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Y ahora, ¿quién paga?

Favor poner en "Asunto" el título y autor del artículo

Soledad Morillo Belloso
Caracas, 2 de mayo de 2001

 

Cuando los tomistas (palabra que me parece una bofetada al Tomismo y a la genialidad filosófica de Santo Tomás) tengan a bien abandonar los espacios que como viles delincuentes de oficio han invadido, imagino que alguien procederá a hacer el correspondiente ajuste de daños y pérdidas. Hay mucho destrozo que contabilizar. Por ejemplo, quisiera saber cuánto costará reparar lo que los niñitos en sus actos vandálicos se llevaron por delante, incluyendo ventanas, puertas, muebles, obras de arte, equipos de computación, etc. También desearía a cuánto asciende el monto por horas hombre desperdiciadas miserablemente de estudiantes, profesores, investigadores, empleados administrativos y obreros. Eso sin contar el alto costo del atentado contra la institucionalidad, el Estado de Derecho, los valores democráticos, la justicia, la ética, la legalidad, la urbanidad y los buenos modales, la estética, el decoro, el buen juicio y el buen gusto. Quisiera que alguien tuviese a bien informarme, como accionista que soy de esta corporación llamada Venezuela.
 
¿quién demonios va a pagar todo este teatrillo de cuarta categoría montado por pseudoestudiantes (un estudiante es alguien que estudia, cosa que estos malandros mal bañados no hacen) ? Cuando veo casos como este episodio en la Universidad Central de Venezuela, cuando me sumerjo en la diversidad biocultural decadente que exhiben los especímenes que tuvieron a bien regalarle al país más de un mes de palurdismo y despelote, no puedo dejar de preguntarme con qué los alimentaron. ¿Habrá sido acaso con tetero de fororo aguao’? ¿O será que a estos bachilleres les faltó cariño? Alguna explicación deben dar estudiosos del soma y la psique a tan barbárico comportamiento, a esta actitud templetaria ante la vida, ante la cosa pública, ante la democracia y sus quehaceres.

Sí, he utilizado una palabra que no existe en el diccionario, tanto como tampoco consta en nuestra gramática la voz “destoma”. Pero templetaria es esta visión de muchedumbre anarquizada con la que nos homenajean estos revolucionarios de carpa y celular al cinto que han hecho de los espacios de Villanueva su patio de cacería, su matadero del pensamiento. En un templete quieren convertir nuestros recintos universitarios. Cualquiera pega tres gritos y da golpes sobre la mesa. Para eso sólo hace falta recurrir a los instintos. Ah, pero para pensar, para estudiar, para producir ideas articuladas hay que dejar de ser “homo  erectus”, y recordar que con el soplo divino ese “homo” comenzó a ser “sapiens”.  Y eso ocurrió, al decir de antropólogos, hace muchos siglos, cuando la historia no existía. Nunca como en este caso me ha parecido oportuna la frase “Fulano pasó por la universidad, pero la universidad no pasó por él”.

Los dedos de esta escribidora terminan estas líneas trasnochadas con mi pregunta original: y ahora, ¿quién paga? ¿Quién devuelve lo que la insensatez delirante despedazó?

Mayo 27, 2001

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