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La política y el ostracismo

[Dr. José Carlos Corbatta]


Introducción:

Cuando nos preguntamos sobre el objeto de las ciencias(1) y de las artes(2), la respuesta se sobrentiende: es un bien. No obstante, existen ciencias y artes distintas, por ello, el bien más encumbrado se descubre en la más destacada de las ciencias.

Si nos preocupamos frente a la problemática del mundo actual, la tarea nos lleva a la investigación, a la lectura, a las primeras manifestaciones de repudio por la mala tarea de los pseudo gobernantes y a las penas aplicables según el caso.

1.- La Política:

Dice al respecto Aristóteles (384-322 a. C.): “La ciencia más elevada es la política y el bien que la política persigue es la justicia, es decir, la utilidad general” . Por su parte, Cicerón (3), Marcus Tullius Cicero (106-43 a. C.) señala: “La ciencia que se aparta de la justicia, más que ciencia debe llamarse astucia” y demarca: “La observación de la naturaleza y la meditación han generado el arte”.

 

Vemos que los pensadores de la antigüedad, ligan la justicia (4) a la igualdad, pero la última, no accede a ninguna discrepancia entre quienes son iguales, no obstante existen desigualdades, aquellas que son motivo de estudio de la filosofía política.

En todos los tiempos se dice que la política (5) debe ser honrada por el funcionario-magistrado que cubra un espacio de poder, la persona humana es una elegida y como tal, favorecida por sus virtudes.

Las cualidades esenciales son las que debemos observar. Dice Aristóteles: “Todos los ciudadanos  tienen razón al creerse con derechos, pero no siempre absolutos”. Por ello, no todos los hombres pueden ser verdaderos políticos, porque los cargos y las magistraturas no son para todos por igual, es decir sin diferenciación a partir de las capacidades y bondades del hombre.

Respecto de la virtud más encumbrada, nos dice en La Política, Libro III, Capítulo VII “La justicia es una virtud social que arrastra o lleva consigo todas las demás virtudes”. “En un Estado también existe la necesidad de justicia y de virtud guerrera, sin las cuales no puede haber una administración conveniente, pues si unas condiciones son necesarias para su existencia las otras no lo son menos para su administración. Todos estos elementos, o cuando menos algunos, parecen disputarse con justo título la vida de la ciudad; pero en lo que toca a su prosperidad y a su ventura, únicamente la educación y la virtud pudieran con justicia disputársela”.

La virtud, por sí sola, reclama sus derechos, máxime cuando la igualdad de la justicia se refiere al mismo tiempo al interés general de la ciudad y al interés personal de cada ciudadano.  Aristóteles siempre aclara que en la mejor constitución, el ciudadano es: “el que puede y quiere al mismo tiempo mandar y obedecer, conformando su vida a las reglas de la virtud”. En definitiva, a un hombre de este nivel de méritos (especie) hay que valorarlo en toda su dimensión.

2.- Ámbito de la ley: 

Desde los albores de la humanidad, las leyes son de utilidad entre los pares (iguales) de nacimiento, facultades y jurisdicciones. No obstante, para los desaforados (6) no encontramos ley aplicable. Frente a situaciones como las descriptas, no queda más que exponerse a las secuelas de una ridícula (7) fantasía. En este punto, Aristóteles trae a colación un apólogo (8) que en principio pertenece a Antístenes (9) que dice: <Las liebres pedían la igualdad de todos los animales y les respondieron los leones: “Ese lenguaje necesita ser sometido con garras como las nuestras”.> Así terminó la defensa de la igualdad de todos los animales. Dice Aristóteles: “Por esta razón hubo de establecerse el ostracismo en los Estados democráticos, que son los más celosos de la igualdad”.

3.- El Ostracismo (gr. ostrakismós ¬ óstrakon, lat. ostracismus):

Es el caparazón (ostra), donde los antiguos griegos dejaban constancia escrita del nombre del ciudadano condenado a un exilio político. Verbigracia: un trozo de la ostra con el nombre de Temístocles (10)  (527-460 a. de C.) que data del 472 a. de C.

Su práctica fue introducida en Atenas por Cístenes en el año 508 a. de C. y radicaba en el siguiente ejercicio: Anualmente, por sólo una vez, todo ateniense tenía el privilegio de anotar en una ostra (óstrakon) el nombre de un representante del Estado que a su entender debía ser desterrado porque atentaba contra la continuidad del Estado o bien, hacía mal uso de su autoridad, jurisdicción o influencia entre otras miserias. Con 6000 votos a favor de la petición escrita se condenaba a dicho ciudadano al ostracismo. Fueron condenados Milcíades, Arístides (480 a. de C.) y Albicíades quien los abolió para bien de la corrupción y de la impunidad generalizada en el caletre de la política.

Dice Aristóteles: “Nada impide que los monarcas obren como todos los demás gobiernos, si lo hacen con intención de que su autoridad sea útil al Estado. Las razones que se alegan en pro del ostracismo de toda superioridad reconocida, no dejan de ser justas. Sin embargo, sería mejor que el legislador, desde el principio estableciera la constitución en forma tal que no hubiese necesidad de semejante remedio; pero si la constitución fuese de segunda mano puede intentarse la reforma. No es así como los han usado en las Repúblicas; el ostracismo no se ha establecido en ellas por el bien general, sino como arma de partido. En lo gobiernos malos se ha visto emplear el interés particular, no por el bien público; detal modo empleado, el ostracismo no es justo. Y no es ningún caso de justicia absoluta.

Digerimos estos principios de gobierno y recatamos la preocupación por una ciudad perfecta, y el supuesto de una superioridad bien ostensible en lo atinente a la virtud. No es el caso de nuestros tiempos, pero si así fuere: ¿Qué hay que hacer? Acorde el pensamiento obrado aristotélico: “No podemos decir que convenga expulsar del Estado al que tenga esta superioridad, notoria y reconocida. Por otra parte, tampoco se le puede someter a la autoridad; sería casi querer mandar en Júpiter y compartir con él la autoridad suprema. El mejor, el único partido, será que todos consientan de buena voluntad en darle el poder, obedecerle, y que gobiernen perpetuamente hombres semejantes.

Las herramientas capaces de llevar a la práctica un buen gobierno (pese a estar desarticuladas), todavía existen, aunque no siempre sea posible hacerlas realidad en pos de una mejor calidad de vida.

Temístocles dijo: “Pega, pero escucha” y con ello justificó el obrar político. Baltasar Gracián para quien es tan difícil decir la verdad como ocultarla, señaló: “Por grande que sea el puesto, ha de mostrar que es mayor la persona” y nos llamó a la humildad (12).

Jacinto Benavente (13) nos inculcó: “El día en que cada uno fuéramos un tirano para nosotros mismos, todos los hombres seríamos igualmente libres, sin revoluciones y sin leyes”. Queda entonces mucho por luchar, padecer y esperar hasta que la virtud se apodere del obrar humano y del quehacer político. No somos libres todavía, porque al decir de Víctor Hugo (1802-1885), “nos falta el aire respirable del alma humana”.

Actualmente, el mundo no se cae (Dios sabrá el por qué), pero tambalea. Lo real es que cuando los políticos de hoy (desconocedor o trasgresor del ayer) dirigen sus miradas al electorado actual, asisten atónitos a ver lo que nunca observaron antaño: la incredulidad del Pueblo en el arte de lo posible. Algo triste por cierto, porque es sencillo manejar voluntades, duro gobernar para el bienestar del Estado (como Nación jurídicamente organizada) y difícil la prosperidad del Pueblo. Debemos esperar a que el corazón de aquellos sienta lo que nunca antes sintió para obtener resultados positivos.

Por ahora, no nos olvidemos de aquellos que trabajan contra la causa de los Pueblos, que la memoria sigue siendo el medio para alcanzar la dignificación de la virtud. Así, sin saberlo, día a día se condena a los malos gobernantes que  vituperan la fina política. Es un ostracismo velado, pero un modo de reivindicar a la política, el imperio de la ley, la virtud y la libertad.


Referencias:

(1)  Ciencia: (lat. scientia) Conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas.

(2)  Arte: (lat.) Conjunto de procedimientos para producir cierto resultado (en oposición a ciencia, considerada como puro conocimiento independiente de toda aplicación, y a naturaleza, considerada como potencia que produce sin reflexión). Para Hermann Hesse (1877-1962): “Es la contemplación del mundo en estado de gracia”.

(3)  Cicerón: Político y escritor latino.

(4)  Ulpiano, Domitius Ulpianus (?-228 d. C.): Jurisconsulto romano, consejero del emperador Alejandro Severo. Conforme Ulpiano: la justicia es la constante y perpetua voluntad de darle a cada uno lo suyo. Sin justicia fue asesinado por los pretorianos cuando intentó privarlos de sus privilegios.

(5)  Política: (lat. politicus gr. politikós) Arte de lo posible.

(6)  Que obra sin ley ni fuero, atropellando por todo. Que es o se expide contra ley o privilegio.

(7)  Ridículo/a: (lat. -lu ridere, reír) Que por grotesco, mueve a risa. Expuesto a la burla o al menosprecio de las gentes.

(8)  Apólogo: (gr. apólogos)  Fábula (composición literaria).

(9)  Antístenes (444-365 a. C.): Filósofo griego. Sentenció: “Las pasiones tienen causas y no principios”.

(10) Temístocles (527- 460 a. de C.): General y político ateniense.

(11) Baltasar Gracián (1601-1658): Jesuita (la rama docta del catolicismo) y escritor español.

(12) Cristiandad.org Centro de Debates, Información y Difusión para el catolicismo del Tercer Milenio. “Humildad: virtud de virtudes” por Dr. José Carlos Corbatta. Ver: Aportes Nro. 100 www.cristiandad.org/apor  humild.htm

     (13) Jacinto Benavente (1866-1953): Dramaturgo español.

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Enero 19 2004
 

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