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Los entresijos de la cultura ¿Cuánto cuesta un superlativo?

Favor poner en "Asunto" el título y autor del artículo

José M. Fernández Pequeño

Los pueblos adolescentes necesitan reafirmarse cada día. Es difícil encontrar a un japonés envuelto en sesuda reflexión para probar que posee una identidad cultural; nosotros, los del Caribe, echamos la vida y un poquito más en tan arduo ejercicio.

Esa búsqueda y organización de argumentos parece apuntar hacia afuera, sobre todo hacia aquellos que se levantan (en la realidad o en nuestra apreciación) como obstáculos para el total reconocimiento de lo que somos y de nuestros supuestos valores.  Lo cierto, sin embargo, es que las dudas que deseamos disipar están dentro, en una autopercepción a veces acomplejada, o en el miedo a que (allá en algún rincón de nosotros mismos) nos vayamos a creer verdaderamente inferiores.

Causas de todo esto hay muchas, todas importantes y profundas, aunque tangenciales a este comentario.  Me interesan más ahora las consecuencias. Esa manera exagerada de mirarnos constantemente, esa evaluación continua (y por lo general hiperbólica) de cuanto hacemos o nos pertenece, ese calificarnos con una vehemencia que, en sí misma, denuncia el temor a que algo no esté bien.

Tengo un gran amigo en Santiago de Cuba, un intelectual de los más completos que haya conocido: bueno para la reflexión teórica, bueno para la implementación de estrategias. Suyo es un proyecto cultural de integración caribeña que ya dura veinte años emitiendo señales desde el este cubano y que es hoy de los más prestigiosos (ay, las comparaciones) en el área. Pues, cada vez que a este amigo se le aplaudía alguna idea particularmente lúcida, él respondía:  "Es que yo soy un genio". Y cuando se percataba de la consternación general que sus palabras provocaban, agregaba: "Bueno, eso debían de decirlo ustedes, pero coño, demoran mucho". 

La Cervecería Nacional organiza su Festival Presidente de música latina, se consigue algunos conspicuos relumbrones de la  farándula musical, y no sólo llena un estadio durante tres días, sino que acapara casi todas las planas de la prensa dedicadas a lo que, eufemísticamente, llaman "espectáculos".  Y mientras, otros pobres eventos (estos sí con pretensión cultural), armados a puro esfuerzo de unos cuantos, se pierden bajo la andanada promocional (verbigracia, la Muestra de Teatro Dominicano), pasan como el hijo pobre.  Pero, cuando el Festival ya es historia, entonces viene lo peor: al parecer tan inquietos como mi amigo de marras porque demoran mucho en elogiarlos o el elogio no les parece del tamaño deseado, la Cervecería Nacional nos bombardea con una publicidad donde califica su propio festival como "el espectáculo musical más grande Latinoamérica". 

Hay mucha tierra del Río Bravo hacia abajo. Y, además, unas decenas de países donde se organizan espectáculos tan impresionantes como el carnaval del nordeste brasileño. Es probable que el publicista a cargo de ese anuncio no sepa dónde está San Andrés Isla, un pedacito de paraíso sobre el Mar Caribe, no muy lejos de la República Dominicana. Allí he visto enloquecer a miles y miles de personas dentro de un estadio durante las tres noches del Festival de la Luna Verde y al son de un grupo de reggae tan conspicuo como pudiera ser Inner Circle.

Es sólo un ejemplo entre cientos de actividades parecidas que se celebran en Latinoamérica y que quizás no se tuvieron en  cuenta a la hora de echar a volar el superlativo.  Pero nada cuesta entre nosotros compararse con ventajas o inflar un  superlativo. Al final, muchísima gente se lo cree sin tantas averiguaciones y hasta lo repite por ahí con fruición. Así somos. Nuestros pueblos del Caribe, en plena adolescencia y víctimas de historias matizadas por sombras tan imperiales como arrogantes, han generado una cultura social de la supremacía indispensable. Para ser importante, lo nuestro tiene que ser lo primero", "lo mejor", "lo único" o "lo más grande" e, indefectiblemente, deber de ser reconocido por los medios de "fuera", esto es: Por los circuitos para la promoción gobernados desde países desarrollados.

Esa actitud nos limita la capacidad para  instrumentar una acción cultural orgánica, pensada, que concuerde con nuestras reales necesidades y, por  tanto, alejada de lo estruendoso, de la gesticulación excesiva, del  ditirambo sonoro.  De ahí proviene la tragedia de nuestras fortísimas culturas populares y tradicionales, cuya eficacia y ajuste a las necesidades de sus creadores y protagonistas les otorga un fluir coherente, que en nada aspira a la supremacía y el relumbrón. Por eso cuesta tanto que los medios oficiales y sus intelectuales de cuello y corbata las reconozcan en lo que justamente valen: no se prestan a las comparaciones, no sirven para construir superlativos publicitarios. A menos que la UNESCO un día declare alguna de sus manifestaciones como patrimonio de la humanidad. Entonces, los mismos que hasta ayer les negaban todo reconocimiento y apartaban la vista con lástima  corren a fotografiarse junto a los aturdidos practicantes y, de una vez, los suman al arsenal de argumentos superlativos que en su opinión demuestran cuán fenomenales somos. 

Hace ya un medio siglo Tulio Manuel Cestero escribió: "El primero!.  Que entre intelectuales nadie se satisface en Santo Domingo sin ser el primero, empinándose arriba. ¿Los demás?. Ganimedes sirviéndole a Zeus el divinal  licor en copa de bronce". O el primero o nada. Así ocurre en nuestros países. Somos caribeños, buenos corredores de distancias cortas. Guapos, entregados, creativos para la acción que apenas dura segundos; Pero lentos, desatentos, sin empuje para lo que requiera dedicación larga y esforzada, callado trabajo que se satisface en sí mismo, construcción de una cultura en la que todos participamos y en la que cada escalón tiene un valor que hoy no podemos siquiera vislumbrar con claridad. Pero no, necesitamos el laurel de la gloria y ya, ahora mismo. Para eso no basta crear la obra: hay que compararla, ponerla en ventaja frente a las realizadas por otros, evaluarla con los mayores adjetivos que tengamos a la mano. 

Vean cómo las apreciaciones de nuestra crítica artística giran no sobre los valores del discurso específico y el mundo creativo elaborado por la obra que someten a juicio, sino sobre la oposición frente al resto de la producción nacional o internacional. Esto conduce a anomalías tales como que, por ejemplo, ser "el primero" en abordar cierto tema o asunto se constituya en un valor per se; o que por el hecho mismo de recrear algún aspecto de la historia patria o de expresar algún pensamiento noble, ya la obra tenga un merecimiento independiente de su calidad estética. De ahí proviene también el hábito de los títulos nobiliarios: "El poeta de la guerra", "El cantor de la pasión", "El novelista de los pobres", etcétera y etcétera.  Bueno, ya que los superlativos no cuestan nada y yo debo terminar, permítanme hacerlo a tono y dejar aquí esta, la mejor columna del planeta

Septiembre 10, 2001

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