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El último presidente de la era americana

[Joaquín Roy] (1)


Tiene su cierto simbolismo: Reagan ha muerto justo unas horas antes del 60 aniversario del día D, mientras George W. Bush deambula por Europa entre manifestaciones, medidas de seguridad estrictas, reprimenda papal, y ruegos mendicantes a los antiguos aliados para enmendar los enredos causados por Irak. Todo coadyuva para que la personalidad de Reagan crezca y se eleve por encima de la mediocridad, la mentira y la generación de odio y nerviosismo en el resto del mundo hacia los Estados Unidos. Curiosamente, fallecido, se le recordará con nostalgia, incluso por los que en su mandato se le opusieron y le criticaron. Esta aparente contradicción tiene su explicación.

Ronald Reagan, actor segundón y mediano gobernador de uno de los Estados más importantes, fue el último presidente de los Estados Unidos en el siglo americano por excelencia. Por decirlo de otra manera, a la francesa, cuando el país era comme il faut. Precisamente, su presidencia llevó hasta el último límite todas las características y señas de identidad que convirtieron a los Estados Unidos en lo que George W. Bush recibió en bandeja, que su padre solamente sirvió de intermediario, y que Clinton se resistió a sublimar: la única superpotencia militar del planeta.

Pero el sistema que Reagan presidió y que supo traducir, como quizá nadie mejor que Franklin Delano Roosevelt, se agotó precisamente con el final de la Guerra Fría, que magistralmente provocó arrinconando hacia las cuerdas a una Unión Soviética exhausta por una carrera armamentista y debilitada por la perestroika de Gorbachov. Si Roosevelt apostó por la derrota del fascismo y el nazismo como enemigos naturales de la democracia liberal, Reagan fue el artífice que equiparó la identidad nacional a la derrota de los restos del totalitarismo de Moscú.

Si en su momento irritó a la izquierda de América Latina y Europa, su cierto pragmatismo le permitió entenderse no solamente con sus afines políticos, como Margaret Thatcher, sino también respetar y usar conveniente a jóvenes políticos como Felipe González. En lugar de sembrar la semilla de una revancha rusa, larvada durante décadas, como la que se produjo en Europa tras el Tratado de Versalles que catapultó a Hitler pocos años después y lanzó a la humanidad a una guerra suicida y total, Reagan supo preparar el camino para que los antiguos enemigos se puedan convertir hoy en los mejores aliados, o por lo menos no en fuente de incordio.

Aunque su discurso fuera superficial, de frases cortas y populistas, se debe reconocer que se le recordará por un buen sentido del humor, una sonrisa que nunca se veía como artificial, y una cierta humanidad comprensible. Y, en todo momento, uno tenía la impresión de que le sentaba muy bien el traje de hombre de Estado. Quizá ése fuera el detalle crucial por el cual su sucesor, George Bush, padre fuera derrotado por un desconocido e inexperto ex gobernador de un Estado prescindible, Arkansas.

Las características de Reagan son exactamente las contrarias que se notan en el actual inquilino de la Casa Blanca. Incómodo en su papel, de andares rígidos en sus trajes de tonos sombríos (en contraste con los marrones que eran la alternativa de Reagan), de discursos leídos girando la cabeza de izquierda a derecha siguiendo el teleprompter, real o imaginado. Incluso las equivocaciones lingüísticas de Reagan eran memorables por lo ingenuas, mientras las de Bush, Jr. son patéticas y normativas.

Imposibilitado, por comprensible pudor, de compararse a su padre, George W. Bush se ha visto obligado, cuando no internamente inclinado a emular a Reagan. Si el ahora fallecido venció al marxismo vacilante, y FDR asestó la puntilla al nazismo, Bus tiene metido en la cabeza pasar a la historia como el vencedor del terrorismo internacional. La diferencia está en que si su antecesores contaron con la anuencia del pueblo en lo esencial, ahora el electorado puede estar dividido, confuso, y comienza a sentirse engañado. La diferencia fundamental es que en los 80 reganianos todavía se creía en el básico sueño americano. Ahora se ha convertido en una pesadilla.

Por estas razones, no solamente sus partidarios, sino sus críticos y sobretodo los que respaldan opciones diferentes de los “republicanos de toda la vida” que votaban a Reagan, hoy, más que hace unos años durante la presidencia de Clinton y el largo invierno de los conservadores, se le echa de menos. Más por comparación con el liderazgo actual, repitamos, que por la realidad de su actuación de entonces.
 

                      

Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. jroy@miami.edu

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Junio 20, 2004
 

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