas de la ciudad de México: enormes avenidas y poco espacio para el peatón, con banquetas restringidas, sin áreas ni respeto para otra opción de transporte menos contaminante como la bicicleta; sin pasos peatonales ni rampas para discapacitados, por ejemplo.

Esas ciudades ya resienten los efectos de estas políticas, tales como embotellamientos en horas pico, incremento de accidentes viales, exceso de automóviles. Hay familias que llegan a poseer más de tres autos y los habrá quizá que tengan un carro para cada día de la semana.

El respecto, el nobel portugués José Saramago escribió un cuento en su libro Equipaje de Viajero, donde describe ese apego a la máquina. Su personaje usaba el carro para ir a todos lados, hasta para  ir de comprar cerca de su casa. Pero un día no pudo bajar, su cuerpo quedó adherido al asiento y no consiguió desprenderse. La máquina tomó vida y lo reclamó, convirtiéndose en una extensión de él.

Así es, el auto además de ser un medio utilitario que brinda rapidez, seguridad y comodidad, ofrece una red de significaciones, tales como prestigio, poder, valor, éxito y estatus social. ¿A costa de qué? A un altísimo costo social, económico, ecológico, demográfico y  humano. Y pareciera que los urbanistas no han pensado en estos costos, ni muchos menos los políticos han incorporado estos temas a sus agendas de campaña o de gobierno.

Noviembre 03, 2002

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