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El difícil camino al nuevo mundo

Jorge Chessal Palau (1)


E
l martes 11 de septiembre de 2001 quedará definitivamente inscrito en las páginas de la historia como un día de gran trascendencia en el naciente siglo XXI.  Un episodio más de una Guerra Santa contra los infieles, emprendida desde el siglo VII que ha marcado el inicio  del primer gran conflicto de los tiempos actuales.

En el año 632 después de Cristo Mahoma abandona la ciudad de La Meca, huyendo de sus enemigos, dando inicio con ésta Hégira a una de las religiones más sólidas y combativas que el mundo ha conocido.  Recipiendario del mensaje divino de Alá, Mahoma regresa en el año 632 y conquista, además de La Meca, un lugar en la historia.   Padre de un gran imperio que se extendió por el mundo conocido, sus herederos los Califas llegaron incluso, en el año 711, después de dominar el Norte de África, a España, de donde fueron expulsados ochocientos años después en el mismo año del descubrimiento de América, no sin antes haber dejado su huella indeleble en los conquistadores del Nuevo Mundo.

Pueblo guerrero por naturaleza, los árabes han estado continuamente en conflicto, teniendo como bandera y esencia al Islam, religión que tiene entre sus normas la intolerancia a los infieles, que son simplemente quienes no comparten sus creencias.

Sin embargo, también conocen la rivalidad fraterna movidos  por posiciones religiosas,  agrupándose en dos grandes tendencias: los Sunnitas y los Shiitas.  Los primeros consideran que los líderes, los Califas (sucesores de Mahoma) pueden ser cualquier musulmán, en tanto que los Shiitas, seguidores de Alí,  yerno de Mahoma y cuarto Califa de la dinastía gobernante en La Meca después de la muerte de Mahoma, precedido por  Abú Beker, Omar y Otmán, plantean que los únicos legítimos Califas son los descendientes de aquél, por lo que ante la ausencia  de alguien digno del título son guiados  por un  Imán y no bajo un régimen de Califato.  Los Sunnitas ocupan aproximadamente el 87% del mundo musulmán, en tanto que los Shiitas el 13%.

Esta división teológica ha propiciado un rompimiento del concepto de panarabismo, lazo de unión racial de los pueblos, impulsado por  Gamal Abdel Nasser, tendiendo actualmente a un panislamismo, prevaleciendo la religión por encima de la raza, toda vez que a partir de la década de los ochentas Israel dejó de ser el centro del conflicto en Oriente Medio, por lo menos para los no palestinos, para ceder su lugar a la lucha por la prevalencia del radicalismo integrista que se vive en nuestros días.

Para las corrientes integristas, la guerra con Israel es solo una pequeña parte del problema, el cual consiste en el gigantesco proyecto de la cultura occidental de acabar con el Islam a través de las acciones militares, económicas y culturales propiciadas por la globalización para los fundamentalistas la búsqueda se orienta a la revalorización de  los fundamentos Islámicos como mejor instrumento para defenderse de Occidente.

Actualmente la nación árabe se encuentra dividida por estas posiciones encontradas para enfrentar la, para ellos la temida amenaza de liberalismo imperial.   Sin embargo, no podemos dejar de lado la posibilidad de una unión, por lo menos parcial  de los musulmanes convocados a la Guerra Santa.

Por que, de hecho, lo ocurrido en Nueva York y Washington fue un evento mas del combate integrista por la supremacía de la religión de Mahoma, o mejor dicho por su supervivencia frente a la globalización, aunque no hay que perder de vista que los actos que han impresionado al mundo emanan de grupos extremistas, sin que su sentir sea compartido por las naciones árabes, por lo menos no por todas.

En un interesante ensayo publicado en 1993 en el número 72 de la Revista  Foreign Affairs, Samuel P. Huntington habla de este fenómeno  planteado desde 1967 por los fundamentalistas islámicos en el cual la globalización es en medio de despersonalización  contra el cual deben luchar las culturas para conservar su propio espacio.  Según este autor, las nuevas controversias no se mueven por criterios económicos sino de civilización.   Ya no es una lucha de países sino de culturas; somos testigos del combate contra la idea de globalidad y el fomento nacionalista en su mas actual, extrema y radical expresión.

En este orden de ideas,  estamos en el umbral de una guerra distinta a la que nos han enseñado los libros de historia, un conflicto en el que las banderas musulmanas se alzaron en contra de la occidentalización, utilizando nuevas formas de combate, tanto tecnológico, como mediático e ideológico, como lo pudimos constatar el martes negro en Nueva York en 2001, fecha que marca el inicio de una serie de acciones que forman parte de una guerra que tiene ya mucho tiempo, aun cuando no lo pareciere.

El conflicto que presenciamos actualmente, esta nueva batida norteamericana contra Irak, dista mucho de aquellas largas filas de tropas y maquinaria de guerra tomando por asalto el país enemigo como en las guerras mundiales del siglo XX  y de cuyos combates llegaban noticias con algunos días de retraso.   Ahora, desde nuestros cómodos hogares podremos presenciar en vivo y en directo por televisión o Internet las acciones bélicas que cada vez alteran menos nuestra capacidad de asombro.   La aldea global generada por la red de redes se verá directamente involucrada en lo que podríamos llamar una verdadera Guerra Mundial  por sus alcances universales gracias a los medios de comunicación y a los impactos económicos que se resienten a lo largo y ancho del mundo por ésta situación.

Estamos ante una lucha cultural que, una vez concluida, dejará como secuela una redefinición de conceptos esenciales dentro de la teoría política y filosófica mundial y, sobre todo, nos dará la pauta sobre el futuro de las civilizaciones que actualmente conocemos.   Nos toca  presenciar un momento histórico que definitivamente cambiará nuestra concepción del mundo y sus instituciones.

Bien podemos hablar  del mundo antes y después del 11 de septiembre de 2001. No sabemos cuando comenzó la guerra y no sabemos donde terminará; solo sabemos que aquel día en Nueva York fue y será, un hito en la historia.

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Marzo 10, 2003

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