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Enfermedad, salud, armonía

Pedro Novakovich

 

Vivimos en un mundo de manifestación. Nuestro planeta, al igual que todo lo que percibimos con los sentidos, es lo que llamamos “manifestación”. Desde un punto de vista humano, debemos reconocer que la manifestación es lo que nos permite estar conscientes, o ser conscientes, de nuestra propia existencia. El hombre no podría saber que lo es, si no existiera “lo externo a él”. Lo “externo” constituye nuestra referencia: si vemos un árbol y nos percatamos que el árbol no camina, entonces, sabemos que hay una diferencia entre él y nosotros; cuando vemos a un hombre y una mujer, a pesar de la similitud, podemos distinguir las diferencias.  Cuando vemos a un hombre enfermo, entonces, y sólo entonces, entendemos que estamos sanos; cuando algo nos daña sabemos que eso no es para nosotros y, circunstancialmente, sabemos lo que nos conviene. Si no existieran las manifestaciones, además de no existir nosotros mismos, no habría conciencia en lo absoluto.

Lo que hasta ahora hemos hecho es interpretar, y cuando queremos interpretar una cosa debemos contar con un marco de referencia que se encuentre fuera de la cosa interpretada. No hay manera de hacerlo si no es así. Estamos en capacidad de interpretar lo manifestado y eso hace imprescindible lo inmanifestado. 

Los cuerpos que vemos son una forma de manifestación pero, siguiendo la misma línea de análisis, difícilmente podríamos decir que el hombre sea ese cuerpo y solo ese cuerpo que vemos. Detrás de ese cuerpo está la idea que se manifiesta. Detrás de la armonía y la salud de ese cuerpo, está lo inmanifestado, lo imaginado, lo pensado, la idea.

Dethefsen y Dahlke, en su libro "La enfermedad como camino", nos dicen: "Tanto en medicina como en el lenguaje popular se habla de las más diversas enfermedades. Esta inexactitud verbal indica claramente la universal incomprensión que sufre el concepto de enfermedad. La enfermedad es una palabra que sólo debería tener singular; decir enfermedades, en plural, es tan tonto como decir saludes. Enfermedad y salud son conceptos singulares, por cuanto que se refieren a un estado del ser humano y no a órganos o partes del cuerpo, como parece querer indicar el lenguaje habitual. El cuerpo nunca está enfermo ni sano, ya que en él solo se manifiestan las informaciones de la mente. El cuerpo no hace nada por sí mismo. Para comprobarlo basta con ver un cadáver. El cuerpo de una persona viva debe su funcionamiento precisamente a estas dos instancias inmateriales que solemos llamar conciencia (alma) y vida (espíritu). La conciencia emite la información que se manifiesta y se hace visible en el cuerpo. La conciencia es al cuerpo lo que un programa de radio al receptor. Dado que la conciencia representa una cualidad inmaterial y propia, naturalmente, no es producto del cuerpo ni depende de la existencia de éste.

Lo que ocurre en el cuerpo de un ser viviente es expresión de una información o concreción de la imagen correspondiente (imagen en griego es eilodon y se refiere también al concepto de la idea)".

Actualmente sabemos que cada parte nuestra, cada órgano, corresponde a una información cuyo punto de partida es la conciencia. Cuando todas las partes se conjugan en el modelo, éste se manifiesta armonioso y a esa armonía le llamamos salud. Así que la desarmonía de una parte respecto al conjunto, el que una parte no responda a la idea, a la conciencia; o que dicha conciencia emita una información que no es armoniosa con el conjunto será, pues, lo que llamamos enfermedad. En dicho caso "es el cuerpo el enfermo". Si nuestra información es armónica nuestro cuerpo estará en "estado de salud". Podemos deducir, entonces, que las enfermedades no existen como manifestación aislada, y, sin participación de alguna idea y, por tanto, asumiremos que lo que podemos encontrar son enfermos pero no enfermedades, ya que es el hombre (en su totalidad) el que genera la idea y condiciones de su estado.

Usted me dirá que la gastritis que le diagnóstico su médico, de verdad existe como algo separado de su intención o de su idea. En general usted pensará que es su idea estar sano y no enfermo. Así es pero, debo decir que lo que, por ejemplo, usted llama gastritis, no es una enfermedad. Es el síntoma de que usted está enfermo y no de que usted tiene enferma alguna parte de usted.

Trataré de explicarlo con un asunto muy conocido. Su auto tiene, con toda seguridad, una alarma luminosa que le indica cuando el motor se ha quedado sin aceite, generalmente una ampolletita amarilla. Cuando se enciende la ampolletita amarilla (gastritis) a usted no se le ocurre sacar la ampolleta (cirugía) para que ya no se encienda, lo que usted hace es colocar aceite en el cárter y la ampolleta se apaga y el auto anda bien. Si usted se limitara a sacar la ampolleta, el motor fundiría a corto plazo.

La enfermedad, según la vemos, es la falta de armonía del individuo. Esta falta de equilibrio interno se manifiesta en el cuerpo como síntoma. El síntoma nos alerta y nos obliga a estar pendiente de él. Nos dice que estamos desequilibrados y que debemos hacer algo por lo inmanifestado, por nuestra conciencia, a fin de terminar con el aviso; el síntoma. Debemos transmutar la enfermedad, no combatirla. Curación, desde este punto de vista, en el que necesariamente debe existir una elevación de conciencia, es entonces una aproximación a la plenitud, al amor, a la paz profunda, a lo que un hindú llamaría iluminación, a lo que nosotros denominamos evolución.

Lo anterior se deduce del hecho simple de que para curarnos debemos ampliar nuestra conciencia. Esto significa que  debemos penetrar en los dominio de lo inmanifestado y de allí traer a la manifestación la armonía que hará su labor en nuestro cuerpo, la que transmutará las desarmonías y hará que dejemos de ser enfermos.

La curación, por tanto, no es un hecho puramente funcional de nuestro cuerpo. Este campo de lo funcional, es el de la medicina científica y en eso cada vez lo hace mejor siendo esto, ni bueno ni malo, solo intervenciones viables en el plano material. De ahí a curar, es otra historia.

ALGO DE POLARIDAD

Somos duales, de polos opuestos, polarizados. Nuestra conciencia del mundo es polarizada y polarizadora. Esto, naturalmente, no significa que el mundo sea así. Sólo significa que es la forma en que nuestra conciencia nos da el conocimiento del mundo, así lo entendemos. A manera de ejemplo podemos notar el movimiento de nuestra respiración. Podemos dividirla en dos componentes: inhalación y exhalación, siendo la exhalación el contrario, el polo opuesto a la inhalación. No podría existir inhalación si no existiera su contrario la exhalación, si así fuera el proceso respiratorio, como lo conocemos, no existiría. Así que un polo, para su existencia, depende del otro polo.

Lao-tsé, en el Tao-Te-King nos dice:

  • El que dice: hermoso está creando: feo.

  • El que dice: bien está creando: mal.

  • Resistir determina: no resistir, confuso determina: simple, alto determina: bajo ruidoso determina: silencioso, determinado determina: indeterminado, ahora determina: otrora.

Así pues, el sabio actúa sin acción, dice sin hablar. Lleva en sí todas las cosas en busca de la unidad.

Él produce, pero no posee, perfecciona la vida pero no reclama reconocimiento y porque nada reclama nunca sufre pérdida.

  • Agregamos: El que busca salud, determina: enfermedad.

Ya lo dijimos: los seres humanos somos duales, polares y polarizados. ¿Qué significa esto?.

Significa que detrás de lo que consideramos correcto, detrás de lo que creemos que somos, detrás de lo que hemos aceptado como "santo y bueno" en nosotros; está el contrario.

Si digo que soy trabajador y amante de mi familia, lo que quiero decir es que considero que estas cualidades humanas de ser trabajador y amante de mi familia, son las que considero adecuadas, "santas y buenas" y que, cualquiera que tenga esas mismas cualidades será considerado por mí como "santo y bueno". Cuando expreso estas cualidades en mí, también estoy diciendo que no tengo las cualidades de ser "vago" y despegado de mi familia. Estas formas me parecerán inadecuadas, cuestionables y desechables tanto en mí mismo como en otros, con lo cual niego esas posibilidades en mí y juzgo a otros que las manifiestan.

Esta parte de mí que dejo detrás, por decirlo de alguna manera, escondida; desechada; negada, parece a mis ojos que no existe. He superado estas cualidades humanas (ser vago y desapegado de la familia) por repudiables y ya no son parte de mí. He aquí el error. En realidad dichas características son el otro lado de mí, son el contrario de lo que considero deseable pero, no por ser calificadas de esta manera dejan de existir; no por que las niegue dejan de ser; no por que las repudie dejan de existir en mí, son parte de mí. Mi totalidad está compuesta por las "dos caras de la medalla": coexisten en mí ser "trabajador" y "vago"; ser "amante de mi familia" y "desapegado de mi familia", y, a menos que sea consciente de que ambas cualidades están presentes, jamás estaré completo. Siempre habrá una parte de mí en la sombra, algo de mí estará escondido, asechando en la oscuridad de mi conciencia. Siempre estará  "listo para saltar sobre mí y sobre los demás" desde mi "lado oscuro".

Nuestro "lado oscuro" constantemente intenta manifestarse, es parte de su naturaleza. Él existe como parte integrante de mí y no puede, ni debe, ser simplemente ignorado. Tiene derecho a manifestarse, de una u otra forma, me gusten los resultados o no. Sean los síntomas gratos o no para mí. Es el precio por negarme, por no conocerme a mí mismo Que por no conocernos, somos enfermos. Mientras vivamos esta polaridad, que parece ser siempre en estos mundos de manifestación, seremos enfermos.

No podemos eliminar o desconocer lo que somos. Si queremos no ser enfermos debemos conocernos a nosotros mismos, aceptarnos, asumir lo que somos en totalidad, reconociendo ambas caras de la medalla. Si no hacemos esto no avanzamos en nuestra evolución, no accedemos a mayores niveles de conciencia y, por tanto, permanecemos enfermos. Si deseamos curarnos, debemos aceptarnos.

Así que lo que llamamos Terapia Alternativas, no son otra cosa que facilitarnos y facilitarle a otros, alguna de  las herramientas que pueden ayudarnos a dicha aceptación. Esto hará que nos sintamos más armónicos y seamos más armónicos. La armonía traerá como consecuencia que tengamos menos síntomas, o no tengamos síntomas que nos estén indicando que somos enfermos. Sin embargo, somos enfermos y la última manifestación de esta condición nuestra es la muerte. Sólo los síntomas variarán de un hombre a otro.

Emprender el camino del conocimiento de mí mismo, ocuparme de tan importante asunto, constituye la preparación para llegar a la etapa del servicio a los demás. Esto probablemente es lo más que podamos entender de lo que llamamos amor. El Maestro Jesús el Cristo, reconocido por todos los hombres como el Rey del Amor, dice:  Ama a tu prójimo como a ti mismo.

Así pues debemos ser capaces de "amarnos a nosotros mismos" ya que en la misma medida seremos capaces de amar a otros. Debemos entender, eso sí, que amarnos no significa hacernos el gusto. Lo que significa es aceptarnos en nuestra totalidad, hasta donde eso es posible en nuestra percepción polarizada de todo. Este parece ser el orden natural. Todo esfuerzo por servir y amar a otros pasa por el amor que nos tenemos, dado que la manera que podemos comprender de servir parece estar definida en: No hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran. En tanto más nos aceptamos y amamos, entre más nos conocemos; más claro es aquello de "que no nos gustaría que nos hicieran" y, por lo tanto, sabremos mejor que no hacer con los otros. Más difícil es saber qué hacer por los demás. Quizás, por ahora, bastará con saber qué no hacer. Por este camino podemos llegar, tarde o temprano, a la cura. Seremos enfermos sin tanto síntoma.

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Febrero 18, 2001  

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