Inicio

Quienes Somos

Contactenos

Buscar Revista

Secciones

Indice Artículos

Editoriales

Enf. Latinoamérica

Gerencia En Acción

Literatura

Negocios

Mujer y Negocios

Tecno-Lógica

Naturalmente

Socio-Política

Revistas Previas

Arte

Medios Del Mundo

Tertulias

English

English Home

Contact Us

Article Archive

Political Issues

Social Issues

Economic Issues

General Articles

The Other Side

Origin

Poetry & Song

 

 

Política norteamericana e intercambio comercial hemisférico

  Roberto Palmitesta D. (1)

 

Los países del subcontinente latinoamericano, casi todos en serios problemas de déficit fiscal, inflación, desempleo y endeudamiento, buscan afanosamente un incremento del comercio exterior para tratar de reactivar sus maltrechas economías, por lo que están estudiando seriamente la nueva  potestad del presidente norteamericano para celebrar acuerdos comerciales entre gobiernos sin la aprobación previa o posterior del Congreso de ese país.  Clinton había venido proponiendo desde 1993 el sistema que él bautizó como “Fast-Track”, pero el parlamento –incluyendo legisladores de su propio partido demócrata— le había negado la aprobación de la ley correspondiente, mayormente debido a las presiones de algunos sindicatos y las ONG de tendencia ecologista, organizaciones tradicionalmente opuestas a todo lo que implique una globalización del comercio.

Pero ahora que la economía norteamericana está casi estancada, se convirtió en un tema importante en la campaña electoral para la renovación de numerosos escaños legislativos en noviembre próximo. Así, se logró finalmente –a mediados de año- el apoyo de ambas cámaras del congreso, ya que los parlamentarios no deseaban cargar con la culpa de entorpecer la reactivación de la economía. Para Bush estos comicios son vitales para tratar de recuperar la mayoría republicana en el Congreso, o al menos en el Senado, para así tener más autonomía en su gestión de gobierno, y su énfasis reciente en lo comercial se debe seguramente a que su padre perdió la reelección por una economía rezagada, aún cuando éste venía de darle al país su primera victoria militar desde la debacle de Vietnam.

En Latinoamérica, EE.UU. sigue teniendo –por haber tomado la delantera en la posguerra-- más inversiones y comercio que la Unión Europea y el polo de Asia Oriental (Japón-China-Tigres Asiáticos), pero estas dos regiones están ganando terreno rápidamente y han exhibido una mayor agresividad en los últimos años. De hecho, uno de los argumentos utilizados tanto por Clinton como por Bush para vender la propuesta de “Vía Rápida”, se basa en el contraste entre el número de acuerdos comerciales existentes en el hemisferio --una treintena-- mientras EE.UU. sólo interviene en uno de ellos con sus dos vecinos fronterizos. Como dato interesante, se han firmado  132 acuerdos tarifarios bilaterales o entre bloques en todo el mundo, lo que contrasta aún más con la débil posición estadounidense, que participa apenas en tres de ellos.

Sin embargo, sólo con el bloque que integra con Canadá y México –mejor conocido con sus siglas inglesas NAFTA-- el coloso del norte ha logrado crear casi dos millones de empleos directos e indirectos desde su implementación en 1994, mientras que sus dos socios se han beneficiado en menor proporción, aunque –no lo olvidemos- siempre a expensas de otras naciones tanto del hemisferio como de ultramar, pues México le ha quitado parte del mercado norteamericano al resto de Latinoamérica y el Caribe.  Para persuadir al congreso sobre las bondades de la “vía rápida”, Bush argumentó que sus tarifas aduaneras promedian un 2% contra cerca del 20% en el resto del continente latino, algo que le impide aumentar sus exportaciones a la región, al perder negocios con países o bloques con acuerdos arancelarios más favorables. No hay duda que la existencia de otros bloques de libre comercio, como el Mercosur, la Comunidad Andina de Naciones, el Caricom y el Mercado Común Centroamericano, afecta bastante su balanza comercial con el área al sur de México, un asunto crucial que en estos tiempos recesivos empieza a debatirse frecuentemente en la política norteamericana, donde cada dos años tiene lugar algún tipo de comicios de alcance nacional.

Todas estas apreciaciones se hacen para enfatizar la importancia que tiene para EE.UU. –y para Bush en particular— el uso apropiado de sus nuevos poderes.  Antes de tener esta autonomía, Bush había continuado la política del gobierno anterior y concretó la concesión de  preferencias tarifarias a cuatro países del bloque andino –excluyendo a Venezuela por razones ideológicas-  y a algunas naciones centroamericanas, mientras trataba de integrar a Chile en el NAFTA, única nación que cumple con ciertos requisitos del exclusivo bloque. Al mismo tiempo, ha tratado de promocionar más enérgicamente la asociación hemisférica de libre comercio, el ALCA, anunciada por su antecesor en la Cumbre de Las Américas sostenida en Miami hace unos años, pero cuya idea venía gestándose desde tiempos de F.D. Roosevelt.  No hay duda que las realidades económicas y políticas de EE.UU. pesan grandemente en la reactivación de estas iniciativas, pues los últimos informes de la Reserva Federal no fueron  halagadores, aunque Bush sigue alardeando acerca de la solidez estructural de la economía norteamericana, a pesar de la caída en la bolsa, el débil consumo de bienes y la menor construcción de viviendas.

El énfasis de Bush en estimular la debilitada economía estadounidense se ha manifestado también en la fuerte protección arancelaria que ha establecido hace poco con los rubros siderúrgicos y agrícolas, aún contraviniendo los lineamientos de la OMC , afectando su prestigio y ciertas relaciones geopolíticas, aunque haya tratado luego de suavizar el efecto de esas medidas con sus aliados más cercanos. Este arrogante pragmatismo político de Washington no es nada nuevo, pero se ha exacerbado a raíz de las dificultades  que impone su actual economía de guerra y la paranoia causada por su relativa indefensión hacia nuevos ataques terroristas. A causa de este complejo cuadro, Bush da la sensación de que trata de neutralizar su mala suerte a cómo dé lugar, como lo demuestra con su ofensiva en materia comercial y la transgresión de tratados internacionales sobre ecología y derechos humanos.

Ahora acude con ciertas muestras de desesperación al nuevo juguete que obtuvo del congreso, instrumento con el cual espera triplicar sus actuales exportaciones a la región latinoamericana en el curso de la década, sin contar con las posibilidades comerciales con naciones extra-hemisféricas. Esa proyección se lanza aún si el ALCA retardara su implementación al no tener el apoyo esperado dentro de los países latinos, o incluso dentro su propia nación. Es sabido que las violentas manifestaciones contrarias a la globalización del comercio -desde Seattle y Praga hasta Génova y Halifax— demuestran que hay cierta oposición en EE.UU. de parte de sindicatos y diversas ONG  a la internacionalización del comercio, pues subsiste la errada creencia de que la importación de productos le cuesta al país la pérdida de miles de empleos. En otras latitudes, también hay una relativa oposición desde los mismos sectores, asociados circunstancialmente a grupos izquierdistas, ecologistas y anarquistas, que condenan también los trastornos causados por el énfasis en las ganancias corporativas, por encima de problemas álgidos como el desempleo y la destrucción ambiental.

Las fallas de la globalización son denunciadas frecuentemente también en ciertos ámbitos oficiales de Latinoamérica, donde se culpa convenientemente a ese fenómeno de muchos de sus males socioeconómicos, máxime cuando abundan economías aún más estancadas que en el Norte. Según recientes indicadores macroeconómicos y de desarrollo humano publicados por la ONU, no sólo se ha registrado en los años 90 otra “década perdida” para la región, sino que la misma ha tenido un mal comienzo en el nuevo siglo, con las crisis de los países del Mercosur amenazando con extenderse al resto del área. Por esto, y al igual que en EE.UU., muchos gobiernos –apurados por su propias dificultades políticas- se preguntan si podrán reactivar sus  maltrechas economías a través de la “vía rápida” o si es preferible esperar la implementación del ALCA. Mientras tanto, se está debatiendo en la región la factibilidad de otras alternativas, como una amplia asociación netamente latinoamericana de libre comercio, o la realización de acuerdos entre los bloques existentes, sin los compromisos que exige un ente hemisférico con tanta disparidad de bienestar como un ALCA dominada por EE.UU.

Esta variedad de criterios demuestra también que los bloques actuales no han llenando las expectativas iniciales y que existe cierta confusión acerca de las bondades de nuevos bloques o acuerdos.  Por ejemplo, el gigante brasileño teme que con el ALCA su nación pierda cierta influencia en Latinoamérica, mientras México se encuentra en un dilema por sus fuertes lazos comerciales con EE.UU. dentro del NAFTA.  Por su parte, Argentina sigue culpando de su desastre financiero a factores externos y difícilmente se metería en esquemas liberales de alto costo político, especialmente con el populismo justicialista en puertas de recuperar el poder, mientras Venezuela discrepó marcadamente en Quebec del cronograma propuesto por EE.UU. para el ALCA, en línea con una anacrónica política de aislamiento que ha causado estragos en su propia economía. Otros países también tienen ciertas dudas sobre las ventajas que aportaría su membresía en dicho bloque. Ciertamente, el objetivo de integrar una asociación hemisférica al mismo estilo del mercado común europeo para el año 2005 luce poco factible en estas circunstancias y seguramente se tendrá que definir otro cronograma, máxime con la escasa competitividad de las economías latinas, que necesitan más tiempo para adecuarse a las realidades que impone una asociación  con el coloso del norte como socio principal.

En todo caso, la “vía rápida” podría adelantarse al ALCA para generar desde ahora un mayor intercambio bilateral a base mayormente de materias primas y productos agropecuarios del área latina, contra los sofisticados productos “high-tech”, alimentos procesados y servicios especializados que provienen del norte.  Se sabe que, en el caso de los productos agrícolas, Latinoamérica está en desventaja por los fuertes subsidios que recibe el agro estadounidense, los cuales hacen que su sector alimentario haya logrado conquistar casi la mitad del mercado latino en las última décadas, causando de paso un visible estancamiento de la producción agrícola local y creando una fuerte dependencia regional hacia la importación de alimentos.  Este es un tema en que convendrá tener mucho cuidado por los aspectos geopolíticos que supone la seguridad alimentaría.

El punto central de las consideraciones anteriores debe haber quedado evidente: cuando EE.UU. propone algo, no lo hace por generosidad o preocupación por nuestras naciones, sino –como es lógico-- para avanzar sus propios intereses económicos o resolver sus problemas comerciales, siempre prioritarios a la luz de las encarnizadas luchas políticas internas, especialmente en períodos gobernados por el partido republicano. Lejos están los años de la “política del buen vecino”, de la “Alianza para el Progreso” y de los “Cuerpos de paz”, iniciativas promovidas por administraciones demócratas con más empatía hacia los vecinos del sur.

Estos puntos deberían tomarse en cuenta a la hora de saltar al tren de “vía rápida” sin mucha meditación o preparación, como generalmente hacemos al quedar encandilados por la vistosa y persuasiva publicidad proveniente del norte.  Ciertamente, algunos acuerdos bilaterales pudieran ser beneficiosos, pero eso dependerá de las condiciones acordadas, los rubros afectados y la calidad de los mismos, pues no hay duda que en los países latinos se respeta poco las normas de calidad, así que las ventajas de esa modalidad comercial pueden resultar bastante asimétricas en su conjunto.

En consecuencia, el ansiado crecimiento económico de Latinoamérica va a depender más de sensatas políticas oficiales en materia financiera, industrial y monetaria, que en la constitución de cualquier bloque o la firma de acuerdos arancelarios, pues los desajustes económicos que se  experimentan actualmente tienen más que ver con los factores directos causantes de sus retrocesos, dentro de la recurrente secuencia causante de sus recientes crisis:  ineficiencia administrativa y baja recaudación tributaria, seguida por alto déficit fiscal y devaluación de moneda, que provocan alta inflación, bajo poder adquisitivo y escaso desarrollo humano. Es bien sabido que con los recursos fiscales disponibles, manejados austera y eficazmente, se pudiera empezar a reducir la pobreza y mejorar sustancialmente los servicios públicos, por lo que --más que un comercio bilateral más intenso--, nuestros países necesitan una gerencia pública más eficiente y transparente.  Algo difícil de lograr en estos tiempos de retorno al populismo en la región, en medio del fracaso relativo de tantos gobiernos supuestamente “democráticos”, más ocupados con la politiquería y las luchas por el poder que en cumplir sus funciones esenciales en materia de educación, salud, seguridad, empleo y vivienda.

Al proyectar las tendencias actuales a largo plazo, es obvio que el planeta será eventualmente un solo y competido mercado global, libre de restricciones al comercio, donde sólo contará la calidad, el precio y el servicio. De este modo se eliminarán muchas distorsiones en la producción y el comercio, lográndose finalmente mayores niveles de bienestar para las mayorías, aunque –debido al cambio que representa en esas actividades-- siempre subsistirán desajustes como ha pasado a todo lo largo de la era moderna, y en especial desde la revolución industrial. Aún así, nadie se hace muchas ilusiones con la “vía rápida”, que luce como un instrumento interesante pero de alcance temporal, por lo que su oportuno aprovechamiento dependerá esencialmente de la capacidad y sensatez de los gobiernos de la región. Sin embargo éstos se encuentran ahora demasiado sumergidos en sus complejos problemas políticos y sociales como para beneficiarse rápidamente de cualquier acuerdo bilateral con un país sumido igualmente en dificultades económicas. Esta aseveración es aún más válida en vista de la presente recesión a escala mundial, que amenaza convertirse en depresión para las economías más débiles y que no parece augurar una reactivación sustancial a corto plazo de ninguna economía del planeta, especialmente si sigue pesando un ambiente bélicista y altos precios energéticos. Todo esto da pie a ser algo escépticos de las bondades de la iniciativa de Bush, que no parece haber generado mucho entusiasmo en la región, quizás porque aparenta haber sido diseñada para avanzar sus propios intereses en medio de la dinámica circunstancial del mundo político norteamericano.

E-Mail: *

Comentarios: *

Subir

 

(1) Roberto Palmitesta D.  es ingeniero químico, educador y escritor (autor del “Manual de Economía Familiar”, Editorial Diana, 1997), siendo un colaborador frecuente de análisis geopolíticos, económicos y culturales en publicaciones impresas venezolanas, como los diarios El Globo y Tal Cual, la revista semanal  Zeta, así como las revistas electrónicas Venezuela/Colombia Analítica, El Gusano de Luz y Petróleo YV.

 

Agosto 26, 2002

 

Los artículos o contenidos de este Sito Web NO pueden ser reproducidos total o parcialmente sin previa autorización escrita del autor y/o Revistainterforum.com ® Copyright 2000-2009
Latin America Consulting & Communications LLC (LACC)

 The Contents of the site are intellectual Property of Revistainterforum.com ® Copyright 2000-2009 and or the the author.   Reproduction in part or whole of any of this material without written permission constitutes a violation of the law.
Latin America Consulting & Communications LLC (LACC)