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Ser “ético” en democracia

María Eugenia Fontecilla C. (1)
PhD. Ciencias y Artes de la Comunicación

“Todo lo que la gente cree es verdad... al menos en sus consecuencias”.
Teorema de Thomas


Humberto Maturana (2), el destacado biólogo Chileno que ha realizado diversas investigaciones en el ámbito de las ciencias cognitivas - extendiendo sus conclusiones al área de las Ciencias Sociales - sostiene que en el hacer político se puede observar un comportamiento de suyo engañoso.  Éste fenómeno se produciría porque los políticos, al postular sus programas de gobierno, o al exponer ideas sobre cómo debieran construirse nuestra sociedad, creen (de buena e ingenua fe en el mejor de los casos), que actúan desde “el plano netamente racional”, cuando en verdad,  están operando desde su emocionar.  Aun más,  desde un emocionar íntimamente ligado al estado de embriaguez anticipada que produciría la posibilidad de adquirir, ejercer, estar en el poder.

Por otra parte, cuando nos movemos en el plano político, hacemos preferentemente, (y muy preferentemente), distinciones que  pertenecen a la esfera del valor, la ética, lo moral, hecho que agrega subjetividad a nuestro ya subjetivo  estar en el mundo.

Cómo mantenerse consciente del hecho que ideas y opiniones, son precisamente eso, ideas y opiniones, sistemas de creencia que se validan en nosotros, es decir, desde nuestra experiencia y circunstancias de vida particulares,  psicológicas, culturales, sociales, ¡Tantas formas de decirlo, y siempre el riesgo de la ausencia de sentido!.    En todo caso, siempre es más fácil decir lo que no son nuestros mapas de mundo y sus contenidos: no son verdades objetivas que existen con independencia del “observador”.  ¿Qué quién es el observador?, nosotros, el yo entero, el que entra en un darse cuenta particular, y es impresionado, alterado (en el mejor sentido: llamado a vivir el mundo) por dicho darse cuenta.   ¿Qué dónde está ubicado el observador en relación al fenómeno que observa? En el mismísimo fenómeno, ya que la lectura que él hace del fenómeno en cuestión, lo crea, lo genera, en un acto de apropiación de “lo que está allí”, del cual el observador, casi nunca-nunca,  es conciente.

Atrapado como estamos todos, y por tanto, también el Doctor Maturana en esta suerte de Casa de los Espejos (valió la pena leer a Borges) los teóricos de la Escuela de Santiago nos  dicen que en la vida podemos operar desde dos paradigmas fundamentales diferentes: a) desde la objetividad sin paréntesis, y, b) desde la objetividad con paréntesis.
 

En este juego semántico, una disquisición más de las muchas que nos regala el habla para que juguemos a entender lo que escapa al entendimiento,  el camino de la objetividad sin paréntesis sería  aquel en que nos relacionamos con el mundo y con los demás, como si la realidad existiera con independencia de nosotros, los sujetos cognoscentes, y por lo tanto, al conocerla, realmente creemos  develarla con nuestro intelecto, de manera objetiva e inequívoca, lo que nos lleva a pensar que aquello que sabemos es “lo verdadero”, es decir,  que posee una cualidad de veracidad en sí mismo, con independencia de nosotros.

Si volvemos al tipo de sujeto que inauguró estas reflexiones, la clase de los políticos, podríamos ejemplificar suponiendo (una hipótesis es una hipótesis, es una…, también es bueno haber leído a F. Perls) que quien detenta el poder se confunde,  se distancia, aumenta la brecha perceptual.  El poder es el espejo en el que el discurso propio rebota y se nos devuelve para apoyar nuestro “sistema de decodificación”.   Conjeturo, más bien levanto desde el discurso de nuestros políticos, que lo que resuena en el espacio en el que actualizan su quehacer, dice más o menos así: - “Esto es así, siempre ha sido así, nos guste o no/ es lo que espera la gente/ es lo que quiere la gente/ es lo más que se puede hacer por la gente/ porque la gente no entiende otras cosas/ espera demasiado y hace poco/ espera y espera, y se aprovecha/ además, hacemos lo que podemos/ y quizá algunos necesitan aún más refuerzos, y la voz recursiva continúa: ¿Sí o no?, Se hace lo que se puede, y merecemos respeto, merecemos el poder porque nos ha sido otorgado por la gente, y, además…”

Pero, el imaginario imaginado de un señor de la política es muy largo y me atrevo a decir que bastante tedioso.   Y, si podemos imaginar el imaginario de un político es porque éste se les cuela en el discurso.   Y escuchamos en mi país, Chile,  en el noticiero televisivo, nada menos que a la máxima autoridad, haciendo alguna referencia a quien fuera su brazo derecho, hoy en apuros.   Y la loca urdiembre de dendritas y axones del lado diestro del cerebro perpetró la loca analogía, y Pilatos se presentó con blanca túnica. Dios mío, ¡quién se atreve a ser responsable de los desvaríos del hemisferio derecho!

En otra geografía,  Venezuela se desangra (y aplique toda la polisemia de que sea capaz a la afirmación “se desangra”), y toda la irracionalidad del poder, del poder establecido y del poder opositor se derrama en la caótica secuencia de hechos, en la  ciega trayectoria de los peones de la verdad, todos premunidos con sus creencias como baluartes, todos sumergidos en sus escuálidas certezas, puntuando hechos de manera errática (también es bueno haber leído a Watzlawick)

Los neurocientistas afirman que nosotros no nos hacemos responsables de nuestras opiniones, porque sentimos que no dependen de nosotros.  Es más,  desde este camino de la objetividad sin paréntesis, dicen, nos podemos explicar la intolerancia, el racismo, la xenofobia, la violencia en general de grupos de personas que convencidas de poseer la Verdad, visualizan al otro que “dice otro mundo” como un peligro:   gente que está equivocada.  Gente que amenaza “su modelo de sociedad”.

Por otra parte – este marco de referencia- dice que, desde el camino de la objetividad entre paréntesis u (objetividad), uno tiene conciencia de que nuestro conocer acontece dentro del campo de nuestras  limitaciones biológicas, culturales y sociales.  Reconocer la imposibilidad de  conocer el mundo tal cual es y percibir un panorama acabado y objetivo de aquello que conozco, con toda su complejidad y riqueza,  es ¿o me equivoco? El mejor antídoto contra la tentación de “empoderarse” del mundo, de los otros.    Digamos que de lo que estamos hablando es de hacernos responsables de nuestras ideas, creencias y conductas, ya que lo que digo y hago, es aquellos que yo creo que es correcto desde mi experiencia, pero no por eso creo que quienes disienten de mí, están en el error y la oscuridad absoluta.  Es decir, si nuestros (o sus) políticos actuaran así,  otro presente nos cantaría.

Fue mientras estas reflexiones se urdían a su antojo en mi cabeza, que el último publicitario de OMO (un detergente) apareció en pantalla de la televisión para bajarle el tono a mi alegato interno a favor de la lealtad, la ética, la autorresponsabilidad y otros asuntos, y me dejé conquistar por el que considero el mayor acierto publicitario y, en general, la mejor frase de lo que va del 2003, que dice:–“ y aquí estoy yo, todo vestido de blanco, ¡y bien bonito que me veo!” -  En donde blanco, claro, es nuevamente una metáfora, y así….

1. María Eugenia Fontecilla Camps es optimista, pese a todo.

Ph.D. en Ciencias y Artes de la Comunicación, Inglaterra. Semióloga, Investigadora y Catedrática Universitaria en Chile.  Asesora organizaciones Educación, Empresas. 

 

2. Maturana y Varela, “El Árbol del Conocimiento”, Editorial Universitaria, Santiago, Chile, 1995

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Enero 12, 2002

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