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Se llamaba Federico  

Favor poner en "Asunto" el título y autor del artículo

Soledad Morillo Belloso
26 de julio de 2001

 

En realidad no importa su nombre. Era, al fin, un hombre de bien, trabajador, un venezolano decente. Uno más que fue asesinado con vileza. Uno más que hizo cierto aquello de que para morir en este país sólo hace falta estar vivo. Estar vivo, mientras nos lo permita el malandro, mientras tengamos la suerte de no atravesarnos en el camino de una bala, mientras en nuestro cuerpo no se envaine un cuchillo.

Se llamaba Federico. Era padre, esposo, hijo, amigo. Ese sábado se levantó sintiéndose vivo. No sabía que alguien decidiría que no llegaría a ver un nuevo amanecer, que esa sería su última mañana. Mientras tomaba un recién colado, admiró un pajarito que se había posado en la ventana y que le regalaba un cántico. Cuando besó a Margarita no pudo evitar asombrarse ante su natural belleza y dulzura. Se dijo a sí mismo: "tengo problemas, como todos, pero soy un hombre con suerte".

Se llamaba Federico. Era alguien que sufría del percance de ser 'buenagente' en un país donde la desidia se confunde con la negligencia, la idiotez con la imbecilidad, la trashumancia con la irresponsabilidad, el egoísmo con la mezquindad. Un país donde no hay mal gobierno. La cosa es tanto más simple: no existe gobierno. Sólo dirigentes para quienes los ciudadanos no son más que meros votos para ganar elecciones. Somos apenas un número en el Registro Electoral Permanente.

Se llamaba Federico. Yo lo conocía. Era amigo de muchos, un venezolano en ejercicio. Su muerte es inadmisible, un acto que va en contra de todas las leyes de Dios y de los Hombres. Un delito mayor, un pecado atroz. Un dolor tan inmenso que no cabe en el corazón.

En lo que va de año, el parte de esta suicida guerra no declarada, contabiliza miles como Federico. Nos estamos matando entre nosotros. Cada vez somos menos humanos. ¿Cuánto pierde un país cuando mueren sus "buenagentes"? Pierde lo que es irrecuperable, lo que no se compra en las tiendas, lo que no crece silvestre en los árboles. No hay país si no hay gente. ¿Cuántos más tienen que morir en nuestras ciudades, pueblos, barrios y calles para que la cifra no sea "estadísticamente despreciable", cuántos más para que a esta sociedad le importe? ¿Diez mil, cien mil, medio millón? ¿Cuántos?

Se llamaba Federico. Quizás para el funcionario que le tocó expedir el certificado de defunción Federico fue una estadística en un reporte de la PTJ, un número en un cuadernillo que rellena con muertos desconocidos. Pero yo quiero pensar que a ese funcionario sí le importa, sí piensa, sí siente, sí se da cuenta que algo anda mal, muy mal.  No le envidio su trabajo. El suyo es un oficio de registrar difuntos precoces. Pero a los que tienen que tomar decisiones parece que cada día les va quedando menos alma.
marsmorb857@cantv.net

Agosto 27, 2001

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