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América Latina ante la nueva economía

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Mila Gascó
Referencias

Ponencia del Seminario Taller "La reinvención de la política y la ciudadanía"
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Ponencia en formato PDF 

 

Resumen: 

Nos encontramos ante un nuevo contexto cuyos atributos más sobresalientes son la información y el conocimiento, la globalización y la interconexión en redes. Esta situación exige que ningún país pueda demorar la implantación efectiva de políticas públicas integrales que faciliten la transición hacia esta nueva economía del conocimiento. No obstante, constituye una realidad el hecho de que los procesos de inserción en este contexto son intensos pero parciales, heterogéneos y desequilibrados. Por ello, el presente artículo pretende abordar específicamente en qué términos se está produciendo la transición hacia la nueva economía en los países de América Latina y el Caribe para detectar, así, los desafíos que esta integración plantea en cuanto a su desarrollo.

La nueva economía no es la que viene, es en la que estamos ya, la que se está desarrollando desigual y contradictoriamente en todas las partes del mundo y que se caracteriza por ser informacional, global y estar conectada en redes (Castells, 2000a)

Efectivamente, en primer lugar, se trata de una economía centrada en la información y el conocimiento1 , aspectos que se convierten en los factores clave de la producción, la productividad y la competitividad de todos los agentes involucrados en este nuevo paradigma (empresas pero, también, ciudades, regiones e, incluso, naciones) y, consecuentemente, en la herramienta esencial del desarrollo económico y social de nuestro mundo. Ello significa que ninguno de dichos agentes podrá incorporarse a la nueva economía sin asimilar, previamente, el sistema tecnológico de la era de la información lo que, sin implicar necesariamente la producción local de hardware tecnológico, exige la habilidad para utilizar tecnologías avanzadas de información y comunicación así como la capacidad para reorganizar la sociedad (Castells, 1998).

En segundo lugar, la nueva economía es una economía global; es decir, "cuyos componentes nucleares tienen la capacidad institucional, organizativa y tecnológica de funcionar como una unidad en tiempo real, o en un tiempo establecido, a escala planetaria" (Castells, 2000b). Una economía globalizada no necesariamente tiene que estar fuertemente internacionalizada o mundializada (Couriel, 1998). De este modo, su principal característica estriba en que muchas de las decisiones políticas o regulaciones que van a afectar decisivamente nuestras vidas se toman fuera del espacio nacional, en uno de tipo transnacional no configurado institucionalmente como espacio ni como comunidad política.

Para Estefanía (1998), entre otros autores, y en términos generales, tres son las causas que han conducido a esta nueva situación: 1) la aceleración de los ritmos de apertura económica y de los intercambios de mercancías y servicios, 2) la liberalización de los mercados de capitales que ha integrado las plazas financieras y las bolsas de valores de todo el mundo, haciéndolas interdependientes y 3) la revolución de la tecnología, la información y las comunicaciones a la que ya nos hemos referido con anterioridad.

Finalmente, esta economía informacional y global es, a su vez, una economía en red. Y es que lo más propio de la explosión tecnológica y de la digitalización electrónica se refiere a sus efectos de integración, interconexión y formación de redes que constituyen la nueva morfología social de nuestras sociedades y cuya difusión lógica modifica sustancialmente la operación y resultados de los procesos de producción, experiencia, poder y cultura desconcentrándolos geográficamente para volverlos más flexibles y adaptables a las cambiantes condiciones de la actual economía, interconectada y global.

Ante esta situación, no cabe duda de que ningún país puede demorar la implantación efectiva de políticas públicas integrales que faciliten el acceso a la nueva economía del conocimiento que describimos. No obstante, constituye una realidad el hecho de que los procesos de inserción en este contexto son intensos pero parciales, heterogéneos y desequilibrados (Bouzas y Ffrench Davis, 1998). El impacto sobre el crecimiento y la composición de la actividad económica, las características del empleo, las formas de organizar los procesos productivos, las expresiones culturales o los patrones de interacción social, por hacer referencia sólo a algunos importantes aspectos, es diferente según la región del mundo considerada. Por ello, es menester abordar específicamente en qué

 

1. América Latina y su inserción en la economía mundial

Tres son los componentes principales que han caracterizado tradicionalmente los procesos de integración en la economía mundial y que siguen siendo elementos fundamentales en la nueva economía global (Castells, 2000b; Ffrench-Davis, 1998): 1) el comercio internacional, que ha constituido la principal forma de intercambio de bienes y servicios entre economías nacionales, 2) la dimensión financiera o conexión entre las bolsas de comercio y entre los mercados de bonos y otros instrumentos financieros2 y 3) la inversión productiva o inversión extranjera directa (que, recientemente, se produce especialmente desde los países desarrollados y entre países en desarrollo).

¿Cuál es la situación de la región latinoamericana en cuanto a estos elementos?

Debemos empezar afirmando que la agenda de las políticas exteriores de estas naciones se ha caracterizado, en los últimos años, por su orientación predominantemente económica y comercial. Así, en este sentido, los intentos de integración han hecho énfasis en la intensificación del esfuerzo exportador y en la liberalización de las importaciones.

Con respecto a la primera línea de acción, y a pesar del espectacular deterioro de la participación latinoamericana en el comercio mundial3 (GRÁFICO 1), la década de 1990 ha culminado con el crecimiento más rápido del volumen de las exportaciones reales de la historia regional (8,9% entre 1990 y 1999) al que ha contribuido especialmente la notable expansión de las exportaciones mexicanas (GRÁFICO 2). Así mismo, se ha producido una importante diversificación, no obstante todavía inadecuada, tanto en términos de productos como de destinos (GRÁFICOS 3 y 4). De este modo, la dependencia estructural de los ingresos provenientes de los productos básicos y materias primas está empezando a modificarse ligeramente4. Así pues, con respecto a la reestructuración productiva, la región ha generado tres patrones básicos de especialización. El primero se distingue por el dinamismo de las exportaciones manufactureras con altos componentes de insumos importados, orientadas primordialmente hacia los Estados Unidos (este patrón es el que destaca en México, Centroamérica y algunos países del Caribe). El segundo conjuga el predominio de exportaciones primarias o industriales de uso intensivo de recursos naturales hacia fuera de la región, con un comercio intrarregional mucho más diversificado (se trata del modelo dominante en los países sudamericanos). Finalmente, en Panamá y en algunas economías pequeñas de la Cuenca del Caribe, se está empezando a consolidar la exportación de servicios financieros, turísticos y de transporte, cuya aparición tuvo lugar a mediados de los ochenta.

Gráfico 1: Participación de las diversas regiones en las exportaciones mundiales


Gráfico 2: Evolución de las exportaciones de bienes de la región
(en millones de dólares)

Gráfico 3: Exportaciones totales por grupos de productos
(en millones de dólares)

Gráfico 4: Composición de las exportaciones de ALC (excluido México) por regiones 1998

No obstante, y a pesar de que en el nuevo sistema económico mundial la participación de América Latina en el comercio internacional tiene cada vez más alta prioridad, las oportunidades que depara el futuro no están claras. La situación actual es contradictoria. En efecto, por una parte, en el seno del WTO/GATT se negocia la ampliación sucesiva del libre comercio pero, simultáneamente, los países desarrollados están provistos de un agresivo proteccionismo que afecta, fundamentalmente, a las ramas en las que América Latina y el Caribe son fuertes exportadoras.

Por citar algunos ejemplos, sobre el 34% y el 48% de las exportaciones a Japón, de Honduras, Costa Rica y Ecuador, pesan restricciones cuantitativas y derechos de temporada; entre un 61% y un 66% del valor de las exportaciones latinoamericanas de productos textiles y siderúrgicos a los Estados Unidos, está sometido a medidas no arancelarias de algún tipo; finalmente, y por lo que concierne al acceso al mercado de la Unión Europea, el 76% de las importaciones de textiles encuentran restricciones en el marco del Acuerdo Multifibras y el 56% de las de hierro y acero está sujeto a precios básicos de importación.

Por lo que respecta a las importaciones, a grandes rasgos, la apertura y el acceso renovado a la financiación externa han redundado en un crecimiento de las mismas (GRÁFICO 5). Éste se ha producido a una mayor velocidad que el de las exportaciones, lo que ha tenido como consecuencia la ampliación del déficit comercial, que ha alcanzado niveles similares a los de la década de los años 70, y el consecuente deterioro de la cuenta corriente de la balanza de pagos.

Así, sólo en la etapa de 1991 a 1996, las importaciones desde Europa incrementaron en un 130% mientras que las exportaciones a dichos mercados únicamente progresaron en un 13%. Del mismo modo, las exportaciones latinoamericanas al Este de Asia han crecido

desde 1990 a una tasa anual del 9% frente al ratio de crecimiento del 25% anual de las importaciones. Sin embargo, dado que tales déficits coinciden con ritmos de crecimiento económico dos o más puntos porcentuales inferiores a los que se registraban durante el período señalado, se trata de un hecho que puede ser considerado como una potencial amenaza. Por ello, una inserción más eficaz de la región en la economía mundial requiere corregir gradualmente estas relaciones extrarregionales asimétricas.

Gráfico 5: Evolución de las importaciones de bienes de la región

(en millones de dólares)

Si ahora nos referimos a la inversión extranjera directa, hemos de afirmar que ésta siempre ha desempeñado un papel central en el desarrollo industrial de los países de América Latina así como ha constituido una vía de acceso de la región al mercado mundial. No obstante, con el paso del tiempo, su volumen ha tendido a disminuir. Así, en el período 1970-1979, el 60% del flujo promedio anual se canalizó hacia estas economías mientras que en el quinquenio 1986-1990 dicho porcentaje bajó hasta el 34%.

Algunos de los rasgos del perfil de la inversión extranjera directa entre 1960 y 1990 se apuntan a continuación:

1) Mientras que, en los años 70, Brasil captó más de la mitad de la inversión extranjera directa que recibió América Latina, en la primera mitad de los 80, su participación cayó al 34%. México mantuvo una participación relativamente constante.

2) Después de la guerra de las Malvinas, hubo retiros de capital inglés en Argentina aunque, en términos generales, Japón y Europa ganaron terreno en el conjunto de los países. Así mismo, en Chile hicieron su aparición nuevos inversionistas como Nueva Zelanda, Arabia Saudí y Australia y, en Centroamérica, irrumpieron con fuerza los capitales coreano y taiwanés.

3) Se operó cierta pérdida de importancia relativa del sector industrial como destino de la inversión extranjera. Además, el capital invertido tuvo muy baja renovación y registró, consecuentemente, un significativo retraso tecnológico.

4) En los 80, aumentó la participación de la inversión extranjera en los servicios, entre los que destacaron el de telecomunicaciones (especialmente en Argentina, Chile, México y Venezuela) y el de transporte aéreo.

5) Para atraer capitales extranjeros los medios más frecuentemente utilizados fueron la liberalización de las políticas comerciales y de inversión extranjera, la privatización de empresas públicas y la conversión de deuda externa en capital.

Como en el caso de las exportaciones, en la década de los 90 se ha experimentado un auge en la inversión extranjera directa (GRÁFICO 6), resultado de las políticas iniciadas en los años anteriores y de nuevos impulsos entre los que cabe destacar la desregulación de sectores de uso intensivo de recursos naturales, el aprovechamiento de acuerdos de libre comercio o de preferencias comerciales otorgadas por países o regiones más industrializadas o la reestructuración de los sectores productivos anteriormente señalada. Sin embargo, a grandes rasgos, el mencionado aumento de esta variable no se ha traducido totalmente en la ampliación de la capacidad productiva de la región sino en un crecimiento acelerado de la participación de las empresas extranjeras en la producción y las ventas como consecuencia de las numerosas fusiones y adquisiciones, por un lado, y privatizaciones, por el otro, que han tenido lugar. Ello revela que todavía existen obstáculos institucionales, tales como la inestabilidad política que transmite a los mercados internacionales incertidumbres y desconfianzas, que frenan los flujos de inversión internacional orientados a la creación de nuevos activos (Yáñez, 2000).

Gráfico 6: Inversión extranjera directa en América Latina y Caribe (en millones de dólares)

Finalmente, otros indicadores de interés que podríamos repasar brevemente, los encontramos al abordar la situación financiera de los países de la región. En este ámbito, más que en ningún otro y especialmente durante la última década, se ha puesto de manifiesto la alta volatilidad de los mercados financieros latinoamericanos así como la vulnerabilidad de la región frente a los acontecimientos internacionales, consecuencia de la fuerte interdependencia global existente entre dichos mercados. De este modo, son varios los autores que ya se han referido al contagio que sufrieron los países latinoamericanos y del Caribe en su conjunto, a pesar de los buenos resultados macroeconómicos que mostraba la región a mediados de 1997, de las crisis cambiarias que asolaron al Asia oriental y que, posteriormente, provocaron una crisis financiera mundial. Así lo muestra, por ejemplo, la evolución de las emisiones internacionales de bonos (GRÁFICO 7) o de acciones, la de las transferencias netas de recursos5 (GRÁFICO 8 y CUADRO 1) o la de la deuda externa (GRÁFICOS 9 y 10).

Gráfico 7: Emisiones internacionales de bonos (en millones de dólares)

Gráfico 8: Transferencias netas de recursos (en millones de dólares)

Cuadro 1: Ingreso neto de capitales y transferencias netas de recursos (en miles de millones de dólares y porcentajes)

 

 Ingresos netos de capitales

Pagos netos de utilidades e intereses

 Transferencias netas de recursos

 Exportaciones de bienes y servicios

 Transf.
netas de recursos 
como % 
de las exportac.
en bienes y servicios
 

 

Autónomos

(1)

No autónomos(2)

Total

(3)

(4)

(5) = (3) – (4)

(6)

(7) = (5) / (6)

1980

29.2

1.7

30.9

18.9

12.0

106.9

11.2

1981

38.4

1.8

40.2

29.1

11.1

115.6

9.6

1982

3.3

17.2

20.5

38.9

-18.4

105.2

-17.5

1983

-22.1

30.1

8.0

34.5

-26.5

105.4

-25.1

1984

-10.6

23.9

13.3

37.5

-24.2

117.5

-20.6

1985

-16.0

20.3

4.3

35.5

-31.2

112.8

-27.7

1986

-12.1

21.8

9.7

32.7

-23.0

99.2

-23.1

1987

-13.7

26.5

12.8

30.9

-18.1

113.3

-16.0

1988

-19.4

22.8

3.4

34.6

-31.2

130.6

-23.9

1989

-19.7

29.3

9.6

39.1

-29.5

145.8

-20.2

1990

-7.3

24.3

17.0

34.4

-17.4

161.4

-10.8

1991

23.0

12.8

35.8

31.6

4.2

164.0

2.6

1992

49.1

7.8

56.9

30.4

26.5

177.6

14.9

1993

61.3

4.9

66.2

34.7

31.5

194.1

16.2

1994

42.3

4.4

46.7

36.6

10.1

223.3

4.5

1995

30.2

30.0

60.2

40.9

19.4

266.0

7.3

1996

66.8

-1.4

65.4

42.8

22.7

294.3

7.7

1997

84.6

-4.0

80.6

48.2

32.3

326.7

9.9

1998

69.5

8.9

78.4

51.2

27.2

326.1

8.3

1999

40.4

6.6

47.0

53.1

-6.0

342.1

-1.8

No podemos olvidar que la región ha estado recuperándose de la llamada década pérdida a lo largo de los años noventa. Ello significa que, cuando se produce la crisis asiática, y a pesar de los progresivos buenos resultados obtenidos durante dicho período, América Latina se encuentra, todavía, en un estado de debilidad que acentúa las negativas ondas expansivas del fenómeno, desencadenando recesiones en prácticamente todos los países6 y una desalentadora entrada en el nuevo siglo. Así, el Estudio Económico de América Latina y el Caribe 1998-1999 (CEPAL, 1999) constata que, junto a la necesaria reforma de la arquitectura financiera internacional7 , las enseñanzas que el proceso ha dejado hacen referencia a la conveniencia de analizar las políticas macroeconómicas adoptadas con anterioridad a la crisis, de mantener una supervisión prudencial estricta sobre los sistemas bancario y financiero y de seguir fomentando la diversificación de las exportaciones. Dichos planteamientos han sido también propuestos por Ffrench-Davis (1998).

Gráfico 9: Incrementos porcentuales de la deuda externa 1980-1998

Gráfico 10: Evolución de la deuda externa en regiones de ingreso bajo o medio (en millones de dólares)

2. América Latina y su inserción en la sociedad de la información y el conocimiento

"Hacia el final del segundo milenio de la era cristiana, varios acontecimientos de trascendencia histórica han transformado el paisaje social de la vida humana. Una revolución tecnológica, centrada en torno a las tecnologías de la información, empezó a reconfigurar la base material de la sociedad a un ritmo acelerado. Las economías de el mundo se han hecho interdependientes a escala global, introduciendo una nueva forma de relación entre economía, Estado y sociedad" (Castells, 2000b).

No cabe duda de que las tecnologías de la información y el conocimiento cumplen un papel protagónico en el proceso de globalización de la economía y, en general, en el rápido crecimiento de lo que hemos designado como nueva economía. Por ello, en su proceso de transición hacia la sociedad de la información y el conocimiento, el primer desafío al que deben enfrentarse las naciones latinoamericanas es el de lograr una difusión rápida, simultáneamente eficiente y equitativa, de las tecnologías de la información y el conocimiento (en adelante, TICs) en sus economías (CEPAL, 2000b).

Así pues, ¿Cómo y en qué contexto están iniciando dicha transición las sociedades de la región?

En términos generales, podemos admitir que la explosión mundial del mercado de las nuevas tecnologías, con las llamadas infraestructuras globales de la información y las transformaciones que la nueva economía comporta para las estructuras productivas y organizacionales mundiales, es consecuencia de la dinámica evolutiva del mundo desarrollado. Este flujo del centro hacia la periferia determina un punto de partida desigual que se refleja tanto en la brecha existente en la infraestructura de telecomunicaciones necesaria para acceder a las redes de información y a los nuevos mercados, como en las instituciones y capacidades colectivas para convertir esta diferencia en una oportunidad para el desarrollo.

Son varios los factores que influyen en la expansión de las tecnologías de la información (aparte del tamaño y renta de la población). Los indicadores entregados por el World Times Information Society Index8 engloban de forma bastante comprehensiva distintas magnitudes para evaluar el nivel de integración a la sociedad de la información tomando en consideración dimensiones como la infraestructura informacional9, la infraestructura computacional10 y, finalmente, la infraestructura social de la información11. Según esta medición de carácter prospectivo (1995-2002), los países latinoamericanos ocupan posiciones de la mitad hacia abajo demostrándose, además, para los países mejor situados dentro de la región, una tendencia a descender posiciones en un futuro a corto plazo (como son los casos de Argentina o Chile).

Si empezamos a concretar un poco más, en primer lugar, se estima que la región latinoamericana demorará entre quince y veinte años para converger en materia de líneas telefónicas, base de la infraestructura de comunicaciones, con el nivel inferior de los países industrializados. La evidencia empírica demuestra que, aún cuando la velocidad de crecimiento de la red de telecomunicaciones es bastante pronunciada, la brecha en el abastecimiento telecomunicacional es un factor determinante de atraso y, por tanto, un desafío para la región (GRÁFICO 11).

Las diferencias intrarregionales son fundamentales si lo que se pretende es avanzar hacia estrategias nacionales capaces de identificar las debilidades específicas de cada realidad país. Así, según los datos estimados por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT, 2000), los países latinoamericanos que más se acercan a los niveles de Estados Unidos (66,10 líneas telefónicas por cada cien habitantes) son Uruguay con un ratio de no más de 27 líneas telefónicas por cada cien habitantes, Costa Rica y Argentina con veinte sobre cien. En el otro extremo, Haití no llega a abastecer ni en una línea telefónica a cien de sus habitantes mientras que Nicaragua y Honduras no disponen de más de cinco líneas para el mismo número de personas (GRÁFICO 12).

Gráfico 11: Líneas telefónicas por cada 1.000 habitantes

Gráfico 12: Líneas telefónicas por cada 100 habitantes: Comparación intrarregional

A pesar de que el acceso a las infraestructuras globales de la información aparece como necesario para el desarrollo tecnológico de la región, no es suficiente para la total incorporación de los países latinoamericanos y caribeños a la sociedad del conocimiento, tal y como indican los datos ofrecidos en Knowledge Societies. Así, por ejemplo, en el trabajo de Robin Mansell y Uta Wehn (1998) se destaca el hecho de que Brasil, incluso en el ya lejano 1965, contaba con más líneas telefónicas por cada cien habitantes que la República de Corea o Taiwán. Sin embargo, en la actualidad, estos países han cuadruplicado e, incluso, quintuplicado sus instalaciones en comparación con el país considerado. No sólo eso. En el resto de áreas asociadas a las TICs y a sus aplicaciones, los tigres asiáticos superan a toda la región latinoamericana.En segundo lugar, sin duda alguna, la demanda de ordenadores personales ha aumentado en los últimos años debido a la disminución de sus precios y del crecimiento económico de la región. Aún así, la brecha que separa a los países de Latinoamérica y el Caribe de las naciones más desarrolladas de la OCDE sigue siendo elevada (GRÁFICO 13).

Gráfico 13: Ordenadores personales por cada 1.000 habitantes

Pese a todo, este período de fuerte expansión en lo referente a infraestructuras computacionales ha dado como resultado un importante crecimiento en la demanda de servicios tales como el acceso a Internet o el comercio electrónico. De este modo, los datos ofrecidos por la ITU estiman que, en 1999, el número de ordenadores conectados a Internet en la región aumentó con más rapidez que en cualquier otro lugar del mundo, multiplicándose el número de usuarios de la red por catorce veces durante el período comprendido entre 1995 y 1999 (GRÁFICO 14).

Gráfico 14: Crecimiento del número de usuarios de Internet 1999

Así mismo, el informe de IDC pronostica que serán 29,6 millones de personas los que accedan a Internet en el año 2003. Jupiter Comunications es, incluso, más optimista en su previsión puesto que presume que el número de usuarios latinoamericanos para el mismo año puede llegar a los 38 millones. Este espectacular incremento puede explicarse en base a tres factores:

1) La reducción progresiva de los costos de acceso a Internet (que ha sido, así mismo, facilitada por el mayor acceso al cable de los hogares, por las iniciativas surgidas para superar la incapacidad de amplios sectores de la población para costear un servicio a la red mediante la instalación de terminales de Internet en lugares públicos o mediante la puesta en marcha de cibercafés y por la liberalización de la importación de equipos electrónicos12).

2) La emergencia de estrategias de comercialización innovadoras cada vez más atractivas (puesto que hay que considerar que la tendencia general apreciada en América Latina y Caribe es que la amplia mayoría de páginas web son establecidas y gestionadas para los negocios13 ).

3) El aumento de la presencia del español en la red.

De manera más crítica, y volviendo a continuación nuestra mirada a los indicadores relativos a las capacidades e instituciones necesarias para llevar a cabo una estrategia de desarrollo sobre la base del conocimiento, comprobamos que el continente manifiesta debilidades que van agrandándose de manera proporcional al nivel de incremento de las exigencias inherentes a la velocidad y la adaptabilidad ante el cambio. Así, por ejemplo,

su población activa no supera, en promedio, el nivel de la enseñanza primaria (apenas posee una media de 5,4 años de escolarización), la misma que tenían Hong Kong, Taiwán, Corea y Singapur hace treinta años.

En la misma línea, en cuanto a la educación superior, ésta continúa ofreciendo una cobertura restringida a pesar de la expansión experimentada en las últimas cuatro décadas. Si, además, tomamos en consideración las magnitudes que se utilizan hasta el momento para medir las habilidades, hallamos que mientras en la América desarrollada el ratio de licenciados en ramas de ingeniería, informática y matemáticas es de 815 por cada millón de habitantes, en América Latina (sin considerar los países del Caribe), no supera los 227. Del mismo modo, el examen de otras variables propuestas por José Joaquín Brunner (1999), como la participación de la región en el mercado tecnológico mundial (que supone menos de un 2% frente al 43,5% norteamericano o el 23,7% de los países del Asia y el Pacífico), el porcentaje de gasto público que el total de América Latina destina a I+D (inferior al 2% del gasto total mundial) o la aportación a nivel mundial de autores científicos o de patentes registradas, muestra el crecimiento de la mencionada brecha.

Finalmente, en este segundo apartado, creemos interesante terminar haciendo referencia a un reciente informe (agosto de 2000) elaborado por McConnell International que determina el estado de e-preparación (en inglés, e-readiness) de 42 economías; es decir, su capacidad para participar en la economía digital global. Los atributos utilizados para realizar la medición son:

1) Conectividad (¿Son las redes fáciles de acceder y utilizar y están dentro de la capacidad de pago del usuario?).

2) E-liderazgo (¿Es la e-preparación una prioridad nacional?).

3) seguridad de la información (¿Puede confiarse en el procesamiento y almacenamiento de la información que pasa por la red?).

4) Capital humano (¿Están disponibles las personas más indicadas para apoyar los e-negocios y construir una sociedad basada en los conocimientos?).

5) Ambiente del e-negocios (¿Cuán fácil resulta realizar e-negocios hoy día?).

Así, según dicho informe, los países analizados integrantes de la región latinoamericana obtendrían las siguientes calificaciones:

Cuadro 2: Estado de e-preparación para América Latina y Caribe

País

Conectividad

E-liderazgo

Seguridad de la información

Capital humano

Ambiente del e-negocios

Argentina

       B ­

       B

       B

B

       B ­

Brasil

       B

       B ­

       B

B

       C ­

Chile

       B ­

       B

       B ­

B

       B ­

Costa Rica

       B

       B ­

       C ­

A

       A

Ecuador

       C

       C

       C

C

       C ­

México

       C ­

       B

       B ­

B

       B

Perú

       C

       B ­

       B

C

       B

Venezuela

       C ­

       C ­

       C ­

B

       C ­

Fuente: http://www.mcconnellinternational.com/ereadiness/ereadiness.pdf.

Leyenda:
A-
Indica que la mayoría de las condiciones son propicias para la realización de los negocios electrónicos y de proceso de gobierno electrónico.
B-
Indica la necesidad de mejoras en las condiciones necesarias para apoyar los negocios electrónicos y el proceso de gobierno electrónico.
C-
Indica la necesidad de mejoras sustanciales en las condiciones necesarias para apoyar los negocios electrónicos y el proceso de gobierno electrónico.
­ Indica una mejora relativa en comparación con períodos de tiempo anteriores.
¯ Indica un empeoramiento relativo en comparación con períodos de tiempo anteriores.

Como se observa, en términos generales, y teniendo en cuenta que, en su conjunto, los países presentan perspectivas de futuro favorables, es importante proceder con cautela a la hora de precipitar conclusiones particularmente debido a lo inadecuado de las mejoras realizadas en términos de las garantías de la seguridad de la información. De este modo, si bien la sólida situación del capital humano y el perfeccionamiento del e-liderazgo revelan una base favorable para el progreso, los bajos niveles de conectividad y la falta de incentivos para las inversiones también requieren atención.

Una vez más, al examinar el CUADRO 2, notamos las diferencias intrarregionales. En este sentido, y por poner un ejemplo, encontramos a Costa Rica como el país más preparado en cuanto a su inserción en la sociedad de la información (con condiciones muy propicias en lo que se refiere al capital humano y al ambiente de e-negocios) o a Ecuador como nación que todavía no parece haber realizado ningún progreso en los ámbitos analizados.

3. Retos y oportunidades: América Latina ante el siglo XXI

La nueva economía plantea interrogantes fundamentales de cuya resolución dependen el desarrollo y la integración latinoamericanas. Para Ferrer (1999), de hecho, la respuesta al dilema del desarrollo en un mundo global, interrelacionado, y cuyos aspectos clave son la información y el conocimiento, constituye el primer desafío al que deben dar respuesta las políticas públicas de los países de la región.

Para nosotros, la inserción de los países latinoamericanos en la nueva economía debe considerar tres aspectos clave.

En primer lugar, dada la complejidad de los factores que influyen en la calidad de las respuestas a los retos que plantea el nuevo contexto, el diseño de intervenciones por parte de los gobiernos excede las posibilidades de una aproximación economicista. En este sentido, las políticas que deben aplicarse para la consecución de un desarrollo humano integral y sostenible, deben superar los límites de la política económica en sentido estricto.

En segundo lugar, no se debe olvidar que, para que este proceso sea efectivo, debe producirse endógenamente (Ferrer, 1998). Así, las reformas institucionales, la transformación de la producción, la reducción de los costos de transacción, las interacciones eficaces entre las esferas privada y pública, los lazos entre la producción y los sistemas nacionales de ciencia y tecnología, la acumulación de conocimientos y habilidades en la fuerza de trabajo, los aumentos incrementales de la productividad impulsados por la inversión de capital o la incorporación del progreso técnico son sólo algunas de los cuestiones que deben priorizarse en una agenda de políticas públicas integrales que subraye la dimensión endógena del desarrollo.

Finalmente, debemos subrayar que, para nosotros, el desafío impuesto por la era de la información debe ser examinado desde el paradigma integral del desarrollo humano14 ; es decir, consideramos que los beneficios proporcionados por el aumento de la información y el conocimiento deben, evaluarse en función de sus consecuencias sobre la capacidad de las personas para vivir de aquella forma que tienen razones para valorar (Sen, 2000). Así, para nosotros, el aumento de la información y el conocimiento puede expandir las capacidades y la libertad de las personas de una comunidad, creando nuevas y mayores oportunidades sociales, facilidades económicas y libertades políticas.

Efectivamente, las oportunidades sociales pueden aumentar a medida que el acceso generalizado a las tecnologías de la información y el conocimiento se traduce en nuevas alternativas educativas, consumidores más responsables, informados, o un acceso más rápido y sencillo a consultas en materia de salud e higiene, por nombrar algunos ejemplos. Del mismo modo, las facilidades económicas se amplían, fruto de los incrementos en la eficiencia derivados de la mejora en la captación, procesamiento y difusión de la información y el conocimiento. Por último, las libertades políticas también se ven reforzadas en el nuevo contexto que permite un mayor conocimiento de las políticas y los procesos públicos de toma de decisiones, mayor eficiencia y eficacia administrativa, más oportunidades para fomentar la transparencia o la libre y plural expresión de las preferencias ciudadanas.

No obstante, y a pesar de estar de acuerdo en que la incorporación de las tecnologías de la información y la comunicación a todos los ámbitos de la vida económica, social y política representa una oportunidad real para que los países de la región se incorporen a la nueva economía y aceleren su desarrollo, hemos de admitir que esta oportunidad no es mayor que la amenaza de que muchas de esas naciones vean incrementada su brecha de desarrollo. De hecho, las tecnologías sólo pueden producir ganancias radicales de desarrollo si van acompañadas de las transformaciones sociales, económicas, educativas, regulatorias y hasta políticas que posibiliten el acceso y uso efectivo de dichas tecnologías.

En realidad, que un país pueda construir una economía y una sociedad basada en las TICs depende, en gran medida, de su capacidad para superar las mismas barreras que han producido su falta de desarrollo. ¿Cuál es el estado de su sistema educativo? ¿Cómo están regulados los costos de las telecomunicaciones? ¿Existe una red de transporte confiable? ¿Existen fuentes de financiamiento para las pequeñas y medianas empresas? ¿Existe una tradición emprendedora? ¿Qué clase de derechos de propiedad intelectual está vigente? ¿Qué redes de datos hay? ¿Existe competencia entre los proveedores de Internet? Y más cuestiones de este orden (Kirkman, 1999).

Si la presentada es nuestra propuesta de marco de actuación de los Estados y de los diferentes niveles gubernamentales, a partir de la misma, ¿Qué acciones pueden empezar a tomarse para facilitar el paso de las sociedades latinoamericanas a la nueva economía?

Desde nuestro punto de vista, una primera opción hace referencia a la profundización de la integración regional por vía de la vinculación de los espacios subregionales como premisa y punto de partida para plantear un nuevo tipo de relaciones con otras regiones. Aunque la región todavía no opera en la escena internacional como una entidad, dados los diversos intereses entre los distintos países, no cabe duda de que los principales avances del proceso de globalización de América Latina y el Caribe resultarán de la dinámica de los acuerdos subregionales, bilaterales y multilaterales. La década de 1990 ya ha registrado avances significativos de cooperación e, incluso, de acción conjunta. La propia existencia de MERCOSUR señala pasos importantes en la unidad de acción y no sólo en la unidad retórica como en el pasado (Devlin y Ffrench-Davis, 1998; Couriel, 1998). Pero nuevas formas de unidad y cooperación son imprescindibles para que la región adquiera un mayor protagonismo en el escenario internacional. En definitiva, en un mundo de bloques internacionales, la convergencia constituye un importante reto en cuanto permite fortalecer la capacidad de interlocución de América Latina y el Caribe frente a otras agrupaciones de países.

Así mismo, el establecimiento de alianzas con los Estados Unidos, con la Unión Europea y con el sudeste asiático puede vislumbrarse como una segunda acción estratégica que facilite la inserción de América Latina en la economía global. De este modo, la creación de mecanismos que fortalezcan y consoliden las relaciones hemisféricas15, la promoción de una articulación privilegiada con la Unión Europea como una manera de equilibrar y ampliar sus vínculos con los grandes centros de poder económico y político16 y la profundización de los nexos económicos con Asia del Pacífico y otras regiones con las cuales tradicionalmente ha existido una mayor lejanía17 son alternativas que los países latinoamericanos deben considerar.

Ya hemos establecido en las secciones anteriores que las nuevas formas de globalización pasan, así mismo, por los niveles tecnológicos, de las comunicaciones y financieros. Hemos constatado que hay una impresionante velocidad de innovación tecnológica que penetra permanentemente en la producción de bienes y servicios y ante la cual los países de la región no pueden adoptar una actitud pasiva. Es imprescindible que el Estado aporte la infraestructura científica y tecnológica necesaria para la elección de tecnologías, para su adaptación y para crear la capacidad propia de generar nuevas tecnologías (CEPAL, 2000; Couriel, 1998).

No obstante, la instalación de nuevas líneas telefónicas, el abaratamiento de los costes de acceso a Internet o la privatización de algunos servicios del ámbito de las telecomunicaciones18 , aunque necesario, no es suficiente. Gobernar la globalización de las comunicaciones implica, también, la intervención del Estado para asegurar una competencia real. Se requiere de una modernización tecnológica del sector y sólo la profundización de la competencia puede cumplir un papel crucial en ese sentido.

La modernización del sector de las telecomunicaciones debe ir acompañada de la ampliación del acceso a Internet. Aunque ya hemos observado a partir de los gráficos pertinentes que la cantidad de usuarios se ha incrementado rápidamente, los servicios de la red todavía están disponibles sólo para las clases sociales media y alta. Los gobiernos y el sector privado deben trabajar juntos en este sentido para hacer posible el acceso a Internet a un mayor número de latinoamericanos. El establecimiento de terminales en lugares públicos y centros comunitarios, la conexión a la red de escuelas primarias y secundarias o la interconexión de bibliotecas son algunos ejemplos pioneros de iniciativas que ya han empezado a ser implantadas por los países19.

Otro campo de enorme atractivo y en el que las cifras han revelado que América Latina necesita ponerse al día es el del comercio electrónico, especialmente si las intervenciones en esta materia forman parte de una estrategia integral de información que asegure que todo el mundo participa y se beneficia de la economía digital. Sin embargo, la región afronta importantes desafíos en este terreno. Así, entre otras cuestiones, se hace imprescindible superar la negativa percepción de los consumidores acerca de la seguridad de las transacciones, desarrollar métodos de pago fiables, redes de distribución, entrega rápidas o ampliar la oferta de productos disponibles a través de las páginas web.

Lógicamente, un elemento clave en el desarrollo de estas opciones estratégicas es el fortalecimiento de la plataforma jurídico-legal en el que se asienta el sistema. En efecto, la mayor difusión de Internet en la región, desde nuestra perspectiva, pasa por abordar ciertas cuestiones políticas y de reglamentación. El informe de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (2000) "Indicadores de Telecomunicaciones de las Américas 2000" lo expone muy acertadamente: "La mundialización y la interdependencia están llevando a un lento pero firme proceso de armonización internacional de los marcos jurídicos que rigen las actividades económicas en todos los países del mundo. El desarrollo de los órganos de reglamentación de las telecomunicaciones en América refleja las tendencias asociadas a la reestructuración de las economías nacionales y las reformas institucionales, en particular en el sector de las telecomunicaciones. Las reformas económicas generales y por sector, han necesitado modificaciones sustanciales de la legislación nacional. Sin una legislación apropiada, las actividades de reforma carecen de la legitimidad y de la estabilidad requeridas para prosperar".

No queremos acabar nuestra exposición sin hacer referencia a una cuestión sin la cual creemos que el paso a la nueva economía de los países latinoamericanos no será eficaz. Somos de la opinión de que, si realmente se quieren aprovechar las ventajas de las políticas aquí sugeridas y conseguir, así, el desarrollo endógeno de la región que mencionábamos con anterioridad, es ineludible desarrollar paralelamente las capacidades sociales de creación, uso y circulación de conocimiento que poseen los países. Así, no sólo se debe avanzar en el frente de la investigación y desarrollo y difusión de tecnología sino que es imperioso definir un nuevo modelo educativo que aumente los componentes o la inversión en conocimientos necesarios para desempeñar las actividades de creciente complejidad y sofisticación que son propias de la nueva economía. Efectivamente, además de la creación de un sector productivo basado en la ciencia y la tecnología, la transición a la nueva economía requiere un esfuerzo importante de capacitación y formación individual de trabajadores, empresarios y consumidores con el objetivo de que sean las propias naciones las que lideren sus respectivos procesos de desarrollo sostenible.

En definitiva, América Latina tiene que tomar conciencia de la necesidad de integrar sus políticas de inserción en la economía global y sus políticas de incorporación progresiva a la sociedad de la información y el conocimiento. Como hemos querido exponer a lo largo de este documento, ambos tipos de intervenciones no son sino las dos caras de una misma moneda. Hasta el momento muchos países de la región no parecen haberlo entendido así. Si quieren enfrentar positivamente estos desafíos de la institucionalización y la sociedad de la información deberán superar los planteamientos puramente económicos y tecnológicos y formular políticas integrales de transición a la nueva economía.

Artículo publicado por el INSTITUTO INTERNACIONAL DE GOBERNABILIDAD, en la
revista trimestral Instituciones y Desarrollo (mayo de 2001), para el
proyecto LAGNIKS, patrocinado por el PNUD y la Generalitat de Catalunya
(Gobierno Autónomo Catalán).
http://www.iigov.org/iigov/pnud/bibliote/revista/revista8_9/docs/revis8_13.htm

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INTER-FORUM es miembro del Consorcio Internacional de Publicaciones Académicas Alternativas (ICAAP)

Julio 9, 2001

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