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Vencedores y vencidos

[Joaquín Roy] (1)


El electorado español, como homenaje a los muertos y heridos del atentado de Madrid el 11 de marzo, es el gran triunfador de las elecciones. No solamente ha ejercido pacíficamente el derecho al voto, sino superado notablemente la participación de 2000, llegando a un espectacular 77%. Políticamente, mientras el triunfo pertenece al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), con 164 diputados (a 12 de la mayoría absoluta), y la derrota queda monopolizada por el Partido Popular (PP), 148,  una autonomía destaca como noticia en este vuelco espectacular experimentado en los  últimos tres días: Cataluña.

Los catalanes no solamente han superado en el aumento de participación al resto de España, sino que el pacto tripartido que gobierna la autonomía desde noviembre sale reinvindicado. La independentista Esquerra Republicana (cuarta fuerza política, con 8 escaños) y la moderada coalición nacionalista de Convergencia i Unió (tercera, con 10 diputados) se convierten en claves de la gobernación de España.

Con todo el debido respeto para las víctimas de los atentados, al dolor de sus familiares, a la larga tarea de recuperación de los heridos, y a la permanente huella de las consecuencias físicas y síquicas, hay que expresar una contundente admiración por el electorado español. El mérito se debe sobre todo a los que, indecisos y predecibles ausentes antes del ejercicio, han optado salir de su casa y superar en más del 6% la participación del último ejercicio.

El gran vencido en este ejercicio es de los casos en que una sociedad con ganas de demostrar su sólido tejido de supervivencia en democracia, actúa con decisión. Es el nuevo enemigo de la democracia liberal que ha tomado trágica y cobardemente el relevo de las ideologías tradicionales que dominaron con garras de hierro el pasado siglo: el terrorismo, sea ETA o Al Qaida. Si el objetivo de provocar el caos, presionar al Estado a que tirara la toalla o, mucho peor, reaccionara a la desesperada y claudicara con métodos antidemocráticos, ha logrado lo contrario.

A un nivel puramente electoral, no hay dudas acerca del sorprendente triunfo del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) que hace unos días parecía resignarse con la simple modesta posibilidad de una mayoría relativa del Partido Popular (PP). Ahora, en cambio, saborea no solamente el anhelado premio de consolación (utópico hace una semana) de haber sido simplemente el partido más votado. Esta era la condición que había puesto el candidato socialista Rodríguez Zapatero para formar gobierno, y que puede considerarse también parte de la clave del triunfo, al haber incentivado al electorado natural ha optar por una decisión de última hora.   

El contexto específicamente catalán es digno de atención especial. La historia reconocerá la insólita superación de la lealtad constitucional de Cataluña hacia la convivencia española, demostrada por haber doblado el aumento de participación en el resto de España en estos comicios en comparación con los anteriores. Recuérdese que la abstención entonces (por encima del 50%) contribuyó notablemente a que el PP consiguiera la mayoría absoluta en el congreso español. Ahora, el aumento del 12% (el doble que el resto de España) ha proporcionado la puntilla de los conservadores.

La clave reside en que los catalanes se sintieron doblemente aludidos cuando el PP orquestó una campaña de desprestigio contra el pacto tripartido liderado por los socialistas, ayudados por los republicanos independentistas de Esquerra Republicana, cuyo dirigente Carod Rovira fue destituido al descubrirse su entrevista con representantes de ETA. Los catalanes no independentistas se sintieron señalados y decidieron dar una lección. Simultáneamente, los votantes actuales de Esquerra ratificaron su fuerza espectacular y se han convertido no solamente en pieza clave en Cataluña, sino en la cuarta formación del territorio nacional.

Además, curiosamente, el reforzamiento de Esquerra solamente sería la punta del iceberg de la solidez con que saldrán del resultado de estas elecciones la mayoría de los partidos catalanes, con excepción del PP. Aunque hacia los republicanos han ido parte de los votos tradicionalmente monopolizados por Convergencia i Unió (la coalición moderadamente nacionalista liderada durante más de dos décadas por Jordi Pujol) y así ha descendido un tercio de sus escaños en Madrid, ha encajado bien el golpe y su tradición de contribuir a la gobernabilidad de España (en una legislatura apoyó al PP y en otra al PSOE) habrá de ser tenida en cuenta. 

El perdedor claro de las elecciones ha sido el PP. Curiosamente, más que identificarse como una derrota del candidato Mariano Rajoy, el verdadero perdedor es José María Aznar. Tenía aparentemente todo preparado al cumplir con su promesa de no presentarse a la reelección. Hubiera contemplado satisfecho cómo su sucesor administraba su legado. Pero paradójicamente, el terrorismo, eje central que justificaba su alianza con Bush, se ha convertido en la causa final de la derrota de su partido.

 

 

                      

Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. jroy@miami.edu

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Marzo 24, 2004
 

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