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Antes
de ejemplificar el significado de una Epidemia sin fronteras, quiero hacer
una premisa con referencia el desarrollo de estos artículos. Deseo
compartir con el lector la necesidad de ver claramente nuestro ambiente,
nuestro país, como quienes nos circundan., este tema ha traspasado las
fronteras de continentes, las fronteras de mente y de principios y es por
eso que estamos obligados a conocer las características del sujeto como
individuo, persona o quien representa una función gobernativa.
Hoy por hoy nos
encontramos en un sistema de utilitarismo, algo que ya su definición no es tan
agradable mucho menos ser victima de dichos sujetos, por eso mismo quiero
compartir con usted, este estudio lo que se ve en todas partes, Países, (ricos
o pobres), como en las instituciones por quienes son representados
equivocadamente. En esta publicación he analizado puntos de psicología, el
derecho al desarrollo como las reglas de la “accountability”.
Psicología del
corrupto: la corrupción, compañera eterna del hombre
La idea que se
tiene generalmente de que la mayor parte de la gente es inmune a la tentación
de corruptelas y fraudes es probablemente, en opinión autorizada del experto
norteamericano Joseph Wells, Presidente de la Asociación Internacional de
Examinadores de Fraudes de los Estados Unidos, el mayor mito que pueda darse
entre los crímenes financieros. Y Donald Kressky, el notable criminólogo que a
comienzo de la década del 50 dirigió un estudio sobre la materia, entrevistando
a más de 300 condenados por fraude y estafa descubrió que casi todos los
perpetradores de fraude se encuentran enredados en una compleja maraña de
circunstancias. Todos ellos evidencian tener tres cosas en común: un motivo,
una oportunidad que la perciben como propicia, y una sorprendente habilidad
para racionalizar: el corrupto busca una explicación aceptable del hecho
delictuoso cometido, el cual es dispensado con burdas razones, y hasta con
juegos de palabras “No...No lo robé; me lo autopresté temporalmente". Esto es,
el corrupto trata de engañar a los demás comenzando por engañarse a sí mismo.
Y aún existe
para Wells un cuarto motivo, desde mi óptica particular simplemente definitivo,
y al cual me voy a referir reiteradamente en esta presentación: el corrupto y
el defraudador demuestran, también, la inconsistencia y fragilidad del sistema
de valores: individual, colectivo, social.
El Diccionario oficial viene en nuestro auxilio para refinar los conceptos de
corrupción y corrupto:
Corromper
es alterar y trastocar la forma de una cosa; corromper es echar a perder,
depravar, dañar; corromper es sobornar y cohechar al juez o a cualquier persona
con dádivas o de otra manera. Depravar, por su parte, es viciar, es adulterar.
Y a los que
pudieran argüir que ellos no llegan a la categoría de ladrones ni defraudadores
profesionales, sino que son simplemente “alegres gastadores de fondos
encomendados a su custodia”, les recordaremos que despilfarrar o malgastar
también es una forma de “corrupción”.
Se puede
corromper y hacer corrupción por comisión y también por omisión.
Y el político
prevaricador, que falta al juramento prestado ante el pueblo y ante su
conciencia;
El empresario
usurero lanzado a la obtención de dinero con despego total de cualquier norma
ética, humana o social;
El empleado y
el sindicalista que no duda de extorsionar a sus patrones -- y a sus compañeros
-- para escalar, como sea, las cuotas más elevadas de poder y de fortuna;
El banquero, que infringe sus propias políticas de análisis financiero -- de
acuerdo a las cuales debería ser prudente y refinado en sus decisiones técnicas
y financieras -- para otorgar un crédito fácil a beneficiarios irresponsables;
El clérigo, de cualquier religión, que utiliza descaradamente en propio
provecho las dádivas de sus ingenuos feligreses, infringiendo las normas de
conducta de la sociedad y las que le han sido impuestas por su Dios;
El profesional
al servicio del público, que actúa al margen de los códigos de ética de su
gremio y que obtiene su clientela por cualquier medio y a cualquier costo, que
ignora sus propias normas de calidad y que no informa cuando debe, o que
informa a medias, o que deja de informar;
Todos estos
especimenes, forman parte de la cohorte internacional de los dañados, los
perversos, los torcidos, los viciados, los adulterados.
La corrupción,
que parece ser consubstancial a la naturaleza humana, se describe y fustiga ya
en los tiempos bíblicos. Y luego también en la Roma imperial, en la que Catón
es el símbolo que la historia antigua nos ha deparado de integridad y honradez
en medio de la depravación de la Roma que se acercaba al advenimiento de Cristo
(Cesar, Cicerón, Marco Bruto). La historia posterior, hasta nuestros días,
confirma sin ambages que, en efecto, la corrupción es compañera eterna del
hombre de todas las épocas.
La corrupción
como epidemia social
El mundo ha
padecido epidemias desde la antigüedad. Y hoy en día, apreciados colegas, nos
encontramos ante una nueva epidemia sin fronteras: ni históricas, ni físicas,
ni ideológicas, ni económicas, ni sociales. Pero esta epidemia no es una que se
ensaña en las estructuras materiales del hombre sino la que, desbordando las
fronteras biológicas, ataca y destruye los fundamentos éticos del ser humano
creado, por los dioses de todas las teologías, para ser libre e inmortal.
Si bien podría
argüirse que toda epidemia, por definición, desborda los espacios geográficos,
quiero enfatizar ahora que la corrupción y el fraude, como las epidemias, no
conocen épocas, no distinguen de nacionalidades, ni de grupos étnicos, no
diferencian de puntos cardinales, no distinguen entre grados de desarrollo
social. Incluye a los pueblos itinerantes de que se ocupa la Biblia, a la
antigüedad clásica, al renacimiento. A las revoluciones sociales e industriales
de los siglos XVIII y XIX y a los imperios ideológicos del XX, hoy
estrepitosamente desacreditados y en bancarrota total.
La corrupción
no respeta los sectores económicos: comprende a las instituciones y hombres del
sector público y del mixto; y -- ¿cuándo nos vamos a ocupar de ellos, con tanta
dedicación como de los otros? -- abarca también a los hombres e instituciones
del "respetable sector privado".
La corrupción
contagia a los que adoptan las decisiones en las conferencias del Norte y a los
que siguen dialogando, sin entenderse, en las conferencias del Sur; a las
sociedades post-industriales, a las desarrolladas, a las que se encuentran en
permanente “proceso de desarrollo” – como benignamente las denominó Edhard y a
las que se quedaron en su subdesarrollo.
Un análisis
objetivo de la situación exige precisar "quien es quien" en los esquemas
de corrupción. Algo está claro: no hay "corrompidos" sin haber "corruptores". Y
es necesario añadir, además, que para la gran mayoría de los corruptores se
establece una dualidad ética entre "nosotros, los desarrollados" y
"ellos, los subdesarrollados". Los primeros están regidos por un
conjunto de reglas éticas a las que no deben acceder los segundos.
Se admiten
pues, dos códigos de ética: uno, para los que explotan en nombre de los
principios civilizadores del Occidente; y el otro, para aquéllos a quien de
hecho, se les niega lo que el eminente político y catedrático español, Gregorio
Peces Barba, denomina "un nuevo derecho fundamental": El derecho al
Desarrollo, el derecho que expresa la reclamación de los que no están
invitados, frente a los que participan en el banquete.
El pueblo
demanda información: las reglas de la "ACCOUNTABILITY"
No
será, tal vez, muy racional, pero la opinión pública asocia generalmente la
corrupción más a la gestión administrativa del Estado que al respetado sector
privado. Será porque la actividad de los políticos sale a relucir diariamente
en los medios de comunicación. Será porque lo que despilfarra el Estado, sale
de nuestros bolsillos. El hecho es que existe la conciencia en todos nuestros
países, tanto a nivel de opinión pública, como de los medios de comunicación,
sobre cómo se administran los recursos del Estado, mejor dicho, los del pueblo.
Es más que conciencia, colegas, es una obsesión.
En el fondo de
la cuestión está el concepto y la práctica de la "accountability", un
vocablo que incluyo siempre en todas mis conferencias y seminarios, añadiendo
que es de difícil traducción a los idiomas romances. (Tal vez, acotan con
evidente exageración algunos cínicos, porque los ciudadanos de tales países ni
siquiera creen en el concepto). En la definición que he ingeniado, el concepto
que encierra la palabra "accountability" es: "La obligación, legal y
ética, que tiene un gobernante de informar al gobernado sobre como ha utilizado
el dinero y otros recursos que le fueron dados por el pueblo para emplearlos en
beneficio del pueblo gobernado y no en provecho del gobernante".
Es la antítesis
de esa actitud que se observa en los cambios de gobierno de muchos países --
aún cuando sean democráticos -- y que consiste en que los nuevos padres de la
patria se frotan las manos mientras dicen: "Y ahora ... nos toca a nosotros".
Es la antítesis, en fin, de la corrupción administrativa en el manejo de los
dineros del Estado.
Una deuda de
confianza con la sociedad
En la lucha
contra la corrupción, como en la contabilidad clásica, existen, mis amigos,
bien al servicio del Estado o desempeñando sus funciones en empresas privadas
de auditoria, deudores y acreedores. Los auditores -- internos o externos,
ambos independientes -- somos miembros del primer grupo: somos deudores,
debemos a una sociedad cuyos intereses deben situarse por encima incluso del
Estado empleador y de las relaciones crematísticas con nuestros clientes. No
podemos desligarnos alegremente de las situaciones de fraude, corrupción, y
despilfarro que nos rodean atrincherándonos en viejas concepciones que
parecerían pretender, en el fondo, exonerarnos de responsabilidades cívicas y,
en opinión de la sociedad, también profesionales.
Durante
décadas, a los auditores de nuestra generación se les enseñó, de acuerdo con
los dictados de los organismos profesionales más poderosos, que si nuestro
trabajo se efectuó dentro de "procedimientos aceptados de auditoria" --
permítaseme añadir interna o externa, privada o pública -- el auditor cumplió a
cabalidad con el compromiso contraído con el cliente- Estado o la empresa.
Con toda
honestidad, no creo que las concepciones en la cuales se basa corrientemente
nuestra actuación profesional sean suficientemente convincentes, o claras, para
acallar el grito de la sociedad desde la perspectiva de lo que los anglosajones
denominan "conventional wisdom", el cuestionamiento que se basa en el
sentido común.
Tampoco creo,
colegas, que hacerse simplemente, eco de esta situación sociológica y real
debería provocar las iras de ningún miembro del "establishment" tradicional.
HONRADEZ es
SOBERANÍA
La
honestidad e integridad nacional, individual y colectiva es la piedra angular
de la soberanía de un país. Por que nuestros enemigos, colegas, no son
únicamente lo que, por encima de las necesarias relaciones comerciales
(beneficiosas para todas las partes si se basan en la equidad) pretenden sacar
ventaja injusta de nuestros recursos, de nuestros productos, de nuestra
incipiente tecnología. No, nuestros verdaderos enemigos son los sobornadores,
los defraudadores, los despilfarradores, los corruptos, tanto nacionales como
de importación.
Cuando alguien
tenga el conocimiento y el valor de describir la génesis de la deuda de los
países más pobres, tendrá que identificar el quantum de la misma que se originó
con la desvergonzada complicidad entre un par de corruptos por antonomasia:
quienes podrían ser...?
Para concluir
los invito a recordar las palabras de Simón Bolívar (1814)
“Colegas, aunque sólo sea por patriotismo, seamos honrados”.
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Octubre 12, 2003
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