El
Poder, así, con mayúscula, subyuga, cautiva, atrapa; también
obnubila, ciega, marea. Lo es todo y es nada. Es fragancia que atrae
y hedor que rechaza, es, en suma, la forma más clara de la
ambigüedad. Desde él se puede socorrer o hundir, coadyuvar con la
vida o matar. Solo tiene una constante: transforma a quien lo
ejerce. El buen padre de familia, ese que educa a sus hijos con los
más caros valores morales deja en casa su equipaje ético y se
convierte en un apólogo de la arbitrariedad, solo para regresar a
casa al final del día y, nuevamente, ponderar aquello de lo que
realmente carece. Son las tentaciones del Poder.
El Poder es
un satisfactor. Quien lo tiene encuentra en su ejercicio el cumplimiento de una
aspiración, de una necesidad, ya sea en sentido positivo, realizando actos a
favor de la ciudadanía o, en sentido negativo, dando rienda a sus instintos más
bajos solo para su personal placer.
El Poder es
cosmético. Cambia la apariencia de las personas, las transforma interna y
externamente. Para tener el Poder realmente, debe echarse de ver que se tiene.
Así, los cambios en la actitud (que no en la aptitud, ya que ésta se conserva
con y sin el Poder) externa e interna son notorios. Automáticamente lo que se
dice desde el Poder es importante (no obstante que se diga lo mismo fuera de
él), lo que se hace desde el Poder es necesario, útil por naturaleza; por lo
menos, eso creen quienes lo ejercen.
El
Poder es compañía. Cuando se ejerce, ya no se está solo; aparecen como por
encanto cientos de corifeos que endulzan los oídos del poderoso y le hacen más
placentera su estancia en esta vida…. por lo menos mientras el Poder está con
él. En la intimidad el Poder nos obsequia la presencia de la Vanidad, de la
Soberbia y de otras entidades similares que, en abierta conversación, convencen
que en el Poder solo vale quien lo tiene y, por tanto, se está solo en medio de
la muchedumbre, salvo con los pares, pues quien ejerce el Poder, por ese solo
hecho es distinto a los demás. George Orwell cita, en su “Rebelión en la
Granja” la ley que se estableció sobre la pared del granero: “todos somos
iguales” a la que unas porcinas pezuñas de quien ejercía en ese momento el
poder agregó: “pero unos somos más iguales que otros”. El poderoso tiene
compañía en tanto lo es, pues al dejar en Poder se va, junto con todos los
demás, incluso su autoestima. Dijo alguna vez un Presidente de México que no
hay momento de mayor soledad que cuando se baja la escalinata del recinto
legislativo, en medio de miles de personas, al entregar la Banda Presidencial.
El Poder es
sabiduría. Pocas veces veremos a un poderoso que no crea poseer toda la
sabiduría del mundo. Por eso también el poder es remedio de autoestima, pues
convence de situaciones que no siempre son reales. Cuando un ser humano común y
corriente llega al ejercicio del mando, automáticamente se ve investido de un
gran conocimiento del área en que se coloca y, por supuesto, su indomable
espíritu critico lo lleva a calificar a su antecesor: todo esta mal, nadie
sabia nada de nada antes de que él llegara. ¿Qué pasará cuando se vaya? El
diluvio, así lo dijo ya Luis XV en Francia: “Después de mí, el diluvio”.
El
Poder otorga el don de volar. Volar muy alto, tan alto que todo se ve pequeño,
lejano. Eso da una perspectiva distinta de las cosas: no hay problemas graves,
nada es grande, solo el entorno del poderoso. Por eso, hay que poner atención
solo a lo inmediato, a lo próximo, a lo que se ve de distinta dimensión. El
pueblo, la pobreza, la injusticia y similares son cosas que, desde cierta
altura, no se ven claramente.
El Poder, en
suma, es una fuerza vital que recorre las venas de quienes lo ejercen. Llega a
todas partes del cuerpo y cambia radicalmente a quien lo detenta. Es un hito
que divide la vida de la persona: antes y después del Poder.
Sin embargo,
el Poder es un factor necesario en la vida del Estado. No podemos concebir una
sociedad ordenada en la que no haya un principio de autoridad que oriente las
acciones de la comunidad. El problema no es el Poder en sí mismo, sino su
difícil relación con el ser humano; no es su existencia, son sus tentaciones, a
las que fácilmente el hombre sucumbe irremediablemente. Por eso es necesario
acotarlo, establecer reglas para su ejercicio y mecanismos para controlarlo.
Recordemos a aquel campesino de Postdam que, al escuchar la exigencia del rey
Federico el Grande de venderle sus tierras, por conducto de uno de sus
Consejeros y negarse, manifestó su nulo temor a la ira del monarca porque,
después de todo, aun había jueces en Berlín.
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Marzo 14, 2004