Inicio

Quienes Somos

Contactenos

Buscar Revista

Secciones

Indice Artículos

Editoriales

Enf. Latinoamérica

Gerencia En Acción

Literatura

Negocios

Mujer y Negocios

Tecno-Lógica

Naturalmente

Socio-Política

Revistas Previas

Arte

Medios Del Mundo

Tertulias

English

English Home

Contact Us

Article Archive

Political Issues

Social Issues

Economic Issues

General Articles

The Other Side

Origin

Poetry & Song

 

 

El Terrorismo Islámico y el Choque de Civilizaciones

Favor poner en "Asunto" el título y autor del artículo

Roberto Palmitesta D.
Escritor, Analista Internacional, Ingeniero
Colaborador de diarios El Globo y TalCual de Caracas, y revistas electrónicas Analítica y Jubilatas.
 

 

En octubre, mientras se celebraba un año más del descubrimiento de América, algo que se ha dado en llamar últimamente como un “encuentro entre dos culturas”. Nos venía a la mente otro tipo de encuentro mucho más traumático y trascendente, entre el mundo occidental y el islámico.  A pesar de que los líderes del llamado “Occidente” ,o sea, el mundo anglosajón y europeo, insistan en negarlo en cada ocasión, para no alborotar ese avispero que se ha creado con los bombardeos a Afganistán y las insinuaciones de que se atacarán luego a otros países musulmanes.

Ni siquiera el pobre Bush, metido ahora en un tremendo berenjenal, pudo amortiguar con bellos discursos y su presencia en mezquitas el antagonismo que se siente en EE.UU. contra el mundo islámico, ámbito donde se han criado y entrenado los autores materiales del repugnante genocidio cometido en Nueva York y Washington, motivados por un odio irracional que habría que tratar de comprender, aunque esas acciones sean injustificables bajo ningún código de ética.  Quizás Bush y sus asesores no se dan cuenta que las acciones de la superpotencia en la última década no han sido muy gratas para los pueblos islámicos, aunque hayan sido protestadas sólo por las usuales minorías fundamentalistas, a veces con acciones terroristas, que, aunque siempre condenables,  deberían haberle recordado a EE.UU. cuán poco bienvenidos son en esa región distante, donde se sabe que están enclavados para proteger mayormente los intereses petroleros e israelíes.

En particular, no puede gustarle a nadie que se siga humillando al pueblo iraquí con bombardeos constantes a sus instalaciones, la prohibición de usar la mitad de su espacio aéreo y un cruel embargo económico que ya no se justifica según la mayoría de los observadores, incluyendo los propios aliados de la OTAN. Tampoco puede gustarle a los árabes que la Superpotencia haya aceptado pasivamente la continua ocupación de Cisjordania y Gaza desde 1967, y haya sido tan condescendiente con Sharon en su política de afincarse a esos territorios y los asentamientos judíos, supuestamente para protegerse contra el terrorismo y el acoso árabes. Por fortuna esa posición está sufriendo un viraje sustancial después de los ataques terroristas, a juzgar por las recientes declaraciones de Bush y Blair, (entre otros) en el sentido que favorecerán sin titubeos la creación de un estado palestino, siempre que se respete, como debe ser, la existencia y soberanía de Israel.

Aún con su relativo atraso tecnológico y material, los árabes deben resentirse con las expresiones despectivas, dadas a la prensa nada menos que por el vicepresidente Cheney, de que los pueblos islámicos son bárbaros y atrasados, aunque aflore ocasionalmente algo de eso por el comportamiento ocasional de algunos de los miembros de su cultura, evidentemente poco representativos ya que la gran mayoría son personas pacíficas, hospitalarias y generosas, con valores que no se diferencian mucho de los judeo-cristianos.  Por cuanto, tienen tradiciones y profetas comunes a las tres religiones monoteístas que nacieron en la región.
 

No hay duda que los árabes, después de disfrutar un período de apogeo en la edad media, conservando y enriqueciendo de paso la cultura grecorromana, se han quedado algo rezagados del progreso acelerado que disfrutaron los pueblos de ascendencia europea, pero eso no es motivo para ser discriminados y ofendidos tan abiertamente por altos jerarcas yanquis.  En la cultura árabe, como en muchas otras, las humillaciones públicas tienen eventualmente una retribución violenta. Ante esas inoportunas declaraciones, Cheney está siendo ocultado de la vista del público, pues probablemente ha recibido amenazas de muerte.  Si el vicepresidente tuviera razón, entonces también los responsables del atentado en Oklahoma City provienen de una cultura igualmente salvaje.

Así que existen algunos temas que deben ser sumamente irritantes para todo musulmán con cierto sentimiento regionalista y orgullo étnico, pues la creciente presencia judía y norteamericana en el mediano oriente, después de la última guerra mundial, debe haber abierto heridas que se creían cicatrizadas, al heredar los norteamericanos todo el resentimiento acumulado durante siglos de colonialismo europeo. A esto se debe sumar la natural envidia que sienten los musulmanes por el ostentoso progreso de Occidente y el contraste con ciertas costumbres occidentales, muy liberales para su gusto (y hasta sacrílegas según sus escrituras), que se tratan de introducir en la región a fuerza de mensajes culturales transmitidos gracias al virtual monopolio mediático que disfruta EE.UU. en todo el mundo.  Los pueblos musulmanes ven la amenaza que se cierne sobre su cultura ancestral  y se resienten visiblemente, aunque muchos árabes con espíritu modernista adopten las costumbres y no le temen a la transculturización que está teniendo lugar, gracias al auge de las comunicaciones y el comercio, algo que ya sucedía en el pasado aunque más lentamente.  Incluso, en algunos países árabes moderados como Qatar, Bahrein y los Emiratos, se nota una tendencia a adoptar costumbres occidentales, sin olvidar muchas tradiciones islámicas, por lo que las dos culturas son consideradas como compatibles y complementarias. Esto es lógico y deseable, excepto para los extremistas.

Afortunadamente, gracias a ciertos sectores progresistas dentro del mundo árabe, se está creando conciencia de que esta tendencia globalizadora es inevitable en un mundo tan interconectado e interdependiente, y que no se hace con fines de dominación, sino por la misma dinámica de las relaciones comerciales y culturales.  Después de todo, ¿no hicieron lo mismo los musulmanes en la península ibérica hace más un milenio y sostuvieron su dominación cultural y comercial por muchos siglos, hasta la llamada “reconquista"?   No se debería culpar, entonces, a los occidentales por tratar de difundir su cultura y productos, en un intercambio normal y una competencia lógica, que puede ser aprovechado también por los pueblos árabes.  De hecho, de los países del Mediano Oriente proviene la mayor parte de los productos energéticos que facilitan el progreso y bienestar occidental, lo cual debería alimentar el orgullo de la región.  En la era de la “globalización”, es evidente que ambos mundos, el Occidental y el islámico, se complementan y necesitan mutuamente, por lo que cualquier enfrentamiento es inconveniente, además de anacrónico y absurdo.

Pero algunos fanáticos musulmanes ven toda intromisión occidental como una afrenta imperdonable y se ilusionan con revivir la otrora considerable influencia islámica en el mundo,  aprovechando ahora los abundantes petrodólares, mediante el apoyo de una belicosa corriente fundamentalista que se basa en enseñanzas muy conservadoras y ya incongruentes en el mundo moderno.  Por lo visto, el método extremista es instalar estados teocráticos donde encuentran alguna debilidad de los gobiernos vigentes, como sucedió en el caso de Irán, Sudán y Libia, y como está sucediendo tristemente en la milenaria Afganistán, quizás el más conservador y retrógrada de los pueblos islámicos por su distancia del mar y su inhóspita geografía, y cuyo empobrecido pueblo ha padecido de un sinfín de guerras civiles e invasiones foráneas.

Así, estos grupos extremistas, que en realidad buscan el poder político por medio de la distorsión de las venerables y pacifistas creencias islámicas, se han ocupado desde hace unas décadas, y, en especial desde el triunfo de la revolución iraní, a alborotar los gobiernos de países con una alta proporción de musulmanes, iniciando guerras civiles, guerrillas o generando inestabilidad política por doquier.  Los casos de Argelia, Egipto, Líbano, Sudán, Yemen, Bosnia, Macedonia y Chechenia, sin olvidar algunas naciones del África sahariana o ecuatorial, y del Asia Central, son claros ejemplos de esta descarnada lucha por el poder, que utiliza elementos políticos disfrazados con fervor religioso, al igual que pasaba con las guerras de religión entre las corrientes cristianas durante el medioevo y la era moderna.  Lo criticable es que ahora se les lava el cerebro a unos jóvenes voluntarios para que se sacrifiquen su vida en nombre de su religión, con la dogmática creencia de que irán al cielo y gozarán del favor divino, algo que no responde a ningún mandamiento islámico sino a los perversos designios de sus maquiavélicos líderes, cómodamente instalados detrás de bambalinas.

De modo que no se trata realmente de un “choque de civilizaciones” y un ataque a la cultura islámica, como insisten los extremistas, sino de las usuales rebatiñas de zonas de influencia, para que los grupos políticos que salgan triunfadores se apropien del poder y disfruten de sus privilegios, mientras que las masas desposeídas, y por lo tanto ignorantes, siguen aumentando y ocupando el mismo lugar de siempre, como se demuestra en el régimen teocrático de Irán, que aún siendo un país petrolero sigue teniendo un alto índice de pobreza y atraso.  Por algo los objetivos más apetecidos del fundamentalismo son Argelia, Kuwait, Arabia Saudita, Qatar, Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos, pues con el logro del poder vienen el control de sus petrodólares.  Así que el antagonismo no proviene realmente de un antagonismo de culturas ni de religiones, sino de vulgares apetencias de poder de grupos codiciosos, que usan un arma tan brutal como el terrorismo en vista de su inferioridad político-militar, a sabiendas de los efectos contundentes de los atentados en los timoratos y cómodos pueblos occidentales, que sólo quieren disfrutar su bienestar material y social con tranquilidad y que no admite, ni merece, ser inculpado por el atraso de dicha región.  En el fondo, este resentimiento contra Occidente no pasa de ser una admisión de fracaso de algunos gobiernos musulmanes, que, a menudo contando con cuantiosos recursos, no han podido mejorar la calidad de vida de su gente.

Los astutos autores de los atentados en EE.UU. sabían que empujando la economía norteamericana hacia una clara recesión, se afectaría seriamente también la economía del resto del mundo, con las presiones que se derivarían de ese hecho hacia los respectivos gobiernos, los cuales tratarían de favorecer una pronta solución de la crisis Palestina, el cese del embargo a Iraq y el alejamiento del dúo EEUU-RU de la región, con el consecuente aumento de la influencia política de las facciones fundamentalistas dentro de las monarquías feudales o de las repúblicas democráticas” apuntaladas por Occidente como Egipto y Argelia.  Eventualmente, y este parece ser el objetivo final de los fundamentalistas, estos grupos visualizan una larga franja de gobiernos afines que iría desde Marruecos hasta Malasia e Indonesia, pasando por Pakistán, obviamente el centro del poder militar por su tecnología nuclear, además del personal entrenado y equipamiento convencional que datan de la época cuando formaba parte, con EE.UU. a la cabeza, de una alianza militar anticomunista en el Asia suroriental.  Precisamente, el temor de Occidente es que las bombas atómicas paquistaníes caigan en manos de grupos extremistas islámicos, de ahí el celo de combatir a los regímenes fundamentalistas.

En este ambicioso plan se incluye, obviamente, la destrucción del estado de Israel, o al menos su supeditación al poder islámico.  Evidentemente, son ilusiones de poder que no tienen asidero en la realidad geopolítica actual, pero que, al igual que el comunismo durante la guerra fría, sirven para mantener la perenne tensión, violencia y confrontación bélica que aparentemente necesita el mundo para no aburrirse, alimentando de paso a los consabidos “perros de la guerra”.  Pareciera que la racionalidad de que tanto alardea el hombre moderno, que creía haberse deslastrado de tantos conceptos dogmáticos de las religiones y supersticiones, está todavía en entredicho, ante semejantes muestras de fanatismo, crueldad, estupidez y terquedad, visibles en todos lados, lo cual no habla muy bien de las llamadas “culturas”, que deberían representar un avance positivo hacia la consecución del bienestar material y social necesario para disfrutar del bien máximo, la felicidad personal.

Más que un enfrentamiento entre culturas, lo que se nota más bien es un exceso de ignorancia, incomprensión e intolerancia entre las partes, fallas que pueden ser remediadas parcialmente por la globalización cultural, complementada por una educación más humanista, ética y naturalista, donde prevalezcan valores como el respeto por la vida y la naturaleza, así como la cooperación en vez de una competencia darwinista a ultranza. Después de todo, los distintos pueblos, a pesar de nuestras diferencias, vivimos en el único planeta habitable, así que somos todos vecinos de la ya inevitable “aldea global”.  Muchos optimistas visualizan más bien un mundo al estilo del descrito por Lennon en su profética y bella melodía, “Imagine”, sin nacionalismos ni religiones, factores que, manipulados por políticos oportunistas, son los que más han dividido y enguerrillado al mundo en todas las épocas.

Hacemos estas reflexiones con la esperanza de que los bandos en pugna en este choque cultural con que se inició el nuevo siglo, puedan reflexionar seriamente sobre sus errores, debilidades, vicios y limitaciones, y, mediante un liderazgo visionario, ahora escaso pero eventualmente posible, traten de llegar a soluciones de compromiso mediante la tolerancia y la negociación, en lugar de usar siempre la violencia y la confrontación bélica como arma para dirimir sus diferencias, admitiendo que éstas son normales, y hasta convenientes, en vista de la diversidad de contextos étnicos, religiosos, políticos y geográficos existentes, una consecuencia  del dinamismo natural de las civilizaciones.  Si esto no se comprende, de nada habrá servido todos los siglos de aparente progreso científico y desarrollo social, y estamos malgastando los recursos que se invierten en el proceso educativo o que se utilizan en el intenso intercambio cultural que disfrutamos hoy día, y que, bien aprovechado, debería contribuir no sólo al acercamiento de los pueblos sino a una mejor calidad de vida por doquier.  De no progresar en este sentido, la globalización en curso habrá sido realmente un fracaso rotundo y un proceso contradictorio para el avance de la humanidad, más allá de los males, probables o imaginarios, que se le atribuye a este fenómeno social. 

Octubre 20, 2001

Subir

 

Los artículos o contenidos de este Sito Web NO pueden ser reproducidos total o parcialmente sin previa autorización escrita del autor y/o Revistainterforum.com ® Copyright 2000-2009
Latin America Consulting & Communications LLC (LACC)

 The Contents of the site are intellectual Property of Revistainterforum.com ® Copyright 2000-2009 and or the the author.   Reproduction in part or whole of any of this material without written permission constitutes a violation of the law.
Latin America Consulting & Communications LLC (LACC)