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Los dilemas de las relaciones exteriores de la Unión Europea

Joaquín Roy (1)


Cuando la Unión Europea (UE) adoptó el euro como moneda común, se derribó uno de los dos pilares fundamentales de la soberanía nacional de los Estados. El control del territorio mediante la regulación de los mecanismos monetarios es paralelo al monopolio de la fuerza por medio de la policía y los ejércitos. El euro no era una etapa económica más. Solamente quedaba el sensible sector de las relaciones exteriores y la defensa para que la UE tuviera un perfil definidamente federal.

Hacia una unión más profunda

La reciente historia de la UE revela cambios impresionantes en el terreno económico y en el político. El Acta Unica de 1986 completó el Mercado Común visionado por el Tratado de Roma de 1957. El Tratado de Maastricht de 1992 convirtió la antigua Comunidad Europea en Unión Europea.

Se usó la imagen de los tres pilares para darle forma a la nueva estructura. El primero estaba compuesto por las políticas comunes primordialmente económicas y sociales. El segundo era ocupado por los asuntos de seguridad y defensa y el tercero por los de orden interior, fiscal y de justicia.

Mientras el tercer pilar está destinado a desaparecer a medida que más competencias son “federalizadas”, el segundo se resiste. La UE eligió el compromiso. Se creó la posición del Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), que se encomendó a Javier Solana (ex Secretario General de la OTAN), al que también se nombró Secretario General del Consejo de la UE, el órgano decisorio y legislativo compuesto por los ministros de los Estados. En la Comisión Europea se racionalizaron las competencias exteriores (comercio, diplomacia, ayuda, ampliación), y se encargaron a Chris Patten (alto dirigente del Partido Conservador británico, y ex gobernador de Hong Kong).

Aunque el poder fáctico de Solana es aparentemente superior, la realidad es que Patten quien tiene el control de los fondos directamente asignados. La UE domina más del tercio del comercio mundial y aporta más del 50% de los fondos asistenciales. Pero Solana tiene la directa responsabilidad de coordinar la labor de un Estado Mayor, un centenar de militares que están preparando la Fuerza de Reacción Rápida.

En pleno debate de la Convención que presentará un borrador de Constitución el año próximo, el reto es dotar a UE de una faz exterior clara y coherente. Si a las posiciones duales de Solana y Patten se añade que el Presidente de la Comisión (Romano Prodi) teóricamente debiera actuar como una especie de primer ministro, y la máxima representación de la UE es detentada semestralmente por el máximo mandatario del país que detenta la presidencia, la complicación estructural es preocupante.

Patten y/o Solana

Al parecer, la dualidad supranacional (centrada en las competencias de la Comisión) y la intergubernamental (monopolio del Consejo) continuará. De ahí que se hayan sondeado pragmáticos esquemas, soluciones insólitos e innovadores, e incluso utópicas ideas. Aparte de la creación de una presidencia efectiva por cinco años, la propuesta más osada es la fusión de las posiciones de Patten y Solana en una sola. Pero no soluciona el problema de dónde ubicarla. Unos piensan que debiera estar en la Comisión y otros en el Consejo. Se sugiere que Solana se convierta en miembro de la Comisión, sin voto, mientras Patten pasaría a ser adjunto en el Consejo.

De momento, el precario entramado se mantiene en pie gracias a la impecable colaboración personal entre los dos mandatarios (un socialista español y un ‘tory’ británico), quienes han conseguido que las más que posibles fricciones entre los dos entes (Comisión y Consejo) no envenenen el ambiente. Otra cosa será cuando en 2004 ambos probablemente desaparezcan de la escena comunitaria. De ahí que algunos recen por su continuidad.

Europa del este o/y América Latina

La reestructuración institucional está íntimamente ligada al dilema de las prioridades geográficas. El reto de la ampliación de la UE, que llegará a contar con casi 30 miembros en pocos años, convertirá a la entidad es más europea oriental que nunca. Las necesidades de ayuda a los nuevos miembros serán monumentales, y el presupuesto es, lamentablemente, limitado. Se teme que la factura de la ampliación la pagará América Latina. Se entraría en un ciclo novedoso en los intereses de la UE parecido al “desdén benigno”, la marca de la política de los Estados Unidos cuando la región no merece atención.

Aunque los dirigentes de la UE se esfuerzan por desmentirlo, los resultados de la reciente cumbre Europeo-Latinoamérica son desalentadores. No conviene culpar a la UE de la falta de progreso en los acuerdos con subregiones. En Europa se nota cansancio por la falta de progreso en la integración latinoamericana. Ante la inercia del CARICOM y la deriva de Centroamérica, los problemas políticos económico-políticos de la zona andina, surge la crisis grave de MERCOSUR, la única red latinoamericana que cuenta con la mínima semejanza a la UE.

De ahí que la UE haya preferido cerrar acuerdos de libre comercio con países individuales, como Chile y México. Simultáneamente, parece haber abandonado la obsesión de antaño en imponer el modelo de integración profunda a nivel subregional. Para Bruselas, la pelota está en el tejado latinoamericano.

Después de todo, la atención política hacia América Latina no se corresponde con su baja importancia comercial: solamente el  4,8% de las importaciones de la UE proceden de América Latina, y apenas el 5,8% de las exportaciones europeas tienen como destino Latinoamérica. Mientras, se opta por reconstruir el suburbio de la Europa del este.

1) Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monnet’ de estudios de la Unión Europea en la Universidad de Miami.

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Octubre 14, 2002

 

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