La
ciudad históricamente surgió como una opción de vida para el hombre. Nos
volvimos urbanos. Pero... ¿qué tipo de opción hemos venido construyendo?
Ciudades espectáculo por la tragedia o por la farsa representada:
laberintos, enigmas, mitos, historias frustradas, juego, vicios, trampas,
mercados en ebullición, desalojos, soledades y esperanzas. ¿Qué se siente
al vivir este drama colectivo? ¿Qué hacemos, qué sentimos, qué sabemos,
qué no podemos o no queremos decir?
En estos
días se habla mucho de los niños, de nuestros niños urbanos. ¿Qué nombre
le podemos dar a una sociedad que destruye su esperanza destruyendo a sus
hijos? ¿Cuáles son sus instintos? ¿A dónde nos dirigimos? ¿Qué
pretendemos? La falta de respeto y de amor a los niños, hoy, tiene todos
los matices, maltratos desde el blanco blanco de la esterilización
y la asepsia porque sus ‘buenos padres’ pretenden ‘resguardarlos’de todo
mal y peligro; hasta el rojo sangre de los ‘malos’por “arrancarlos
de cuajo” de la vida.
Esa
realidad se opone a las proclamas de ternura, a los discursos académicos
sobre la infancia, a la llamada Declaración Universal de los derechos de
los niños, a los Convenios Internacionales suscritos por el Estado, a la
simple reproducción natural de la vida material. ¿Qué hacen los adultos
‘normales’ con sus hijos? Y subrayo que no nos referimos a los miles de
monstruos que tienen centenares de denuncias en las fiscalías y en los
juzgados de menores por toda suerte de agresiones, abandonos y violencia,
sino de los ciudadanos ‘comunes y corrientes’, de esos con los que topamos
por la calle y en todas partes al cruzar la ciudad.
¿Porqué
en todas las esquinas encontramos cantidades de niños ejerciendo los más
disímiles trabajos? ¿Porqué sobrevivir es su oficio? ¿Cómo entender una
realidad de jóvenes cuyo hogar es la calle, los andenes, los contenedores
de basura, las puertas de los teatros, las piedras bajo los puentes y el
césped de los parques? ¿Qué ha pasado y por qué?
A
cada momento nos enteramos que los niños son atacados por sus propios
padres, heridos con armas, a puñetazos y a mordiscos; golpeados con palos,
cinturones o con planchas; arrojados contra las paredes o a la calle;
quemados con cigarrillos, con agua hirviendo o con la hornilla de la
estufa encendida. Vemos niños abandonados como animales, expulsados de sus
casas, olvidados de adrede en cualquier parte; niños prostituídos por sus
padres, vendidos por sus madres; niños secuestrados y humillados. Por
todas partes vejámenes, insultos y crímenes; como en los tiempos de
Herodes, sigue la decapitación y la antropofagia de inocentes. Es esta tal
vez la prueba de la peor maldad del ser humano, su mayor rebelión
contra natura.
Hoy es
difícil comerse el cuento de que ‘los adultos aman a sus hijos’. Lo que
vemos lo niega. Y esta deformidad ¿de dónde viene, cuál es su genealogía?
Son, acaso, los resultados de una infancia desdichada, de la castración
por una sociedad contradictoria, del amontonamiento en las ciudades, de la
promiscuidad, de las desigualdades, del analfabetismo, de la ignorancia,
de matrimonios sin amor, de embarazos no queridos, del desempleo, de los
bajos salarios, del subempleo, del desplazamiento forzado? ¿Existe
alguien que quisiera liquidar el mundo, liquidando sus hijos? ¿Oprimir la
injusticia oprimiendo un pequeño; golpear la vida golpeando la infancia?
Qué es
un niño sino un espacio de sol, que en cada corazón guarda un proyecto;
como las plantas en cada flor un fruto, en cada vida una muerte que nadie
puede anticipar. Seres que son verdaderos sabios, porque viven ajenos a la
muerte – inocentes, activos, espontáneos, intensos y osados- como debe
vivirse!!
Sin
embargo, pareciera que en todas partes se les desea pisotear. Se les hace
ver el sexo como algo que no es limpio e inmediato suyo pero se les obliga
a vender su cuerpo y por ahí se les invita a vender su alma con signos de
dinero. Se les habla de paz y se les envía a la guerra poniendo en sus
manos armas que asesinan de veras. Se les encierra en su cuarto con una
televisión que transforma el amor en gestos destructivos, cínicos y
sucios; que transforma cualquier ideal en un concurso; programas en los
que la violencia reina sobre todas las cosas, ya que a ella se limita
cualquier heroicidad, y adiestra al que no sabe para golpear, y muestra
las maneras y sistemas para hacer el mayor daño posible al adversario. La
perfecta escuela de cómo matar, el modo de esconder un cadáver y huir
luego.
Y
encontramos los niños que caen en la anorexia o la bulimia, pues ahora
hasta alimentarse es un problema, por buscar mantenerse en una “línea”
inventada por los mayores. Niños que se ‘stressan’ en la marea del mundo,
los que se hunden en profundas depresiones o se suicidan porque no son los
mejores; porque tal vez se busca en ellos un super-niño, al adulto en
ciernes, completo y acabado en sí mismo, resultado de la auto-frustración
de los padres o de sus sueños. Y también encontramos niños que habitan la
lúgubre mazmorra de la droga como adictos o como traficantes acompañando a
sus madres a vender “puchos” por la calle real o las ‘zonas rosa’ hasta
altas horas de la noche. O niños que, en un remedo horrible de la sociedad
en la que viven, cometen crímenes contra otros niños aún menores o más
solos y desprotegidos que ellos.
Abramos
los ojos y los oídos a esta enumeración para tratar de modificar nuestro
corazón, nuestra conducta y el mundo en que estamos. En fin, hagamos algo
por nosotros y el “futuro” en el presente.