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Morandé 80, una puerta a la memoria
Síntesis de mi visita a Chile

Ariel Basteiro
Diputado Argentino

Partido Socialista


H
ace seis años, cuando por primera vez pisé las calles de Santiago, la emoción fue grande al detenerme frente a La Moneda y observar el histórico balcón desde el cual tantas veces Salvador Allende, el “Compañero Presidente”, saludó a su pueblo. Y fue grande la tristeza, e inmensa la desazón, al comprobar cómo ese mismo pueblo que había sido capaz de elegir a ese hombre que proponía la construcción del socialismo por una vía democrática, se debatía entre romper cadenas, miedos y años de mentiras o pactar con el olvido garantizándole la impunidad a los dictadores.

Volví a Santiago en una fecha histórica, el 11 de setiembre, treinta años después del golpe militar que acabó con el gobierno democrático y con la vida de quien, por su dignidad, su actitud y su compromiso pagó así por mantenerse leal a su pueblo.

Volví invitado por el Partido Socialista de Chile para participar de los actos de recordación de aquella fecha y de un hecho simbólico pero de enorme contenido político: la apertura de la puerta de la calle Morandé, en el Palacio de la Moneda, el lugar por donde salió por última vez, ya muerto, el compañero Allende, mientras el edificio aún ardía como resultado del criminal bombardeo de la aviación golpista. A la hora de la reconstrucción la dictadura había anulado la puerta de Morandé 80, como había intentado anular la memoria de los chilenos y en algunos sectores lo logró.

Las jornadas vividas en Santiago estuvieron cargadas de emotividad. El Patio de los Naranjos de La Moneda se colmó de invitados que vieron a través de una pantalla gigante cuando el presidente Ricardo Lagos hacía su entrada por la histórica puerta, mientras la Orquesta Filarmónica de Santiago y un coro exquisito interpretaban la cantata sobre el drama de Abel y Caín, una parábola para nada subliminal sobre la historia reciente de Chile. Lo único fuera de lugar fue el discurso del presidente Lagos, una pobre pieza digna del olvido, en la que se rehusó a poner la verdad como eje y pretendió construir puentes entre el pueblo y sus asesinos.

Luego fue el turno del homenaje en el cementerio de Santiago, donde frente al mausoleo que recuerda al presidente socialista unos mil invitados participamos del acto recordatorio organizado por el Partido Socialista. Desde mi sitio, entre Isabel Allende -hija del Compañero Presidente y actual presidenta de la Cámara de Diputados- y el joven diputado socialista Orlando Lethelier -hijo del canciller de Allende, asesinado en Washigton por los comandos de la dictadura-, sentí una profunda emoción al ver cómo se escapaban lágrimas de los ojos de Isabel, que a treinta años y después de haber vivido hechos similares a través del tiempo, no pudo contenerse ante el recuerdo de su padre, rodeada por cientos de compañeros que nos despedíamos del lugar cantando la mítica Venceremos. Las palabras del presidente del PS, Gonzalo Martner, en el cierre del homenaje, quedarán imborrables en el recuerdo de todos: “No hay mañana sin ayer para renacer en primavera”.

La jornada continuó en la Plaza de la Constitución, donde los partidos que conformaron lo que fue la Unidad Popular reunieron a un número de participantes nunca registrado en actos de estas características. Y donde brillaban por su ausencia los dirigentes de la Democracia Cristiana, actual aliada del PS en el gobierno, ausentes también durante la apertura de la puerta de Morandé 80, al mediodía en el cementerio y a la noche en el Estadio Nacional. Ausentes siempre, con declaraciones en contra de todos y cada uno de los actos de recordación. Ante la evidencia, muchos nos preguntamos si Lagos no está hoy durmiendo con el enemigo, con los enemigos de Allende y del pueblo chileno, aquellos que como Eduardo Frei (padre) y Patricio Aylwin fueron los abanderados civiles del golpe de Estado. Pese a ello, el marco y la presencia y la voz de Silvio Rodríguez entonando el “Te Recuerdo Amanda” de Víctor Jara, eran sensaciones que se disfrutaban mas allá de las contradicciones que empezaban a hacerse palpables. Fuimos muchos los que agradecíamos  por poder estar presentes allí, en el lugar exacto y a la hora justa.

De noche, el Estadio Nacional -centro de tortura y detención en aquella triste primavera chilena del 73- fue el punto de reunión de las organizaciones de familiares o ex presos políticos, que rodearon el perímetro enrejado del ahora Estadio Víctor Jara con un largo camino de 3.000 velas, una por cada desaparecido, quebrando la oscuridad. Vale apuntar un dato que no es menor: los tres actos donde estuvimos presentes fueron cerrados por poetas con sus versos referenciales a aquel 11, un hecho justo en estas  tierras de inolvidables poetas  (Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Neruda, Huidobro, Alegría).

Ese día terminó con el cansancio y la vuelta en la cálida noche santiaguina, haciendo a pie algunas cuadras como para ayudar a bajar el salmón, los mariscos y ese vino inconfundible de la tierra chilena. Mientras, conversábamos con el presidente del Partido Socialista uruguayo y senador del FA-EP ( Reynaldo  Gargano),  con el compañero Secretario General de la UGT española (Cándido Méndez), con el senador socialista y vicepresidente del PS chileno (Jaime Gazmuri). Y la política dio lugar al deporte y a las campañas de los cuatro grandes del fútbol mundial: Vélez Sarfield, Peñarol, Colo-Colo y el Real Madrid.  Antes de cerrar los ojos y entregarnos al sueño recordé cómo, treinta años antes, otro 11 de setiembre de cuando era un pibe de 12 años, estando en la plaza del barrio alguien trajo la noticia del golpe militar en Chile y de la muerte de ese presidente que era socialista, como el Viejo y el Abuelo; cómo diez años después, en alguna visita al exilio de la Tía , llegó a nuestras manos un cassette pirata con las últimas palabras de Salvador Allende en una grabación entrecortada de Radio Magallanes.

Entonces, el Compañero Presidente daba su última lección:

“Compatriotas:

Es posible que silencien las radios, y me despido de ustedes. Quizás sea
ésta la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación.

Mis palabras no tienen amargura, sino decepción y serán ellas el castigo
moral para los que han traicionado el juramento que hicieron, soldados de Chile, comandantes en jefes titulares, el Almirante Merino, que se ha autoproclamado, el general Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su solidaridad, también se ha denominado Director General de Carabineros.

Ante estos hechos sólo me cabe decirle a los trabajadores: Yo no voy a
renunciar. Colocado en un trance histórico pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente.

En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la patria,
los llamo a ustedes para que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil. Es posible que nos aplasten, pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.

Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre
tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la Ley, y así lo hizo.

Es éste el momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a
ustedes. Espero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas
rompieran su tradición, la que señaló Schneider y reafirmara el comandante
Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena conquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo, sobre todo a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina
que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños.

Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a
los que hace días están trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas de una sociedad capitalista.

Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y
su espíritu de lucha.

Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a
aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente, en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo los oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder.  Estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no
llegará a ustedes. No importa, me seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes, por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la patria.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse
arrasar ni acribillar, pero tampoco debe humillarse.

Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros
hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse.  Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no
será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

El viernes 12 comenzó con la visión de los Andes nevados desde la ventana de la habitación del hotel y  la sorpresa de las tapas de los diarios, en las que competían la foto de Lagos entrando por Morandé 80 y la del dictador Pinochet en el acto de los golpistas recordando también su 11. Los medios jugaron su juego para meter su cuña en esta sociedad que todavía no ganó el debate por la libertad.

En el camino hacia el Centro de Convenciones pude darme el gusto de caminar por el medio de la amplia Alameda hasta sentirme, casi, parte del discurso de Allende que hoy se ha hecho símbolo en su lápida-monumento, en los posters, en los libros. En el Centro de Convenciones -donde estaba invitado a participar del seminario “Salvador Allende, orgullo socialista, orgullo de Chile”, para exponer sobre concertación social, flexibilidad laboral y empleo digno-, pude conversar con la ministra de Defensa, Michelle Bachelet,  simpática ella al explicar cómo había sido su nombramiento en un cargo en el que debe lidiar nada menos que con los militares chilenos que mamaron la doctrina del golpismo. “Fue un gesto muy valiente del presidente”, dijo, a lo cual respondí que la valentía era de ella, por haber aceptarlo semejante responsabilidad.

Haberme convertido en el repartidor del periódico de la CTA me sirvió, sin proponérmelo, de carta de presentación y para explicar, en parte, cuál era nuestra postura como central sobre la flexibilización y el empleo digno. Como explicar en pocas palabras que en nuestro país la flexibilización es una constante y que el empleo digno es un hecho del pasado; que la pobreza y la desocupación son funcionales al modelo económico imperante. Que ante esa realidad debemos volcar nuestros esfuerzos en lograr una redistribución para que el 20% de la población no siga concentrando el 80% de la riqueza. En ese sentido, el seguro de empleo y formación, impulsado por la CTA, es una respuesta concreta al déficit laboral en Argentina, lo que me ayudó a sintetizar nuestra propuesta.

Antes de terminar la jornada y participar del acto de cierre en el que hablaron el secretario general del PS, Arturo Barrios -un joven de 32 años que confirma el proceso de renovación generacional del partido-, su presidente, el presidente del PT brasileño, José Genoíno, y la primera dama y senadora argentina Cristina Fernández -recibida con una ovación, quizás provocada más por su apretado pantalón rojo que por motivos políticos o ideológicos, lo que demuestra el grado de preferencias y gustos de los compañeros chilenos-, corrí a darle la última mirada al cuadro que cuelga en el salón de ingreso al palacio, una tela donde se ve a Salvador Allende saludando desde el histórico balcón y, enfrentado a él, el balcón vacío y  bombardeado. La sorpresa fue grande. Pese a todo, la memoria es más fuerte que las intenciones de borrarla, aun en este Chile.

En una próxima visita, próxima o lejana, podré comprobar la dimensión simbólica que asumirá esa puerta donde las manos anónimas ya empezaron a dejar flores, cartas, fotos, mensajes. Una de esas cartas, dirigida al “Presidente Allende”, decía -como justificación del pasado y apuesta al presente- que “el 11 de setiembre de 1973 tenía apenas 11 años y mi familia estaba feliz por el golpe militar y yo también me sentía contenta, sin entender demasiado lo que pasaba. Hoy 11 de setiembre de 2003, treinta años después y frente a Morandé 80, lugar por donde salieron tus restos, te pido perdón por la alegría que sentí en el pasado”. Firma: “Quien te admira  y piensa que el sueño aún existe”.  Otra, firmada por Juan Maino Canales, un detenido-desaparecido: “Que esta puerta no se cierre nunca”. Y otra, apenas garabateada: “Aquí estoy, junto al presidente Allende”. Las flores dejadas allí por el MIR, los GAP, los sindicatos, la  Juventud Socialista se agregan y están convirtiendo a esa calle y a esa puerta en algo así como un santuario laico.

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Octubre 12, 2003
 

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