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Los desafíos locales para el desarrollo

Favor poner en "Asunto" el título y autor del artículo

Lic. Oscar Madoery
 Especialista en Desarrollo Local de la UNR  Director de la Maestría en Desarrollo Económico Local.

 Disertación presentada ante la Reunión Constitutiva del "FORO DEL BICENTENARIO", Argentina

 

Para comenzar a hablar de uno de los temas que esta noche nos convoca, quisiera proponerles que hagamos una especie de simulación para tratar de graficar algunos datos. Si, por ejemplo, pensáramos que la Argentina es un país de cien habitantes, y tratáramos de comprender qué sucede con algunos comportamientos en esta suerte de "país en miniatura", veríamos que, de esos 100 argentinos, 30 serían pobres, 14 serían indigentes, y la mitad serían menores de 18 años de edad. Asimismo, 20 estarían desocupados o sub-ocupados, 70 recibirían ingresos por debajo de la denominada "canasta familiar", y 53 vivirían en hogares pobres, es decir, con una serie de necesidades básicas insatisfechas. Los 10 argentinos más ricos ganarían 27 veces más que los 10 más pobres, y además esos 20 más ricos concentrarían en sus manos más riqueza que los 80 habitantes restantes en su totalidad. Sin embargo, desde el punto de vista de la estructura impositiva, cada 3 pesos recaudados de los aportes de estos 100 argentinos, sólo $1 sería en función de la renta y el resto sería recaudado en función de gravámenes sobre variables indirectas como el consumo. Cada uno de estos 100 argentinos destinaría 305 pesos al pago de la deuda externa y a sus intereses, y solamente destinaría 53 pesos a asistencia social, 79 pesos a educación y 13 pesos a planes de empleo.

A su vez, estos argentinos habrían generado una economía con un índice relativamente muy bajo de apertura hacia el exterior, hacia los mercados internacionales -de un 17%- con un agravante: cada tonelada de importación costaría 1.500 dólares y cada tonelada de lo que se exporta equivaldría a 400 dólares. Esto nos estaría hablando de una estructura de inserción internacional primarizada con un factor de competitividad basado en los recursos primarios y los recursos naturales intensivos, que son factores de competitividad cada vez más desplazados por los productos adaptables a demandas cambiantes y dinámicas en los cuales Argentina tiene muy poca inserción.

Estos y otros datos que podríamos analizar nos estarían dando la pauta de que efectivamente hay algo que está ausente en nuestro país, que es el desarrollo. Argentina no es una sociedad desarrollada. Esta situación tiene una diversidad de aspectos que tendríamos que mencionar. Si nos situáramos desde el punto de vista de una evolución histórica, no podríamos dejar de reflejar que desde hace más de dos décadas y tal vez algo más, se ha revertido un ciclo histórico en nuestro país, se ha revertido un modelo que hasta ese momento venía siendo trazado -si bien con dificultades por todos conocidas- en función de pautas de desarrollo, con un Estado protector, con un Mercado regulado, con una Sociedad basada fundamentalmente en principios de equilibrio y oportunidades.

A partir de la ruptura de dicho patrón histórico, desde hace veinticinco años hemos comenzado a transitar un nuevo ciclo en el cual seguimos presenciado elementos de la fase negativa del ciclo histórico anterior, es decir, hemos presenciado el desarme del modelo anterior que hemos ido desestrucutrando a través de la retirada del Estado, de la modificación de las pautas de comportamiento de la sociedad y del cambio de algunos valores fundamentales que imperaron en nuestra conformación nacional, sin que hayamos logrado reemplazar aquel modelo por un nuevo concepto de desarrollo. Por el contrario, el desarrollo es un tema que hoy está ausente y que debemos recuperar como sociedad.

Resumidamente, podríamos decir que en los últimos años, el desarrollo ha dejado de ser una idea central y ha pasado a ser cada vez más una idea subordinada al logro y mantenimiento de los grandes equilibrios macroeconómicos. Ya no hablamos de desarrollo, hablamos de otras cuestiones que no necesariamente son tan abarcadoras, tan complejas y tan inclusivas como la idea de desarrollo. Creo que este es hoy un fuerte déficit que tenemos como sociedad, y que nos debe comprometer con la necesidad de recuperar una idea que nos permita explicar una serie de cuestiones más para tratar salir de la situación en que nos encontramos hoy, donde el cerco no es solamente financiero -tal vez esta sea su faceta más grave y elocuente que uno puede advertir- pero en la cual también nos enfrentamos con una suerte de cepo ideológico que hace que entonces nuestros problemas se expliquen fundamentalmente desde el punto de vista macroeconómico y hoy diríamos con una primacía de las variables fiscales.

Desde ese punto de vista, entramos en el actual espiral de ajuste tras ajuste: con el ajuste restringimos el consumo, con el consumo la recaudación, lo cual nos plantea la necesidad de achicar cada vez más el Estado para entrar nuevamente en una nueva fase de ajuste. Este es el ciclo recesivo que los argentinos estamos atravesando, un ciclo de sumatoria de problemas. Además, desde esta perspectiva de primacía de la mirada macroeconómica, también se nos ha planteado que el objetivo ya no es el desarrollo sino el crecimiento, que es un concepto eminentemente económico que refiere a variables económicas y definido gráficamente a partir del desempeño de variables exclusivamente económicas. Desde esta óptica, la idea es que hay que crecer como país sin importar qué ocurre con otras variables sociales, políticas e institucionales, porque el crecimiento, una vez logrado, se "derramará" sobre el conjunto de la sociedad. Sin embargo esta carta no ha logrado ser corroborada en los hechos. Si observamos lo que ha ocurrido en los últimos diez años, por ejemplo, vamos a encontrar que efectivamente Argentina creció como economía, y en alguno de esos años, lo hizo de manera muy importante. Sin embargo, los valores que hablan de la distribución de los frutos de este crecimiento, son todos negativos. No ha habido "derrames". Aquella idea tan fuerte de que si viene el crecimiento viene el "derrame" más allá del costo que tenga dicho crecimiento tampoco ha sido corroborada.

Entonces, podemos ver que esta especie de "capitalismo mágico" que está imperando se basa en determinadas fórmulas que nunca logramos ver operar en la realidad, y personalmente, considero que esta idea tiene que ver con lo que podríamos llamar cierta "ilusión del desarrollo apolítico", esto es, pensar que el desarrollo es algo que se puede construir apolíticamente, solamente a partir de variables o de cuestiones económicas. Por eso es que entones quedamos a merced de aquellos que puedan comprender esas variables, o que puedan entender la sensibilidad de los mercados. Hoy quienes pueden opinar sobre qué hay que hacer o cómo hay que avanzar es un pequeño grupo de economistas expertos, y el resto de los ciudadanos quedamos en una posición de simples espectadores, porque no tenemos la posibilidad de introducir otra variables de análisis.

Esta es una mirada restrictiva desde el punto de vista político. Aquel modelo de desarrollo al que hacíamos referencia hace un momento y que hasta hace algo más de dos décadas estuvo rigiendo nuestros destinos, era un modelo construido fundamentalmente a partir de pactos y de acuerdos políticos -si bien fuertemente corporativos y centralizados en el Estado, como la hora demandaba. Entonces, creo que el gran desafío que tenemos por delante es ver si podemos revertir de una vez por todas este interregno en el que estamos, en el cual estamos sometidos a lógicas que nos excluyen tanto socialmente como desde el punto de vista de la posibilidad de opinar, y que a su vez se basa en lógicas que no han sido corroboradas ni han demostrado ser exitosas en la práctica. Entonces, me parece que una idea central es que hay que asumir el desarrollo como un objetivo político, como siempre lo ha sido. Las sociedades desarrolladas son aquellas que han logrado establecer las pautas políticas elementales y centrales que han conducido los destinos de esas naciones, que han permitido ordenar y organizar al conjunto de los actores y los factores que actúan en una economía.

Este es, a mi modo de ver, el problema central que estamos teniendo como sociedad: volver a pensar en términos de construcción política de una nación, y desde distintos ámbitos e instancias desde las que actuamos -nuestras ciudades, nuestros lugares de trabajo- trabajar en pos de ese objetivo. El desarrollo es un proceso de construcción que remite necesariamente a nuestras capacidades, a lo que somos capaces de aspirar, a lo que somos capaces de convenir, de comprometernos y de liderar. Esto es algo que, en definitiva, está ligado directamente a nuestros potenciales y cada vez menos ligado a factores externos, que sin duda son claramente condicionantes, pero no determinan los procesos sociales de construcción y aprendizaje del modo en que tendemos habitualmente a pensar.

Esto nos enfrenta a una tremenda disyuntiva que sabemos que se plantea desde los griegos: para llegar a un destino necesitamos que los vientos sean favorables. Hoy no lo son, está claro, pero entones uno puede optar por sentarse a esperar que estas cuestiones exógenas, ajenas a nosotros cambien; pero también sabemos también desde los griegos que no sólo necesitamos vientos favorables sino además claridad respecto a dónde queremos llegar y a través de qué medios, que son factores que dependen fundamentalmente de nosotros mismos. Una propuesta central que yo quisiera dejar planteada en una instancia de reflexión como la de hoy, en este encuentro inaugural del Foro del Bicentenario, es que comencemos a pensar en todas las cosas que podemos hacer a partir de nuestras capacidades.

El desarrollo es claramente un desafío local, no en el sentido acotado que podemos dar a lo local como ámbito pequeño desconectado de las grandes tendencias y problemas que nos afectan como sociedad. Por el contrario, es local porque es la manera de empezar a buscar el modo de dar respuestas concretas y adecuadas para solucionar aquellos grandes problemas. Si los desafíos son políticos y tienen que ver con los compromisos que seamos capaces de asumir, qué mejor que comenzar a plasmar esto en aquellos ámbitos en los cuales todavía nos podemos relacionar cara a cara. Si el desarrollo depende de desafíos que tiene que ver con los liderazgos, con las pautas de construcción que seamos capaces de asumir, qué mejor que hacerlo desde el lugar donde nos conocemos, donde podemos interactuar permanentemente, donde podemos establecer criterios o estrategias y modificarlas sobre la marcha. Este es el sentido que creo tiene la idea del desarrollo local.

Para culminar, simplemente quisiera expresar que si nosotros planteamos que estos desafíos dependen cada vez más de nosotros mismos, de nuestros compromisos, de nuestras interacciones y de nuestras capacidades, también estamos planteando que el resultado es incierto. No podemos garantizar que necesariamente vamos a triunfar en nuestro esfuerzo. Lejos de que esta sea una idea pesimista, creo que tiene que ver con algo también planteado por los griegos en aquella alegoría de la Isla de Ítaca, donde lo importante para quienes asumían el desafío de llegar a esa isla que tenía tantos atractivos no era tanto llegar -y esta es una pura contingencia- sino al menos haber hecho el intento.

   

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Febrero 3, 2002

 

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