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Reseña: La Globalización y sus descontentos

Daniel T. Griswold (1)
Director Asociado

 
Centro de Estudios de Política Comercial
 Cato Institute
Traducido por Alejandro Caballero Aste

25 de julio de 2003


U
n título más apropiado para este libro debería haber sido, Joseph Stiglitz y sus Descontentos. Lo que podría haber sido una lúcida visión de la globalización por uno de los economistas más reconocidos del país (Estados Unidos), es en cambio un mero ejercicio de ajuste de cuentas personales distorsionado por los prejuicios propios del autor y su rencor personal.

El libro es incluso más decepcionante, considerando que Joseph Stiglitz es un economista entre economistas. Ha escrito aclamados libros de texto en finanzas públicas y contribuido lo suficiente a la profesión para hacerse merecedor de un Premio Nóbel en el año 2001. Ha desempeñado posiciones claves como asesor en lo que los chinos llamarían épocas interesantes, primero como presidente del Consejo de Asesores Económicos del Presidente Clinton, y luego como economista en jefe del Banco Mundial durante la crisis financiera del Este Asiático y sus postrimerías.

El autor pregona el poder del libre comercio y los mercados para promover el crecimiento y reducir la pobreza, pero luego dedica el resto del libro a atacar el "fundamentalismo de mercado". El objeto inmediato de su descontento es con la institución hermana del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la agencia multilateral de crédito, financiada por impuestos, a la que acusa de difundir el evangelio del mercado a los países pobres y vulnerables. Su disgusto por el FMI y su personal se percibe desde el inicio del libro. En contraste con sus cuidadosos colegas en el Banco Mundial, los analistas del FMI "estudian al detalle los números en los ministerios de economía y los bancos centrales, mientras se alojan cómodamente en hoteles cinco estrellas en las ciudades capitales". Él les encuentra semejanza a los bombarderos de altura: "Desde un hotel lujoso, uno puede imponer cruelmente políticas sobre las cuales uno pensaría dos veces si conociese a las personas cuyas vidas está destruyendo".

Contrariamente al pensamiento económico desarrollado desde Adam Smith, el libro refuerza el mito de que el proteccionismo enriquece a las naciones que lo practican.

Stiglitz acusa a Occidente de manejar la agenda de la globalización, "asegurándose de recibir una tajada desproporcionada de los beneficios a expensas de las naciones en vías de desarrollo". ¿Cómo han hecho los países ricos para asegurarse esos "beneficios?" De acuerdo a Stiglitz, evitando abrir sus mercados a las exportaciones de los países pobres tales como los textiles y el azúcar, mientras que insisten en exigirles que abran sus mercados a las exportaciones del mundo desarrollado, además de subsidiar en forma permanente su agricultura mientras persisten en reclamarles a los países del Tercer Mundo que eliminen sus subsidios industriales.

Todo lo anterior es un absurdo económico. El más básico de los análisis económicos introductorios es capaz de demostrar que la imposición de barreras comerciales a las importaciones provenientes de los países pobres constituye un daño a la propia economía, no un beneficio. Los subsidios Occidentales a la agricultura, cuestan ingentes recursos a los contribuyentes y consumidores, dejando al conjunto de la sociedad en peores condiciones. Por supuesto, las barreras y subsidios establecidos por los gobiernos de los países ricos perjudican a las naciones en desarrollo, pero dañan a sus propios países aún más. Un reciente estudio del FMI encontró que la intervención agrícola le cuesta a los países desarrollados 92.000 millones de dólares en pérdidas de bienestar, en comparación con una pérdida de 8.000 millones de dólares en los países pobres. La desviación del libre comercio no le genera a Occidente "una tajada desproporcionada de los beneficios", pero de hecho una fracción desproporcionada de los costos.

Stiglitz hace eco de la tesis de Pat Buchanan acerca de que Occidente se enriqueció a través de una "protección inteligente y selectiva de algunas de sus industrias hasta que fueron lo suficientemente fuertes como para competir con las compañías extranjeras". En realidad, Estados Unidos se enriqueció a pesar del fuerte proteccionismo del siglo XIX. Una investigación hecha por Douglas Irwin de Dartmouth y otros muestra que las industrias protegidas no fueron precisamente líderes en productividad, y que el proteccionismo en realidad retardó el crecimiento al crear monopolios domésticos y elevar el costo de los bienes de capital. Al presentar el proteccionismo como un "beneficio" y un camino comprobado hacia la prosperidad, Stiglitz únicamente fomenta políticas en los países pobres que mantienen a cientos de millones de personas atrapadas en una aplastante pobreza.

Cuando no está cuestionando el libre comercio, Stiglitz se ocupa de desprestigiar el libre flujo de capitales. De acuerdo al libro, la causa de la crisis financiera del Este Asiático puede ser achacada casi por completo a un único factor: la liberalización de la cuenta de capitales. Él culpa a la liberalización promovida por el FMI de permitir que el "dinero golondrina" de corto plazo escape de los países vulnerables a la primera señal de problemas. Si los controles de capitales hubiesen sido impuestos, tal como Stiglitz recomendó en esa época, supuestamente la catástrofe se habría amortiguado o evitado completamente.

Stiglitz elogia a Malasia por haberse rehusado a las recomendaciones del FMI durante la crisis de 1997-1998 al imponer controles de capitales para detener la salida de los flujos de corto plazo. Como resultado, de acuerdo a Stiglitz, "el impacto fue menos profundo y duradero en Malasia que en cualquiera de los otros países", pero no muestra evidencia alguna para sustentar dicha afirmación. Algunas páginas después, cita cifras del PIB que muestran la aguda caída de la producción en Indonesia, Tailandia y Corea del Sur en 1998, pero extrañamente omite Malasia de la lista. En realidad, el PIB de Malasia cayó más que el de Corea en dicho año—contrayéndose 7.3% vs. 6.7%—y se recuperó con menor rapidez en 1999 y 2000, aún cuando Corea no recurrió a los controles de capitales que Stiglitz pregona.

Otro hecho crucial que es omitido es que ciertos países del Este Asiático capearon el temporal sin recurrir a los controles de capitales. El desempeño de Hong Kong no fue peor que el de Malasia, y Singapur, una Gran Estación Central de flujos de corto plazo, se desempeñó mucho mejor. Ciertamente, el grupo de países en desarrollo del Este Asiático superaron el desempeño de Malasia durante la crisis, con excepción de Tailandia e Indonesia que se vieron más dañadas. Una mirada intelectualmente honesta a los datos deja claro que los controles de capitales de Malasia no la apartaron del conjunto.

Stiglitz trata de favorecer su argumento señalando que India y China, dos países que han mantenido estrictos controles sobre el capital extranjero, casi no fueron tocados por la crisis. Incluso llega a presentar a China como una suerte de modelo, alabando el gradualismo y la naturaleza mixta de sus reformas. Esto es como argumentar que la ventaja de manejar un carruaje de caballos es evitar los accidentes a 90 kilómetros por hora en la autopista. Sí, China ha disfrutado de un espectacular crecimiento económico en las últimas dos décadas, pero el crecimiento se ha dado partiendo de una base pequeña y China hoy en día aún sigue siendo un país pobre y subdesarrollado. En otras partes del libro, cuando es conveniente para su argumento, Stiglitz señala que China, "con un ingreso per cápita de $450", sigue siendo un país en desarrollo, y que Corea del Sur fue alguna vez más pobre que India, pero ahora es un miembro de la OECD. ¿Podría ser que la relativa pobreza de China e India sean al menos parcialmente explicadas por sus mercados de capitales cerrados y sus reformas a medias? La pregunta nunca surge en el libro de Stiglitz.

De manera más amplia, Stigliz distorsiona la misma historia del "Milagro del Este Asiático". Le da el crédito por el espectacular incremento de los estándares de vida en ciertos países del Este Asiático, principalmente Japón, Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong, y Singapur, a la combinación de altas tasas de ahorro, la inversión del gobierno en la educación, y la política industrial dirigida por el Estado. Para respaldar su afirmación, cita un importante estudio, El Milagro del Este Asiático, publicado en 1993 por los buenos muchachos del Banco Mundial. Pero el estudio del Banco Mundial era mucho más cauto que Stiglitz en torno al éxito de la política industrial.

De hecho, este concluyó que tales esfuerzos en Corea del Sur y Taiwan fueron fracasos, que promovieron sectores cuyo desempeño fue peor al de aquellos sectores no asistidos. Stiglitz en ninguna parte se ocupa de explicar ¿por qué, si es cierto que la política industrial y la protección de las industrias nacientes fueron esenciales para el milagro del Este Asiático, Hong Kong prosperó sin ninguna de tales políticas?, y ¿por qué muchas otras naciones que sí las han aplicado, fracasaron en sus intentos de desarrollo?

En otro capítulo, Stiglitz dice que la difícil transición rusa post-comunista y su crisis financiera de 1998 se deben en forma casi exclusiva al FMI y a su demanda por una rápida liberalización de los mercados. Él ignora el hecho que las reformas iniciales de Rusia fueron tímidas y a medio hacer; sus sistema legal y tributario, un desastre; y sus barreras comerciales, altas. En el año 2000, cerca de una década después de la caída del comunismo, Rusia aún se ubicaba en el puesto 116 de un total de 123 países evaluados por el Informe sobre la Libertad Económica en el Mundo publicado por el Fraser Institute. En ninguna parte menciona Stiglitz el éxito económico y político de Estonia, la ex república soviética que se ha movido más rápidamente hacia la liberalización de los mercados.

Rechazar la crítica de Stiglitz al libre mercado no es defender el FMI. El FMI ha difundido políticas muy cuestionables durante años, entre ellas la imposición de mayores impuestos y de tipos de cambio ajenos al mercado. Al facilitar el rescate de los países en dificultades financieras, el FMI salva a los gobiernos de las consecuencias de sus propias políticas erradas incrementando la probabilidad de crisis futuras a través del "riesgo moral", un concepto económico clave que no es mencionado ni una sola vez en todo el libro. Pensando en ello, ¿no es algo extraño que una agencia internacional fundada por gobiernos, financiada con impuestos, y manejada por políticos, venga a ser, para Stiglitz y otros críticos de la globalización, el gran símbolo del "fundamentalismo del mercado?"

En el curso del libro, Stiglitz señala correctamente el sinsentido económico de las leyes de "comercio justo", los daños de imponer reglas rígidas de propiedad intelectual en los países menos desarrollados, y la hipocresía de Occidente al apoyar el libre comercio mientras que mantiene altas barreras en los bienes y servicios que los pobres exportan. Pero estos destellos aislados de buen juicio ni siquiera empiezan a compensar el daño realizado a la comprensión de los fenómenos económicos y al objetivo de un mundo más próspero, gracias a su constante ataque a una economía mundial más libre.


1. Esta reseña fue publicada originalmente en el Cato Journal de Invierno del 2003.

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Julio 27, 2003
 

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