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La Ciudad de Los Niños

Alfonso Forero

 

“No comprendemos la vida porque no sabemos separarla de su explicación tradicional”
Muy viejo aforismo.


L
a ciudad históricamente surgió como una opción de vida para el hombre. Nos volvimos urbanos. Pero... ¿qué tipo de opción hemos venido construyendo? Ciudades espectáculo por la tragedia o por la farsa representada: laberintos, enigmas, mitos, historias frustradas, juego, vicios, trampas, mercados en ebullición, desalojos, soledades y esperanzas. ¿Qué se siente al vivir este drama colectivo? ¿Qué hacemos, qué sentimos, qué sabemos, qué no podemos o no queremos decir?

En estos días se habla mucho de los niños, de nuestros niños urbanos. ¿Qué nombre le podemos dar a una sociedad que destruye su esperanza destruyendo a sus hijos? ¿Cuáles son sus instintos? ¿A dónde nos dirigimos? ¿Qué pretendemos? La falta de respeto y de amor a los niños, hoy, tiene todos los matices, maltratos desde el blanco blanco de la esterilización y la asepsia porque sus ‘buenos padres’ pretenden ‘resguardarlos’de todo mal y peligro;  hasta el rojo sangre de los ‘malos’por “arrancarlos de cuajo” de la vida.

Esa realidad se opone a las proclamas de ternura, a los discursos académicos sobre la infancia, a la llamada Declaración Universal de los derechos de los niños, a los Convenios Internacionales suscritos por el Estado, a la simple reproducción natural de la vida material. ¿Qué hacen los adultos ‘normales’ con sus hijos? Y subrayo que no nos referimos a los miles de monstruos que tienen centenares de denuncias en las fiscalías y en los juzgados de menores por toda suerte de agresiones, abandonos y violencia, sino de los ciudadanos ‘comunes y corrientes’, de esos con los que topamos por la calle y en todas partes al cruzar la ciudad.

¿Porqué en todas las esquinas encontramos cantidades de niños ejerciendo los más disímiles trabajos? ¿Porqué sobrevivir es su oficio? ¿Cómo entender una realidad de jóvenes cuyo hogar es la calle, los andenes, los contenedores de basura, las puertas de los teatros, las piedras bajo los puentes y el césped de los parques? ¿Qué ha pasado y por qué? 

A cada momento nos enteramos que los niños son atacados por sus propios padres, heridos con armas, a puñetazos y a mordiscos; golpeados con palos, cinturones o con planchas; arrojados contra las paredes o a la calle; quemados con cigarrillos, con agua hirviendo o con la hornilla de la estufa encendida. Vemos niños abandonados como animales, expulsados de sus casas, olvidados de adrede en cualquier parte; niños prostituídos por sus padres, vendidos por sus madres; niños secuestrados y humillados. Por todas partes vejámenes, insultos y crímenes; como en los tiempos de Herodes, sigue la decapitación y la antropofagia de inocentes. Es esta tal vez la prueba de la peor maldad del ser humano, su mayor rebelión contra natura.

Hoy es difícil comerse el cuento de que ‘los adultos aman a sus hijos’. Lo que vemos  lo niega. Y esta deformidad ¿de dónde viene, cuál es su genealogía? Son, acaso, los resultados de una infancia desdichada, de la castración por una sociedad contradictoria, del amontonamiento en las ciudades, de la promiscuidad, de las desigualdades, del analfabetismo, de la ignorancia, de matrimonios sin amor, de embarazos no queridos, del desempleo, de los bajos salarios, del subempleo, del desplazamiento forzado?  ¿Existe alguien que quisiera liquidar el mundo, liquidando sus hijos? ¿Oprimir la injusticia oprimiendo un pequeño; golpear la vida golpeando la infancia?

Qué es un niño sino un espacio de sol, que en cada corazón guarda un proyecto; como las plantas en cada flor un fruto, en cada vida una muerte que nadie puede anticipar. Seres que son verdaderos sabios, porque viven ajenos a la muerte – inocentes, activos, espontáneos, intensos y osados- como debe vivirse!!

Sin embargo, pareciera que en todas partes se les desea pisotear. Se les hace ver el sexo como algo que no es limpio e inmediato suyo pero se les obliga a vender su cuerpo y por ahí se les invita a vender su alma con signos de dinero. Se les habla de paz y se les envía a la guerra poniendo en sus manos armas que asesinan de veras. Se les encierra en su cuarto con una televisión que transforma el amor en gestos destructivos, cínicos y sucios; que transforma cualquier ideal en un concurso; programas en los que la violencia reina sobre todas las cosas, ya que a ella se limita cualquier heroicidad, y adiestra al que no sabe para golpear, y muestra las maneras y sistemas para hacer el mayor daño posible al adversario. La perfecta escuela de cómo matar, el modo de esconder un cadáver y huir luego.

Y encontramos los niños que caen en la anorexia o la bulimia, pues ahora hasta alimentarse es un problema, por buscar mantenerse en una “línea” inventada por los mayores. Niños que se ‘stressan’ en la marea del mundo, los que se hunden en profundas depresiones o se suicidan porque no son los mejores; porque tal vez se busca en ellos un super-niño, al adulto en ciernes, completo y acabado en sí mismo, resultado de la auto-frustración de los padres o de sus sueños. Y también encontramos  niños que habitan la lúgubre mazmorra de la droga como adictos o como traficantes acompañando a sus madres a vender “puchos” por la calle real o las ‘zonas rosa’ hasta altas horas de la noche. O niños que, en un remedo horrible de la sociedad en la que viven, cometen crímenes contra otros niños aún menores o más solos y desprotegidos que ellos.

Abramos los ojos y los oídos a esta enumeración para tratar de modificar nuestro corazón, nuestra conducta y el mundo en que estamos. En fin, hagamos algo por nosotros y el “futuro” en el presente.
 

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Noviembre 02, 2003
 

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