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Al
pasar por la casa de un hombre rico, un mendigo que se acercó a oler lo que
estaban preparando en la cocina, fue descubierto por el dueño de la casona
que, sin mediar palabra, lo llevó ante el juez de su localidad y lo denunció
por oler su comida. El caso era bastante insólito pero aquel juez tenía
fama de justo así que escuchó lo que las partes tenían que decir y dictó
su mejor sentencia: condenó al mendigo a depositar sobre el estrado una
moneda de oro. Todo lo que tenía. El rico, satisfecho, escuchaba el
tintineo de la moneda en la madera cuando el juez añadió: “Si
he condenado a este hombre por oler tu estofado, tú te conformarás con
escuchar la indemnización”; y le devolvió su moneda al pobre.
Esta
curiosa anécdota ocurrió, probablemente, a finales del siglo XIII en Tréguier,
una pequeña ciudad de Bretaña, en la actual Francia, que por aquel
entonces era un ducado independiente al margen de las continuas luchas entre
sus vecinos ingleses y franceses.
En
cuanto al juez, se llamaba Yves de Hélori y había nacido el 7 de octubre
de 1253 en Kermatin, una aldea cercana al lugar donde años más tarde
ejercería la magistratura. Con tan sólo 14 años, sus padres lo enviaron a
estudiar a la nueva Institución de Enseñanza Superior de París, fundada
por Robert de Sorbon en 1257, y que en su honor era conocida como La
Sorbona.
En
esta universidad, el joven bretón estudió gramática, dialéctica y retórica
(el llamado trivium) y aritmética,
geometría, astronomía y música (el quatrivium)
para obtener el título de bachiller. Contó
con maestros tan notables como Alberto Magno o Tomás de Aquino y compañeros
de aula como un joven poeta florentino que años más tarde triunfaría en
el exilio con su Divina Comedia, Dante Aligheri.
El
llamado “maître” Yves concluyó sus estudios jurídicos en la otra gran
universidad francesa de la época, Orleáns, de donde regresó a su tierra
para ejercer como juez eclesiástico en Rennes, la capital bretona. Años más
tarde, el juez, que ya profesaba la orden de san Francisco de Asís, se
trasladó a las proximidades de Tréguier, donde compaginó la magistratura
con sus labores de presbítero, ganándose el sobrenombre de “abogado de
los pobres” por defenderlos de forma gratuita.
Su
fama se acrecentó en 1296 cuando Yves de Hélori fue el único que se opuso
a las intenciones del rey de Francia, Felipe IV, de saquear el tesoro
catedralicio de Tréguier. El juez y religioso se tumbó delante del altar
para impedir el expolio y aquel gesto sirvió para que el pueblo bretón
reaccionara expulsando al invasor.
A
partir de entonces, Yves renunció a su cargo de oficial y se dedicó
exclusivamente a defender a los pobres y a predicar el Evangelio hasta su
muerte el 19 de mayo de 1303 en Louannec.
En
su lápida, que posteriormente arrasaron los revolucionarios de finales del
XVIII arrojándola al mar, la devoción popular cinceló en piedra un
curioso epitafio:
“Santus
Ivus erat brito, advocatus et non latro; res miranda populo”.
(“San
Ivo era bretón, abogado y no ladrón, cosa que admiraba al pueblo”)
Tras
un larguísimo proceso de canonización y en plena guerra de los cien años,
Clemente VI lo canonizó el 19 de mayo de 1347 en Aviñón.
Actualmente,
san Ivo es el patrón de los juristas de media Europa, Canadá y Estados
Unidos. Un santo que, en España y con la excepción que luego veremos, es
un perfecto desconocido. ¿Motivo? Los abogados españoles hicieron bueno
aquel tópico de que somos diferentes.
Desde antiguo nuestra abogacía ha preferido rendir culto a un santo
de la tierra, san Raimundo de Peñafort, festejándolo cada 7 de enero, día
en el que los estudiantes de Derecho se libran de acudir a clase y los
Colegios de Abogados suelen organizar diversos actos culturales y deportivos
en su honor.
Nuestro
patrón, también conocido por su denominación catalana Raimon de Penyafort,
fue coetáneo de san Ivo durante casi 30 años, dentro del periodo que los
historiadores denominan baja Edad Media. Descendiente de los condes de
Barcelona, Raimundo nació en el castillo familiar de Peñafort, cerca de
Villafranca del Penedés, en 1175. A partir de aquí, su vida guarda un
cierto paralelismo con la del santo bretón; mientras que san Ivo estudió
en París, el santo catalán se doctoró en Derecho en Bolonia, la otra gran
universidad de la época, donde llegó a dar clases como profesor. Ordenado
dominico, ejerció diversos cargos y recorrió las Coronas de Castilla y
Aragón hasta que el Papa Gregorio IX lo nombró penitenciario mayor en
1230, encargándole recopilar en una sola obra todos los decretos dados por
los distintos pontífices y Concilios. Después de tres años de trabajo,
Raimundo publicó las “Decrétales”, una gran compilación de Derecho
Eclesiástico que tuvo validez plena durante muchos siglos.
El
santo de Peñafort estableció diversas escuelas en Túnez, Murcia y
Barcelona; y junto a san Pedro Nolasco, fundó la Comunidad de Padres
Mercedarios. Enfrentado con el rey Jaime I de Aragón en numerosas
ocasiones, debido a sus infidelidades conyugales, el santo falleció el día
de reyes de 1275 a punto de cumplir 100 años, dejando una extensa producción
de tratados teológicos. En 1604, el Papa Clemente VII lo elevó a los
altares.
Aunque
en España la tradición ha preferido al santo catalán, también tenemos
nuestra propia excepción y, curiosamente, podemos encontrar a san Ivo en el
origen del primer Colegio de Abogados que se estableció en nuestro país.
Este
privilegio, que la mayoría de la gente cree que corresponde a Madrid, lo
cierto es que pertenece al Real e Ilustre Colegio de Abogados de Zaragoza,
el REICAZ; una corporación que, además de ser la más antigua es la única
que ostenta el título de Real, por concesión del rey Carlos III.
Pues
bien, aunque sus primeras ordenanzas datan del 15 de mayo de 1578, se tiene
constancia de que el Colegio ya existía en el siglo XIV gracias al
beneficio otorgado en el testamento de unos infanzones a favor del mayordomo
de la Cofradía de san Ivo, precedente histórico del actual Colegio
zaragozano, el 10 de mayo de 1399 en la villa de Bordón (Teruel). Este
documento es, por ahora, la referencia más antigua de la que se tiene
conocimiento y pone de manifiesto la devoción que le profesan al “abogado
de los pobres” desde hace más de 700 años en la capital del Ebro.
Para
terminar, nada mejor que finalizar como empezamos, con otra anécdota.
Cuentan que al llegar al cielo, san Ivo se extrañó de que san Pedro, un
pescador sin formación que había renegado de Cristo tres veces, tuviera
las llaves del Paraíso. El patrón de los abogados arengó a todo el
santoral de forma tan elocuente que, al final, Dios no tuvo más remedio que
convocar un juicio para escuchar sus alegaciones. Al acabar el juicio, todo
el cielo proclamó que las llaves debería poseerlas san Juan Evangelista,
pero Dios se dirigió a todos los santos y proclamó que si su Hijo había
entregado las llaves a san Pedro, bien hecho estaba y que eso ponía fin a
la discusión. San Pedro, ya recuperado, se acercó a san Ivo y le comentó:
“Tú ya estás
en el cielo, pero de ahora en adelante te aseguro que serás el primer y último
abogado que entra en el Paraíso”.
Esperemos
que con el paso del tiempo hayan cambiado de criterio y que ya no sean tan
estrictos con el Derecho de Admisión.
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Febrero
25, 2002
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