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Ni globalifílicos ni globalifóbicos, sino globalicríticos

Jaime Preciado Coronado (1)
(Versión preliminar)

Referencias>>

Démocratie, gouvernances et complexités; Quels défis posés  par la reconnaisance du pluralisme culturel MOST-UNESCO, Universidade Federal do Río Grande do Sul, SEST

La proximidad entre los fines y los medios de las luchas políticas impone buscar sino la unificación (sin duda ni posible ni deseable) de todos los movimientos dispersos que reclaman a menudo los militantes, sobre todo los jóvenes (...), al menos una coordinación de reivindicaciones y acciones exclusiva de toda voluntad de apropiación: esta coordinación debería tomar la forma de una red capaz de asociar individuos y grupos en tales condiciones que nadie pueda dominar o reducir a los otros y que sean conservados todos los recursos ligados a la diversidad de experiencias, de puntos de vista y de programas.
Pierre Bourdieu, en Contre-feux 2, 2001

 

Resumen, abstract, resumé

Después de las movilizaciones de Seattle, la integración y la mundialización del comercio y las finanzas, se topan con actores que tienen distintos grados de exclusión en esos procesos, lo cual cuestiona las identidades ciudadanas complejas que emergen más allá de lo nacional, obstaculiza las identidades cosmopolitas inclusivas que se plantean como alternativas mundiales a la globalización y acentúa la crisis de gobernabilidad del modelo democrático tradicional. Un conjunto de actores heterogéneos formados por tendencias políticas disímbolas (anarquistas, trotskistas, socialistas, entre las principales), de movimientos identitarios de afirmación ciudadana, defensa del ambiente y de reivindicaciones multi-culturales (ecologistas, minorías étnicas y sexuales, etc.) de agrupaciones sindicales del campo y la ciudad, de organismos eclesiales de base territorial, de asociaciones defensoras de los derechos humanos; actores que enfrentan desde dos perspectivas la difusión globalifílica del modelo neoliberal: la negación total y la resistencia contra la globalización (globalifóbicos), o la construcción de alternativas de base frente a los efectos perversos de aquella (globalicríticos), que prefiguran la democracia deliberativa como un sistema de gestión complejo desde abajo.

Introducción

Después de 1945, se empieza a desplazar al Estado como actor protagónico del sistema mundial; las trasnacionales fueron invadiendo la esfera de lo público estatal hasta el grado de pretender minimizar al Estado, restándole sus funciones como  agente regulador de toda relación entre el mercado y la sociedad. Una fecha simbólica de este desplazamiento es la de 1973-1974, con el embargo petrolero decretado por la OPEP cuando se contraponen los intereses de los estados poseedores de petróleo pertenecientes al cártel internacional y las grandes trasnacionales del oro negro. Entonces, esos actores no estatales que se habían visto beneficiados por Estados “desarrollistas”, durante casi tres decenios, plantearon nuevas demandas de gestión internacional que rebasaron el ámbito tradicional del Estado nación. Así, la organización del sistema mundial empieza a reposar sobre actores del mercado que reclaman una cada vez mayor subordinación de los estados –y de su influencia en las relaciones internacionales- a los intereses privados.

El énfasis puesto en relaciones de libre mercado a escala mundial supuso, entre las principales estrategias, la desarticulación del Estado Benefactor, la apertura y liberalización de las economías y la extensión voluntarista de la democracia liberal como utopía planetaria. Con el decenio de los ochenta llegan los éxitos macroeconómicos; los encabezan la Thatcher, en Gran Bretaña y la dupla Reagan-Bush (padre) en Estados Unidos. También se acentúan las desigualdades, tanto en los países centrales como en los periféricos, pues la vocación abarcadora universalista del capital arrastra a economías emergentes y a los sectores más dinámicos de las trasnacionales. Nuevos espacios públicos que son ganados por esos actores no estatales, los cuales, sin embargo, no son indiscutibles ni definitivos. Se empiezan a asomar los actores no estatales que provienen de la sociedad civil, aunque en la protesta y la resistencia, aún sin proyecto.

Entre el final de los ochenta y el inicio de los noventa, con la estrepitosa caída del socialismo realmente existente, se quiso proclamar de manera triunfalista el fin de la historia y la hegemonía del pensamiento único, usando el artilugio de hacer equivalentes mercado y sociedad, con la democracia. No obstante, el triunfalismo antiestatal deja que los costos de la gestión de los conflictos, cuya responsabilidad no asume el mercado, se dejen a un supuesto Estado Mínimo (en su regulación social), que es a la vez arbitro interesado y gestor de intereses sesgados favorecedores del capital financiero especulativo (un Estado maximizador de ganancias).

Si las trasnacionales erosionaron por lo alto las atribuciones del Estado nacional, actor definitorio del sistema mundial, desde abajo también surgieron otros actores no estatales que reclaman nuevos espacios públicos antes pertenecientes a ese Estado nacional centralizador del espacio público. Sindicatos, indígenas, campesinos, ecologistas, grupos de base territorial de origen eclesial o grupos desposeídos con distinto grado de organización, empiezan a ganar visibilidad internacional, al reclamar posiciones en ese espacio público mundial que ahora van ocupando esos actores no estatales nacidos desde abajo: Chiapas, con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional; Porto Alegre y el Estado Río Grande do Sul, en Brasil, con el presupuesto participativo, o el estado de Kerala en la India, con sus altos estándares en la calidad de vida y su democracia local participativa, son algunos ejemplos paradigmáticos.

Las transiciones políticas, donde se combinan la liberalización política y la transición democrática, propician el encuentro de actores no estatales con la transformación de sistemas políticos que operan partidos políticos y organismos cívicos. En los noventa, hay un nuevo auge de procesos democratizadores que dejan experiencias fundadoras de participación ciudadana, rendición de cuentas, derechos humanos, transparencia y derecho a la información, descentralización y reformas administrativas en apoyo de gobiernos locales. Sudáfrica, Corea del Sur, una buena parte de países de Europa del Este, las principales zonas metropolitanas de América Latina: Montevideo, Buenos Aires, Sao Paulo, el Distrito Federal en México y cientos de gobiernos estatales, provinciales y regionales en diversas partes del mundo, que están preocupados por innovar las prácticas de gobierno y que están abriendo nuevas relaciones entre el Estado y la sociedad.

Al mismo tiempo que hay nuevos nexos entre lo local y global, desde estas nuevas realidades políticas abiertas por el proceso de transición política, pues ellas influyen sobre nuevos imaginarios democráticos de alcance universal, esas realidades están también acotadas por la escala nacional, pues no hay modelos alternativos que correspondan con esta escala de gobierno (haciendo abstracción de China, Vietnam y Cuba, donde el aporte alternativo de esos modelos pertenece a otra discusión) Asimismo, hay actores no estatales que emergen en otras escalas sociopolíticas: en la escala supranacional, surge una sociedad civil regional asociada con los procesos de integración, como es el caso de la Alianza Social Continental y de la Cumbre de los Pueblos, organismos que están vinculados con la resistencia frente al ALCA, o como es el caso de numerosas convergencias ciudadanas en Europa que vienen cuestionando el proceso de institucionalización de la Unión Europea.

¿Qué sucede con la escala internacional y o mundial? Mientras que los estados institucionalizaron sus relaciones internacionales en Naciones Unidas, gobiernos de los países centrales, asociados con intereses empresariales trasnacionales, se preocuparon por crear también instituciones de pretendido alcance mundial: la Organización Mundial del Comercio, OMC, el Fondo Monetario Internacional, FMI, el Banco Mundial, BM. Paralelamente, los actores estatales vienen creando diversos organismos de alcance mundial como el Grupo de los Siete-Ocho-G7-8 e innumerables foros internacionales de carácter hegemónico, como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo, OCDE, o de carácter alternativo, como el Movimiento de Países No Alineados, MPNA.

Desde la perspectiva de los actores no estatales, la internacionalización y la mundialización de sus organizaciones ha sido muy desigual. Por el lado de las trasnacionales, su proyecto más agresivo fue el Acuerdo Multilateral de Inversiones, AMI, el cual fue promovido al seno de la OCDE. Su carácter excluyente chocó contra diversos movimientos cívicos que lo cuestionaron, e impidieron que prosperara, aunque sus postulados se han incluido en algunas instituciones de integración regional, como el TLCAN (NAFTA, ALENA) Por el lado de actores no estatales como las Organizaciones Públicas No Gubernamentales, hay que remarcar dos experiencias: las dejadas por el movimiento obrero y sindical, que no alcanzaron a rebasar los intereses corporativos y sectoriales que los animaron y las experiencias relacionadas con los movimientos vinculados con los regímenes internacionales, como los derechos humanos (Amnistía Internacional), la ecología (Greenpeace), el feminismo (la Cumbre de Pekín), la renegociación de la deuda externa (Jubileo 2000) o la aplicación de una tasa especial a las transacciones financieras (el Grupo ATTAC). Además, hay un cúmulo de grupos civiles de origen eclesial y de distintos intereses locales, que intentan ganar visibilidad en el espacio global. Diversos esfuerzos de convergencia entre estos actores no estatales serán emblemáticos del fin del siglo XX.

Dos eventos, dos actores no estatales

Dos eventos inauguran el siglo 21: 1) las protestas de Seattle a finales de 1999, que nos muestran, además del auge de privatización de los espacios públicos supranacionales por parte de las trasnacionales, a un nuevo actor no estatal que pretende influir en la escena internacional: los anti-globalización, o los globalifóbicos, mote con el que los quiso denigrar el ex Presidente de México Ernesto Zedillo, en el marco de la reunión de la APEC, en Vancouver, al inicio del año 2000 y 2) los dramáticos acontecimientos del 11 de septiembre de este 2001, que nos muestran también la crítica de actores no estatales al sistema mundial, pero desde una perspectiva diametralmente opuesta, en cuanto a su concepción sobre la política, el Estado, la guerra y el uso de las armas, el ejercicio de la violencia, el papel de la sociedad y la configuración de la ciudadanía.

Por una parte, están los grupos movilizados en contra de los efectos perversos de la globalización que tratan de (re) significar a la política y lo político como una nueva arena pública, que demanda un sistema democrático de gestión compleja para el manejo del conflicto, acompañado de la instauración de una ciudadanía con capacidad deliberativa decisoria sobre su entorno y sobre sus prácticas cotidianas; esos grupos buscan alcanzar nuevas soluciones creativas a la tensiones presentes entre un proyecto universal fundado sobre la equidad, la justicia y la plena vigencia de los derechos humanos, con el respeto a la diferencia, oponiéndose, simultáneamente, a los efectos homogeneizantes y disgregadores de la globalización.

Mientras que, por otro lado está una concepción que desprecia la política como gestión razonada del conflicto, que recurre a la violencia terrorista como negación de la guerra en tanto que prolongación de la política por otros medios y, en concordancia con actores estatales hegemónicos, que propugnan por el pensamiento único, la primacía de la iglesia sobre el Estado y el desconocimiento de la diversidad y la diferencia cultural como promotor de unidades y solidaridades fincadas sobre el respeto del otro.

Dos actores no estatales que marcan un cambio de época pero con proyectos de futuro que se sitúan en las antípodas; sin embargo, el peligro reside en la nueva Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense, ahora inspirada en la lucha contra el terrorismo, que se muestra incapaz de diferenciar fines y medios utilizados por estos dos actores no estatales que percibe como amenazas.  Naomi Klein (La Jornada: 07-10-2001), nos previene sobre esos riesgos: “Después del 11 de septiembre, los políticos y expertos en el mundo inmediatamente comenzaron a incluir los ataques terroristas como parte de un continuo de la violencia antiestadounidense y anticorporativa [Peter Beinart, editor de The New Republic, fuerza la siguiente conclusión] el movimiento antiglobalización está, en parte, motivado por el odio a Estados Unidos”.

En todo caso, habrá que evitar la criminalización antiterrorista de los movimientos de resistencia o de crítica a la globalización, pues ellos están prefigurando un nuevo mundo que es incluyente, que trata de sincronizar el ámbito de las instituciones y el de los ciudadanos, el Estado de derecho y las responsabilidades, que exige la rendición de cuentas públicas y que revaloriza los mundos de vida abiertos al multiculturalismo. Lo cual es opuesto a los fines perseguidos por el fundamentalismo islámico y despreciado por el fundamentalismo del mercado que enarbolan actores no estatales privados y estados hegemónicos.

Filias, fobias y críticas

Si bien estos nuevos actores no estatales cuestionan los efectos perversos de la globalización, no todos ellos lo hacen de la misma manera; algunos están en la fase de protesta sin propuesta, otros en la de resistencia y otros más, buscan un proyecto alternativo al neoliberalismo. Hay pues una heterogeneidad de actores, pero sus prácticas son convergentes en cuanto a su oposición a la globalización. Sin embargo, ni los actores ni su prácticas están exentas de contradicciones internas. Ello depende de la ubicación de  esos actores respecto del mercado, del Estado y de la sociedad; en términos de poder y de identidad.

Castells (1999b: 28-34) nos ofrece la categoría de identidad: “fuente de sentido y experiencia para la gente”, que puede ser útil para ilustrar las diferencias entre las principales propuestas anti-globalización: 1.- la identidad legitimadora es introducida por las instituciones dominantes de la sociedad para poder extender y racionalizar su dominación frente a los actores sociales. Son identidades que generan una sociedad civil –en el sentido gramsciano del término: “un conjunto de organizaciones e instituciones , así como una serie de actores sociales estructurados y organizados, que reproducen, si bien a veces de modo conflictivo, la identidad que racionaliza las fuentes de la dominación estructural”. Una identidad enmarcada en el ambiguo concepto de sociedad civil, pues al mismo tiempo que prolongan la dinámica del Estado, esos actores no estatales tienen un amplio arraigo entre la gente. Se trata de aparatos con algún grado de institucionalización, como sindicatos, iglesias, partidos y distintas formas asociativas de carácter cívico cuya identidad está conformada por la reproducción legitimada del discurso dominante. Esta identidad podría entonces corresponder a los globalifílicos.

Enseguida tenemos: 2.- la identidad de resistencia: “generada por aquellos actores que se encuentran en posiciones / condiciones devaluadas o estigmatizadas por la lógica de la dominación”, cuya supervivencia se atrinchera en la oposición. Formas identitarias que  conducen a la formación de sentidos comunitarios, en comunas o comunidades, que comparten, principalmente, un sentimiento defensivo que invierte los valores dominantes, incluidos los juicios de valor, mientras se refuerza la frontera entre exclusores y excluidos. Así, se construyen “formas de resistencia colectiva contra la opresión, de otro modo insoportable, por lo común atendiendo a identidades que, aparentemente, estuvieron bien definidas por la historia, la geografía o la biología, facilitando así que se expresen como esencia las fronteras de la resistencia.” En los movimientos anti-globalización, esta identidad es la que se encuentra más extendida; el nodo que une la enorme diversidad de movimientos con demandas particularistas, como pueden ser los nacionalismos de base étnica, las comunidades territoriales, o movimientos de jóvenes  o minorías sexuales, es la resistencia contra la exclusión. Sin caer en el sentido peyorativo con el que se calificaron a estas formas identitarias, podemos agruparlas bajo la categoría de globalifóbicos.

Este concepto no pretende descalificar a quienes se oponen a la globalización, ni a quienes resisten contra ella. Se pretende constatar la manera en que diversos focos de resistencia, generalmente de corte anti-capitalista, pueden converger en distintas coyunturas, como las reuniones de organismos internacionales, la formalización o institucionalización de esquemas o espacios de integración comercial, o en las reuniones de mandatarios en las cúpulas de los países centrales. Además, la definición de estas formas identitarias no pretende hacerse bajo compartimentos estancos, pues hay que ver estas identidades con un sentido histórico, en el que pueden transformarse, autosuperarse o desaparecer, de manera que una identidad de resistencia puede conducir, mediante la identificación de un proyecto, a una identidad legitimadora que racionaliza nuevas formas de dominación, o una identidad de proyecto que fracasa, puede transitar hacia formas de resistencia, entre muchas otras combinaciones posibles.

3.- Siguiendo a Castells tenemos la identidad proyecto: “cuando los actores sociales, basándose en los materiales culturales de que disponen construyen una nueva identidad que redefine su posición en la sociedad y al hacerlo, buscan la transformación de toda la estructura social”. Así se configura el sujeto como un actor social colectivo que comparte una experiencia original que le da sentido de totalidad, o de proyecto, a su propuesta. En este caso se ubica la etapa de la creación de alternativas, a la que se refiere Xabier Gorostiaga, como la época de la protesta con propuesta; es decir, puede haber un tránsito de la identidad de resistencia a la de proyecto. Empíricamente, podemos constatar que en el movimiento contra la globalización neoliberal hay una creciente convergencia entre la protesta y la propuesta, lo que nos lleva a coincidir con una sugerente hipótesis de Castells: “los sujetos cuando se construyen ya no lo hacen basándose en sociedades civiles, que están en proceso de desintegración, sino como una prolongación de la resistencia comunal” Esta tercera identidad podría adaptarse a lo que he llamado globalicríticos.

Entre la resistencia y el proyecto de sociedad alternativo

Las tres identidades definidas antes (filias por la globalización, como identidad legitimadora; fobias respecto de ese proceso, como identidad de resistencia; críticas a la globalización neoliberal, como la identidad proyecto) se pueden sintetizar en dos sentidos de la historia: la reproducción del orden dominante o la transformación – superación de ese orden. Frente a esta oposición de dos sentidos de futuro, la denominación de anti-críticos o de globalifóbicos como portadores de una tercera visión de sentido se requiere matizar, ya que puede encerrar cierta simplificación de fenómenos sociales que son complejos en su interior. Hay que evitar la descalificación de quienes se oponen a la globalización o a cualquiera de sus manifestaciones, pues esa resistencia encierra una crítica en los hechos del proceso dominante, una crítica que incluso puede llegar a la elaboración de un proyecto alternativo en el que la lucha contra la globalización consiste en irla desarticulando. Posteriormente trataré de encontrar las similitudes y diferencias entre anti-globalización y los que están por la des-globalización.

En todo caso, podemos constatar una convergencia creativa entre globalifóbicos y globalicríticos en torno de la creación de alternativas, que reúne la resistencia y el proyecto de transformación, en el Foro Social Mundial así como en diversos espacios públicos en que convergen movimientos críticos y opositores a la globalización, que buscan fundar el “otro mundo posible” al que se refiere el foro de Porto Alegre. Una fundación que no se hace sin dificultades, pues así como se constata una mayor coordinación entre fines y medios, entre grupos que sustentan esas luchas de resistencia y los que van construyendo proyectos alternativos, de otra parte, las diferencias internas se presentan –aunque nos cueste trabajo aceptarlo- y tienen el riesgo de seguir aumentando, si no se toman en cuenta sus fuentes originales.

Evidentemente, las identidades de resistencia y las de proyecto son categorías que no se pueden enclaustrar en compartimentos estancos; no obstante, vale destacar cuatro temas que dividen las posiciones “fóbicas” y críticas, al interior de los organismos que van convergiendo en los diversos foros internacionales y entre los intelectuales que reflexionan sobre esas acciones opositoras a la globalización y la construcción de alternativas:

  • El balance entre oportunidades y limitaciones abiertas por la globalización en todas sus dimensiones, que divide a quienes aceptan negociar bajo condiciones favorables al movimiento social con instituciones mundiales o gobiernos, de radicales que niegan cualquier margen de negociación y cualquier beneficio a la globalización y por ello tratan de impedirla a toda costa. Ello ha dividido las posiciones de resistentes y críticos de la globalización, como se ha venido mostrando en cada uno de los foros de manifestación posteriores a Seattle, en que se ha llamado por alguna de las partes a negociaciones, o a discusiones esclarecedoras del conflicto en cuestión o de las diferentes apreciaciones sobre los problemas tratados. Lo vimos en todas las reuniones contestadas por manifestaciones: ni el Banco Mundial, ni el Fondo Monetario Internacional, ni la Organización Mundial del Comercio, ni la Cumbre de las Américas, ni la reunión “ABCDE, del Desarrollo” convocada por el Banco Mundial en Barcelona aceptan desde el lado institucional un diálogo abierto y sincero con las organizaciones manifestantes. Pero también hay que aceptar que buena parte de esas organizaciones no admiten más que el boicot contra cualquier esfuerzo negociador;
  • Las responsabilidades imputables al Estado en el manejo de conflictos y soluciones, así como la vinculación con los nexos entre movimientos y gobierno (nacional y local) también divide, pues en el movimiento de crítica y resistencia contra la globalización neoliberal coexisten anti-estatistas de origen anarquista, grupos de carácter político u ONG’s que nacieron por oposición al Estado, inclusive movimientos políticos opositores a su gobierno nacional, que evitan la institucionalización de movimientos y demandas sociales, mientras que otros –particularmente quienes han tenido experiencias de gobierno- buscan que el Estado no se desentienda de sus compromisos, ni evada la solución de los déficit históricos: pobreza, desigualdad social, crimen y violencia, seguridad pública, educación de calidad, fomento del empleo productivo, por citar algunos temas.
  • También se divide la identidad de resistencia y la de proyecto, de cara a la concepción que se tenga sobre el papel de la sociedad civil en la construcción del espacio público no estatal. Particularmente, en lo que se refiere a la democracia y la ciudadanía; el tema electoral, la definición de derechos humanos; la cuestión étnica y el grado de separación o vinculación entre Estado y sociedad, aunque, hipotéticamente, a pesar de la enorme diversidad socio-política entre los anti-globalización, hay dos conceptos: democracia deliberativa (en el sentido propuesto por Habermas, 1999) y ciudadanía cosmopolita –o multicultural- ( en sintonía con las ideas de David Held, 1999), que parecen ganar consenso entre los opositores al autoritarismo implicado en la globalización neoliberal.
  • El uso de la violencia es otro tema de división, pues una parte de quienes se oponen a la globalización, al menos en sus términos actuales, está por formas pacíficas de protesta que, sin embargo, sean elementos de presión para ganar negociaciones, mientras que otra parte está por el enfrentamiento abierto contra las fuerzas represivas; estos últimos buscan el efecto “pedagógico” del enfrentamiento y la acumulación de contradicciones de manera que se radicalice la lucha. No podemos ocultar que entre estos últimos se han infiltrado elementos policíacos de la “inteligencia política” de algunos gobiernos centrales, lo cual no exculpa las acciones represivas autoritarias emprendidas por ellos, para desarticular las protestas respectivas, lo cual ya introdujo al movimiento contra la globalización neoliberal en el campo de las estadísticas negativas, con un muerto y decenas de presos políticos en las cárceles de los países donde ha habido estas manifestaciones multitudinarias.

Refundación de la política, lo político y lo ciudadano

Cabe preguntarse 1) si las formas de resistencia, crítica y proyectos alternativos a la globalización neoliberal desembocan en una nueva aproximación de la política, concebida como la arena pública que es objeto de la construcción colectiva de un imaginario, o 2) en un nuevo abordaje de lo político, entendido como sistema de relación entre lo público y lo privado, entre Estado, mercado y sociedad. Preguntarse si hay una aportación de las formas deliberativas o participativas de la democracia, por parte de las críticas y resistencias contra la globalización neoliberal. Asimismo, es pertinente preguntarse sobre 3) el impacto de estas identidades globales en movimiento sobre las ciudadanías; estas últimas mencionadas en plural, ya que abarcan dimensiones respecto a derechos sociales, culturales, políticos y civiles y si en esos procesos se está configurando una identidad cosmopolita inclusiva.

En concreto cabe preguntarse 4) sobre los procesos sociales desencadenados por esas identidades ciudadanas complejas que emergen y actúan tanto en la dimensión  local como más allá de lo nacional, un nuevo espacio público de lo político en que se plantean alternativas a la globalización neoliberal, articuladas en las distintas escalas de la geografía política: mundial, supranacional, nacional y local. Articulación de escalas que enmarca 5) la crisis de gobernabilidad del modelo democrático tradicional, pero que también encierra –al menos de manera prefigurada o virtual- las potencialidades de lo que ha dado en llamarse gobernancia democrática.

1.- Construcción colectiva de un imaginario político

A pesar de su diversidad, fóbicos y críticos tienen algunos trazos comunes. De acuerdo con Bourdieu (2001), estos movimientos sociales son a menudo el resultado del rechazo de las formas de movilización política tradicional y particularmente las que protagonizan los partidos políticos; su ideología libertaria favorece la participación directa de los interesados, en contra de la monopolización del poder por minorías. Segundo trazo común: ellos inventan o reinventan formas de acción originales para ligar fines y medios, mediante fuertes contenidos simbólicos que privilegian los espacios mediáticos, sin dejarse instrumentalizar por los medios. Tercera característica común, ellos rechazan al neoliberalismo en tanto imposición de voluntades de instituciones dominantes y multinacionales, por la vía de inversiones; en cuarto lugar, estos movimientos son al mismo tiempo internacionales e internacionalistas, particularistas y defensores de otro orden global de cosas. Sexta propiedad común, estos movimientos exaltan la solidaridad como principio de acción y de organización. Fóbicos y críticos combinan dos principios: uno de ellos lo adquirieron en un primer momento, cuando se piensa global y se actúa local, con lo cual las redes de redes tuvieron un sustento local para su proyecto mundial; pero después de Seattle, ello se complementa con un actuar global, pensar local, que lanza al primer plano de interés las movilizaciones contra las instituciones que dominan la globalización neoliberal, teniendo en mente la repercusión de esas acciones en el ámbito local en que se desenvuelven esas redes.

2.- Aportación de las formas deliberativas o participativas de la democracia

No obstante que los debates sobre la democracia participativa se han acotado al espacio del Estado nacional, los nuevos movimientos que cuestionan la globalización neoliberal introducen nuevas prácticas cotidianas, que desembocan en principios organizacionales que rebasan los rígidos límites de la democracia formal, representativa, delegada, procedimental. Mohamed Djouldem (2001), señala que las múltiples formas de contestación contra esa globalización, fundan un espacio mundial nuevo en el que se identifican intereses comunes que están a la búsqueda de compromisos y de arbitrajes razonables, que entrañan la mejor manera de tomar las “buenas”decisiones, a partir de formas de discusión que podrían caracterizarse como deliberativas, las cuales están en competencia con las democracias institucionales, nacionales y representativas. Aunque no hay unanimidad sobre el imaginario democrático que se funda, sino diversas caracterizaciones sobre los objetivos y alcances (enjeux) democráticos, pues otras interpretaciones sobre las características de esos imaginarios, llevan a una definición de democracia global o trasnacional.

Además, el concepto “democracia deliberativa”, necesita aclarar el papel jugado por las comunidades de base y por los contra-poderes, en la construcción de esos nuevos espacios públicos que llevan a una refundación de la política y de lo político. A una escala supranacional el caso del Foro Social Mundial es emblemático, nos dice Djouldem (2001), pues este espacio “aparece como una suerte de asamblea constitutiva de esa nueva democracia participativa que se daría por horizonte al mundo. Ella inaugura la emergencia de una nueva ciudadanía apoyándose sobre una nueva militancia, familiar de la Internet, sin afiliación partidaria y políticamente heterogénea.”

Se puede considerar entonces que los movimientos de crítica y resistencia contra la globalización neoliberal están aportando nuevos contenidos a lo que se podría comprender como democracia deliberativa, pues “Las organizaciones y asociaciones que están  relacionadas con la sociedad civil a través de una pluralidad de redes, ligan entre ellas esos tres niveles de democracia participativa porque ellas proyectan en el espacio-mundo los valores y las aspiraciones propias de las sociedades locales. Recíprocamente, ellas inyectan en las sociedades locales y nacionales, un punto de vista planetario y modifican el estilo político, dando nacimiento a nuevos lugares de debate y de enunciación de problemas (los foros de Porto Alegre y de Québec), (re)equilibrando las correlaciones de poder en beneficio de aquellos que no forman parte de las elites.”

La discusión planteada en el documento con el que MOST-UNESCO, convoca al taller: “Démocratie, gouvernances et complexités; Quels défis posés par la reconnaissance du pluralisme culturel?”, recoge varias preguntas relevantes que se vinculan con la democracia deliberativa; entre ellas si este concepto aporta soluciones de cara a las tensiones entre “la libertad (democracia liberal que privilegia la moderación) y la igualdad (la democracia radical, que privilegia la virtud)” Pregunta que tiene una germen de respuesta en la construcción de espacios deliberativos por parte de globalifóbicos y globalicríticos, en la medida que sus organismos constituyen críticas activas de la democracia liberal y representativa, en nuevas “arenas públicas” donde buscan la profundización de la democracia con la participación de sujetos informados con capacidad para exigir transparencia y rendición de cuentas, desde una nueva ética de lo público estatal y no estatal.

Una construcción que, sin embargo, es muy heterogénea respecto al proceso de institucionalización de lo político, pues no hay certidumbres para el futuro, ni en lo que toca a los posibles caminos de transformación de la democracia liberal representativa: la organización de poderes, su autonomía, sus frenos y contrapesos (checks and balances), ni en lo que toca a la delegación de poderes y al papel que juegan las elecciones, los sistemas políticos y de partidos competitivos en ese camino, ni en lo que toca a las formas que le dan primacía a la soberanía popular (formas asamblearias, plebiscitarias), ni en lo que toca al ejercicio directo y cotidiano de los espacios deliberativos (antes de las decisiones, en el seguimiento y  evaluación de las consecuencias, en el deslinde de responsabilidades) En todo caso, coincidimos con Djouldem (2001), “Esta renovación de la democracia participativa exige una redefinición de su concepto, que aún resta flojo en razón de la diversidad de usos, de dimensiones funcionales que se le atribuyen y de situaciones empíricas que designa.”

3.- Aportaciones a la configuración de una identidad cosmopolita inclusiva

Con el debilitamiento de las capacidades reguladoras del estado en la dimensión nacional, el incremento de la regulación supranacional que reclama franjas crecientes de soberanía y la desterritorialización implicada en la dinámica globalizadora que arrastra a las políticas públicas, se va perdiendo el sentido de identificación nacional. El estado, entonces, ya no es portador de los amplios intereses que corresponden a la población y por tanto podemos hablar de un creciente proceso de desciudadanización, en cuanto que lleva a la disgregación de las identidades nacionales. Frente a este proceso, Assies, Calderón  y Salman (2001) identifican tres reacciones: “En primer lugar, una masa inerte y confusa similar a lo que Zermeño (1996) ha calificado como una ‘sociedad derrotada’ bajo el embate neo-liberal. En segundo lugar, un segmento inconforme que proporciona la base para nuevas formas de protesta, a menudo violentas, contra la globalización (backlash politics).” En tercer lugar, “una minoría activa y visionaria se organiza al nivel local y transnacional (pero todavía no al nivel nacional) en el marco de un proyecto alternativo de globalización y de ciudadanía globalizada animado por una ética cosmopolita. El ciudadano intercultural.”

Cosmopolitismo no quiere decir homogeneización de principios y valores universalistas, sino apertura y contribución a lo universal  desde lo particular. Las contradicciones mismas de la globalización neoliberal han aumentado la distancia entre dos dinámicas que, de acuerdo con el documento MOST-UNESCO, no tienen vinculación entre sí: de un lado, se impone lo homogéneo en las esferas del centro y sus prolongaciones en la periferia, en el sentido de UN pensamiento único, UNA organización de los sistemas sociales, UNA hegemonía de valores, mientras que por otro lado, se produce una fragmentación del pensamiento, de los sistemas, de los valores, de las ciudadanías y de las identidades que las soportan, como resultado de la manera concreta en que la globalización se localiza; de ahí el término de glocalización. La ética cosmopolita que sustenta el proyecto de una ciudadanía intercultural, no es la mezcla indiscriminada de esos factores dispersos, sino que es el respeto a la diferencia, cuando está abierta a la inclusión, y el potenciar la diversidad como fuente de enriquecimiento cultural.

Como resultado de esa diversidad, puesta en contacto en los espacios públicos no estatales globales y locales, se ha establecido una comunicación intercultural horizontal –en cuanto que el cosmopolitismo no se identifica más con el centro-, lo cual destaca como uno  de los aportes construidos por los movimientos críticos y de resistencia contra el neoliberalismo, principalmente en el Foro Social Mundial. Ello lleva al reconocimiento de las identidades con un carácter complejo y cruzado (MOST-UNESCO) a partir de dos procesos: las que se forjan en el cruce conflictivo entre lo global y lo local, que ya no son las identidades nacionales y, en el otro extremo, las identidades cosmopolitas que van siendo capaces de procesar un proyecto; que va ganando, para decirlo con Alain Touraine, la palabra (parole) por encima de la violencia y la imposición autoritaria (sang)

Labarrière (2001), define al cosmopolitismo como la oportunidad de rebasar el carácter particular de la ciudadanía, como identidad política acotada a la polis, al proyectarse hacia el mundo o el cosmos, como idea de universalidad histórica. De ahí que una versión contemporánea del cosmopolitismo suponga esa universalidad histórica como ejercicio de la razón, enfrentada al desafío de salvaguardar las singularidades que están en vías de reivindicarse, en la medida que comunican su identidad proyecto –la palabra. Las tareas de la nueva ética cosmopolita que se pueden entrever en los espacios públicos donde se expresa, van  más allá de una regulación de los mercados mundiales, o de la reorganización de los flujos migratorios, pues se trata de tomar en cuenta las aspiraciones y las potencialidades múltiples humanas de todo el abanico geográfico y temporal (tradición y cambio)

Podemos, entonces, identificar aportes sustantivos del movimiento crítico y de resistencia contra la globalización, a la ética cosmopolita, al reforzar los intercambios culturales con respeto a las particularidades y las diversidades lingüísticas, al enriquecer los derechos humanos en la equidad y la solidaridad, al demandar una justicia supranacional con apego al estado de derecho, al generar nuevos espacios de comunicación y de auto-representación al seno de la sociedad civil, al buscar instaurar un arbitraje internacional consentido libremente. Sin embargo, el cosmopolitismo puede resbalar hacia una falsa legitimidad de la hegemonía central, por lo que hay reservas en la utilización del término, sobre todo en lo que se refiere al restablecimiento de la hegemonía central que pueden propiciar el llamado “derecho de ingerencia humanitaria” o la estatización del poder en figuras asociadas al gobierno mundial o supranacional, que podrían vulnerar la fuerza creativa de la democracia deliberativa.

4.- Un nuevo espacio público de lo político con alternativas a la globalización neoliberal, articuladas en las distintas escalas de la geografía política

La singularidad de la política que fundan estos movimientos fóbicos y críticos reside en que son portadores de futuro, ya que se proponen un horizonte de utopía –a diferencia de los fundamentalismos religiosos que se proponen la ucronía: es decir, la que no se ubica en el tiempo; además, fóbicos y críticos, fundan otros procesos complejos y cruzados al proponerse comunicar y eventualmente sincronizar algunas acciones, en las cuatro escalas de actuación propias de la geografía política:

A.- el sistema mundial, para lo cual surge el Foro Social Mundial de Porto Alegre, Brasil, en enero de 2001, con su lema “Otro mundo es posible”, o la creación de espacios públicos no estatales apropiados a una coyuntura de movilización específica, como es el caso del Foro Social Mundial de Génova, o los grupos que actúan en torno de los regímenes internacionales, como Greenpeace, en la ecología; Amnistía Internacional, en los derechos humanos; el grupo ATTAC, que se propone alternativas a la especulación financiera; o grupos feministas y de minorías sexuales que buscan la equidad de géneros;

B.- grupos que actúan en espacios supranacionales regionales, que pueden ilustrarse en la demanda de una Europa social, o en las acciones opositoras al ALCA –a la vez que propositivas- de la Alianza Social Continental y de la Cumbre de los Pueblos en el continente americano;

C.- miles de grupos que actúan desde esta perspectiva crítica en los espacios de los estados nacionales, donde destacan las aportaciones del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, respecto del mundo indígena y campesino de México, articulado con otra visión de la dimensión global, como es el caso de los Encuentros Intergalácticos Contra el Neoliberalismo y Por la Humanidad (celebrados en Chiapas y en Barcelona) y

D.- en los espacios locales-regionales, donde destaca la democratización de gobiernos locales y la actuación de millares de organismos civiles, más o menos articulados con esos procesos democratizadores; de los cuales una buena muestra son las experiencias de Presupuesto Participativo en el Estado de Río Grande do Sul y la municipalidad de Porto Alegre, en Brasil. Igualmente, aquí se ubican las complejas y diversas identidades que se plantean demandas de género o de corte sectorial, pero que su actuación empieza  por la escala local, aunque no se acoten a ella.

5.- potencialidades de la gobernancia democrática

Actualmente, hay un debate sobre el significado de la gobernabilidad, pues una aproximación crítica del funcionalismo propio de los enfoques (neo)institucionales (teoría del “governance”, que se reduce al buen gobierno, a la eficiencia y a la reforma y racionalización de las políticas públicas, disfrazada como reforma del Estado) hace descansar al gobierno en los resultados de las prácticas políticas de los actores sociales, gubernamentales y del mercado. Adoptando el principio de que la gobernancia democrática implica un precedente de lo político –que no se reduce al gobierno y las instituciones-, en la creación de sistemas complejos de gestión del conflicto (MOST-UNESCO), se pueden encontrar varias propuestas fundadoras de las condiciones que harían propicio este esquema en la escala mundial, así como en su interacción con lo local, a partir de las alternativas que se discuten al seno del movimiento crítico y de resistencia contra la globalización.

Aprovechando las reflexiones de Peter Wahl (2001), sobre gobernancia mundial, podemos apreciar que fóbicos y críticos han denunciado que la globalización escapa a cualquier forma de regulación política supranacional, aunque actores trasnacionales empresariales han intentado imponer regulaciones que, de manera sesgada, respondan a sus intereses, como fue el caso del Acuerdo Multilateral de Inversiones. De ahí que estos actores no estatales críticos del neoliberalismo se propongan un conjunto de regulaciones políticas de alcance trasnacional y mundial. El esquema de gobernancia mundial, que se puede entrever en el movimiento crítico y de resistencia frente a la globalización, supone nuevas esferas de cooperación entre los actores políticos presentes en el sistema mundial, como gobiernos e instituciones internacionales, así como el condicionamiento de la integración de las economías al mercado mundial y el énfasis en los espacios nacionales. Además ese esquema refuerza los espacios abiertos por la sociedad civil, mediante el reconocimiento del rol eminente de los organismos civiles, incluidas las ONG’s, y sus redes trasnacionales, por su capacidad de diagnóstico y de creación de soluciones, lo cual rebasa las tareas del estado, o las puede complementar oportunamente.

Una dificultad enfrentada por el esquema de gobernancia mundial que prefiguran fóbicos y críticos está relacionado con el grado de institucionalización que debe acompañar la acción de los organismos civiles. Debate que pone en el centro de atención la cuestión del gobierno mundial, pero también el de un nuevo papel para los estados nacionales. En el primer caso, varios autores llaman la atención sobre la necesidad de reformar Naciones Unidas y los diversos organismos de alcance mundial en la banca, el comercio de bienes y servicios, las finanzas, de manera que se rebase el carácter interestatal de esas instituciones mediante la participación de actores que representen a la sociedad civil. Una reforma que no obstante sus amplios alcances, es insuficiente para dar cabida a la emergencia de los nuevos actores anti-globalización neoliberal y sus complejas demandas. David Held (1999) propone un sistema mundial democrático en el que se combinan las formas institucionales propias de la democracia liberal representativa, reorganizadas bajo los criterios aportados por una creciente participación de la sociedad civil, y las nuevas prácticas de gobierno fundadas sobre la sociedad cosmopolita que enfatiza la dimensión multicultural de la ciudadanía.

Legitimidad de una regulación global con participación de actores estatales y no estatales, valores y principios portadores de una ética mundial, cuyo paradigma de referencia es el desarrollo sustentable, derechos humanos adaptados a situaciones particulares, son los pilares que sostienen los debates respecto al gobierno mundial. En lo que toca al nuevo papel de los estados nacionales, en un esquema de gobernancia mundial, hay amplias franjas de indefinición pues, al mismo tiempo que la construcción teórica de alternativas le regresa amplias atribuciones al convertirlo en una suerte de bisagra entre la regulación política mundial y la local (Cfr. À la recherche d’alternatives. Un autre monde est-il possible?, Alternatives Sud, Cahiers trimestriels Vol. VIII, 2001-2) la gestión de las crisis sistémicas recientes ha demandado, desde las perspectivas oficiales de las instituciones internacionales, una creciente intervención de la potencia pública para actuar sobre los ajustes y reestructuraciones obligadas por los privilegios del mercado en la gestión política.

El pensamiento único, predicador del Estado mínimo, se tuvo que contradecir al forzar una creciente intervención estatal en la gestión de las crisis financieras; la más reciente prueba de ello, después de las exigencias planteadas a gobiernos y estados golpeados por la crisis bursátil, es el involucramiento de los estados centrales en la guerra anti-terrorista comandada por Estados Unidos. Por su parte, aunque el Foro Social Mundial propone varios foros que tienen relación con la institucionalización del poder, destinados a autoridades locales, parlamentos nacionales y regionales, jueces y autoridades judiciales internacionales, no hay suficiente claridad sobre los desafíos planteados por este nuevo rol de los estados nacionales, en una coyuntura en la que hay un retorno del pensamiento oficial de las instituciones internacionales a los enfoques estatocéntricos. Si bien la gobernancia democrática no supone el regreso a formas de ciudadanía restringidas al ámbito estatal, la propuesta de una ética cosmopolita propiciadora de una ciudadanía intercultural, necesita contar con un diagnóstico sobre impedimentos y, por qué no, potencialidades del ámbito estatal postnacional.

Conclusiones

La convergencia entre identidades de proyecto e identidades de resistencia, en la propuesta de un sistema mundial alternativo, está implicando aportaciones al tema de la ciudadanía cosmopolita e intercultural, al tema del Estado y del gobierno en diversas escalas socioespaciales: regreso del enfoque estatocéntrico, valorización de la reforma de relaciones entre mercado, Estado y sociedad, al tema de la democracia participativa y deliberativa; al tema, en fin, de la globalización en relación con el imperialismo y la fase neocolonial, en términos de la redefinición de las jerarquías entre centro y periferia.

Entre críticas y resistencias contra la globalización neoliberal hay una prometedora y fructífera refundación de la política, de lo político y lo ciudadano. Aunque varios términos estratégicos para la acción social aún no despiertan consensos: la desglobalización como de-construcción del neoliberalismo, la negociación y el grado de interlocución entre los organismos civiles anti-globalización y las instituciones internacionales, el énfasis en la escala de actuación nacional, la radicalidad de los métodos de lucha y en particular, el uso de la violencia.

Los espacios públicos construidos por fóbicos y críticos aportan elementos que contribuyen a abatir el déficit de gobernancia democrática, a la fundación de una ética de lo público como derecho y responsabilidad: con rendición de cuentas, transparencia de la gestión pública y nuevos valores cívicos de carácter cosmopolita. No obstante, esas innovaciones enfrentan amenazas y riesgos: la recuperación y deformación de las reivindicaciones por el campo mediático; el énfasis economicista de las demandas vinculadas con la regulación del mercado mundial, sin tomar en cuenta la dimensión plural y compleja de las identidades culturales amenazadas; el asedio de los particularismos a ultranza, por su identificación anti-capitalista y, muy especialmente, la criminalización de los movimientos críticos y de resistencia contra la globalización, amenaza con negar legitimidad a las propuestas que emergen de ellos, al satanizarlos e identificarlos como terroristas.

Corresponde a los globalicríticos, en convergencia con las resistencias globalifóbicas, impulsar otra globalización posible mediante la coordinación de sus reivindicaciones, lo cual apunta hacia las siguientes preguntas: ¿Cómo resolver el déficit de gobernancia democrática que, en distintos grados, corresponde a cada una de las cuatro escalas geopolíticas: mundial, supranacional, nacional y local? ¿Cómo vincular las redes sociales con la reforma de la ONU, la democratización de los bloques continentales, de países (especialmente los centrales, ante el retorno de enfoques estatocéntricos, subrayados después del 11 de septiembre) y regiones? ¿Cómo resolver el déficit ético público que pervierte las relaciones sociales, cuando se evita la rendición de cuentas y se escamotea un sistema educativo de calidad? ¿Cómo abatir el déficit cívico negador de los derechos ciudadanos?

Las alternativas al neoliberalismo suponen esa democracia deliberativa que surge desde abajo, que funda un ciudadano cosmopolita abierto a la multiculturalidad, tanto como a la nueva agenda social de la justicia, la solidaridad, la equidad entre los géneros y la sustentabilidad ambiental.

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REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

  • AA VV. 2001. À la recherche d’alternatives. Un autre monde est-il possible?, Alternatives Sud, Cahiers trimestriels Vol. VIII, 2001-2

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  • BRONDINO, L. 2001. “Alternatives”, Liberation, Groupe d'études et de recherches sur les mondialisations, le Dico de la mondialisation,

  • CASTELLS, M. 1999. La era de la información. Economía, sociedad y cultura. El poder de la identidad, Tomo 2, México, Siglo XXI

  • DE BERNARD, F. 2001. “Démocratie”, Liberation, Groupe d'études et de recherches sur les mondialisations, le Dico de la mondialisation, 

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  • LABARRIÈRE, P.J. 2001. “Cosmopolitisme” Liberation, le Dico de la mondialisation, en

  • WAHL P. 2001. “Gouvernance mondiale”, Liberation, Groupe d'études et de recherches sur les mondialisations, le Dico de la mondialisation,
    www.liberation.com/omc/dico/index.html
     

 

 


 

 

 

 

(1) PROFESOR-INVESTIGADOR Departamento de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos, Universidad de Guadalajara
 
   

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Febrero 18, 2002

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