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El fast track no es suficiente

 América Latina debe solucionar también sus problemas políticos para controlar su inestabilidad actual

Frank Privette Jr. (1)

 

En términos generales, América Latina ha experimentado mejores momentos.  Argentina lleva meses en un estado económicamente caótico, con el agravante que la opinión pública no parece apoyar ni a sus líderes ni a ciertas medidas económicas. Uruguay y Brasil temen "contagiarse" completamente del "efecto tango" argentino. Venezuela ha experimentado recientemente una situación política altamente inestable que involucró la salida temporal del presidente Hugo Chávez.  En Perú, el presidente Alejandro Toledo no parece haber podido estabilizar el sistema político que tan falto de estructura dejó una década de Fujimorismo y varios años de recesión económica. Pese a que el pueblo eligió un presidente que ha prometido lograr la paz -con mano dura- Colombia aún no da signos de lograr tan merecida meta.  Guatemala y Panamá atraviesan una seria crisis de legitimidad presidencial e institucional.  En Nicaragua han salido a la luz pública presuntas irregularidades realizadas por el ex presidente Arnoldo Alemán, que amenazan con degenerar en un enfrentamiento serio entre Alemán –actual Presidente de la Asamblea Legislativa- y el Presidente de la República Enrique Bolaños; ambos pertenecientes al mismo Partido Liberal Constitucionalista.  Costa Rica, Ecuador y otros países exportadores de café y banano han visto en los últimos años cómo sus ingresos merman por los bajos precios internacionales de estos bienes de postre.  La lista podría seguir.

Para los pesimistas, la región latinoamericana podría estar en grave peligro.  No obstante, ninguna de estas naciones ha degenerado formalmente en una dictadura, como históricamente se ha intentado sortear los problemas de muchos de los países de la región: pese a encontrarse bajo prueba, la democracia ha logrado -hasta ahora- mantenerse como sistema de gobierno en América Latina.  Y es que la mayoría los problemas sociales y económicos mencionados anteriormente tienen una solución política, tanto a lo interno de cada sistema (nuevas medidas funcionales en la era de la globalización y la competencia) como en su entorno internacional (posibles paquetes de ayuda financiera).  Se debe medir bien el sentir de la opinión pública -solucionar los problemas, legislar con claridad, combatir la corrupción- mas no caer en políticas populistas que no necesariamente significarían una solución a mediano y largo plazo -y ciertamente afectaría la relación entre los países que las aprueben y los Estados Unidos, el poder hegemónico de la región.

A lo largo de la actual administración Estados Unidos parece haber tenido fijada su atención en dos áreas distintas a nuestra zona geográfica: en lo económico, prevenir una depresión y, en lo internacional, incrementar sus esfuerzos en contra del terrorismo, últimamente lanzando advertencias a Irak.  No obstante el "alejamiento" que se ha sentido en la región de parte de la potencia, en las últimas dos semanas se dio un hecho que parece dar esperanza a la región latinoamericana.  El Congreso pasó el proyecto que le da al presidente George W. Bush una “vía rápida” para negociar tratados de libre comercio, dejándole luego al ente legislativo las opciones de aprobar o rechazar el tratado, mas no la facultad de realizar cambios.  Venderle productos a Estados Unidos por medio de tratados de libre comercio logrados gracias a esta "Trade Promotion Authority" -también conocida como fast track- puede ser vista como una atractiva medicina para la región y las relaciones Estados Unidos-América Latina.  No obstante, se debería entender que Estados Unidos históricamente no ha tenido una relación homogénea con América Latina: la relación con los países de Centroamérica y el Caribe, así como México, ha sido más directa e intervensionista que la relación que ha tenido con los países de Sudamérica.

Estados Unidos probablemente está apostando al libre comercio para ayudar a  solucionar algunos de los problemas de la región y lograr establecer la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA, fijado para el 2005).  Lo anterior teniendo en cuenta que el libre comercio por sí solo no puede sacar a estos países de su actual situación.  En este sentido, los gobiernos latinoamericanos sí deben persuadir a EE.UU. a negociar futuros tratados de libre comercio, pero también tienen que convencer a públicos cada vez más empobrecidos y pesimistas que esta solución es factible y por qué lo es. A la vez, los Estados Unidos parecen favorecer las negociaciones en bloque y en este sentido sería muy favorable que los países centroamericanos logren algún tipo de unión económica, pese al silencio histórico de Costa Rica al respecto. De hecho, el presidente Bush ha manifestado a los países centroamericanos que de negociar en tratado, el proceso sería en bloque. De saber aprovechar la coyuntura, estas naciones probablemente son las que más tienen qué ganar de una negociación de libre comercio con EE.UU.

Un posible Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y los Estados Unidos es un reto para el cual estas pequeñas naciones deben prepararse eficiente y eficazmente.  Los agricultores, industriales y comerciantes de estos países tienen que entender que, pese a que un TLC con EE.UU. significaría un amplio mercado de mucho más de 200 millones de consumidores, la potencia mundial produce, industrializa, comercializa, vende y exporta básicamente cualquier producto. Y lo hace en forma eficiente.  Ante esto los países centroamericanos deben tener imaginación, capacidad negociadora y visión sobre qué tipos de productos serían los más exitosos en aquel mercado –si los últimos años son augurio, algunos países podrían especializarse en productos de alta tecnología- para poder competir en Estados Unidos.  Un obstáculo que será un tema de negociación y controversia es que los agricultores centroamericanos no tienen los importantes subsidios gubernamentales que tienen sus contrapartes estadounidenses.  Centroamérica deberá negociar cuidadosamente estas cláusulas de protección.

Si los líderes políticos y empresariales latinoamericanos aprovechan esta oportunidad, el fast track significará ciertamente un acercamiento de la potencia a la región, muy probablemente en mayor grado para los países que conformarán el Plan Puebla Panamá y algunos países caribeños como República Dominicana.  No obstante, no se debe perder de vista el grado político de la actual situación inestable de América Latina: sus gobernantes se encuentran en una coyuntura delicada pues deberán aprobar medidas de apertura económica para incentivar la inversión, la competencia y el comercio, pero deberán de matizar estas medidas para que tengan aceptación popular.

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(1) Frank Privette es analista en CID-Gallup Latinoamérica

 

 

Agosto 26, 2002

 

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